Marcella, detective humana, muy humana

Y, como en tantas ocasiones en las que intento escribir con algo de objetividad, me quedo en blanco y las primeras palabras salen desde la víscera. Pero será únicamente para arrancar, que lo necesito. Porque hoy venía a hablar de Marcella, una serie de Netflix que narra las investigaciones de una detective bastante peculiar o, mejor dicho y parafraseando a Nietzsche, “humana, demasiado humana”.

Conocemos a Marcella atendiendo a sus quehaceres en casa, donde recibe la visita de un inspector de la Policía que busca su consejo para cercar a un asesino en serie que imita los procedimientos de otro a quien, unos años antes, perseguía nuestra protagonista pero no pudo capturar.

A partir de este encuentro ocurren dos temporadas, con un caso cada una. Ambas comparten un guión bastante trabajado y que, a diferencia de lo que suele ocurrir en series similares, no juega con la omninescencia ni con las trampas para buscar la sorpresa fácil del espectador. Está todo lo suficientemente bien presentado como para que nada -o casi- cante del todo.

Lo cierto es que la serie está muy bien y es más que recomendable para cualquiera que guste de este género. En cuanto a la trama policial, la verdad es que hay poco más que decir: son casos bastante bestias de asesinos en serie, más o menos convencionales, pero nada que no hayamos visto ya, por triste que suene. Pero lo que confiere un halo de especialidad a la serie es su protagonista y el cómo su psicología se hace casi corpórea y en cierto modo conduce sus actos, sus avances y sus significados retrocesos.

Conocemos a Marcella en un mal momento, diríase que rota, directamente, con un matrimonio que ha hecho aguas, una relación más que tormentosa con su marido con los hijos de por medio y, como colofón -o puede que, más bien, como génesis-, el doloroso recuerdo de otra hija recién nacida que falleció pocos años atrás. Recordar ese momento a partir de los traumas posteriores es uno de los grandes motivos de la narración.

Marcella y su marido

Esta combinación hace de ella una mujer extraordinariamente inestable y a la que el estrés devora, como lo haría con cualquiera en tal escenario. El problema es que esta situación genera en ella episodios -“lagunas”, las denomina- de violencia incontenible que la empujan a hacer cosas que luego no recuerda. Y eso, cuando una está hasta el cuello en investigaciones de asesinatos, es un continuo vivir al filo de la navaja. Y hasta aquí podemos leer.

Así pues, tenemos una serie en la que la protagonista vive a caballo entre sus vivencias personales y los minutos de investigación pura y dura. Pero no por ello piensen que estamos ante una serie al uso: hay momentos crudos y directamente impactantes.

Hasta ese camino, es una serie que también tira de grandes interpretaciones en sus secundarios, todos con vida, todos con motivos y ambiciones que en algún caso acabarán por ser su condena. Por destacar a un par de ellos, el (ex)marido, un abogado tiburón y bastante turbio al que interpreta Nicholas Pinnock (a quien volveremos a mencionar en una futura entrada); y al actor Jamie Bamber, que a lo mejor no les dice nada dicho así pero a quien seguro ubican si les recordamos que interpretó a Apollo en Galáctica (si no la han visto, no sé a qué esperan). Aquí ejerce el papel de un jefe bastante cabrón e interesado.

Resultan llamativas, eso sí, algunas ‘desapariciones’ de personajes, que se pierden momentos clave. Luego está también el tema de Londres, de presentar una ciudad yendo mucho más allá de sus lugares más convencionales, algo similar a lo visto en Luther, otra serie que podría componer una antología con esta por lo mucho que las une.

Y claro, y ya que estamos, redundemos en Marcella, interpretada por la musa de Cesta de Patos, Anna Friel, ‘la chica muerta enamorada del pastelero‘. Cómo cambian los tiempos.

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