La muerte del comendador: mágica historia de una pintura

Haruki Murakami lo vuelve a hacer. Y no es la primera vez, ni siquiera la segunda, en la que nos acercamos aquí a hablar un poco sobre algún libro suyo. Surge la tentación de hacer un copia-pega de todo lo dicho en capítulos anteriores para hablar de su última obra: La muerte del comendador. Lo único que falta aquí, me parece, es un gato.

Vaya por delante que, si uno entra y se siente cómodo con su estilo, ya le podrán poner delante uno o mil libros del japonés, que la sensación será también similar a la de la primera vez: la de plantarnos ante los ojos un universo único que da cobijo a todas sus historias y en el que nos sentimos tan cómodos leyendo como -imaginamos- él escribiendo. En este sentido, es el maestro de las incoherencias coherentes, y lo lleva bien a gala.

Esta obra, dividida por su extensión en dos generosos tomos, aborda la vida de Tomohiko Amada, un hombre en la flor de la vida que, no obstante, un día se tiene que enfrentar al hecho de que su matrimonio hace aguas: su mujer le deja y él, con un disimulado despecho, inicia un viaje sin retorno en lo real y en lo simbólico. Esta situación no es muy excepcional en los libros de Murakami como forma de poner en marcha las historias, pero funciona bien.

En esta ocasión, la huida hacia delante de Amada le lleva a la casa de campo del padre de su mejor amigo, en una zona montañosa y costera, aislada del mundo y casi de la misma realidad en la que, cómo no, pronto empezarán a ocurrir cosas extrañas que le absorberán y le darán una nueva visión de la existencia.

Tomohiko Amada es pintor. Es importante resaltarlo porque, en realidad, lo que mueve la trama es un cuadro, el que da nombre a la novela. No obstante, la pintura no es suya. Él se gana(ba) la vida en Tokio haciendo retratos de empresarios, de esos destinados a ser colgados en despachos anodinos sin mayor gloria que la del millonario de turno que los encarga. El caso es que el protagonista de la novela parece tener una indudable destreza para ello, hasta el punto de que su fama es relativamente elevada en ese nicho y su agente siente casi más que él su retirada temporal del negocio.

Su vida en el bosque, de retiro casi monacal, es precisamente lo que necesita en este contexto tan plano. Pero se ve perturbada por varios incidentes de inexplicable naturaleza que se manifiestan en la soledad y en la quietud de la noche del lugar. Todo, en apariencia relacionado con un cuadro que permanecía oculto, empaquetado e inédito en el desván de la casa, elaborado por el padre de su amigo que, desvelémoslo ya, se trata de uno de los artistas más reconocidos de Japón. Por eso, una de las líneas argumentales de la novela será conocer por qué un pintor tan afamado ha mantenido oculto del mundo la que, según el protagonista, sería su obra maestra.

El cuadro se llama -o así lo llama el protagonista- La muerte del comendador. En él se ve el asesinato de esta figura, en una escena peculiar y misteriosa que discurre, o eso parece, en una época imperial nipona. Hay varias cosas en torno a las cuales Amada entiende que hay algo extraño en la pintura. Por un lado lo obvio: ¿cómo un artista tan reconocido mantiene escondida la que podría ser su mejor obra? Por supuesto, están las expresiones de los personajes que aparecen, vívidas miradas, dramáticos gestos que parecen querer decirle algo…

Pero el cuadro será solo una de las piezas del puzle que se encuentra el tokiota, acaso la más importante, la llave para lo demás. Se suman al enigma una campana mágica que una noche suena en la finca. Siguiéndola descubre otro de las anclas de la historia: un pozo cavado y oculto sin ninguna utilidad aparente pero que, no obstante, tendrá un lugar preponderante en el devenir de los hechos.

En paralelo también surge Menshiki, un millonario pretendidamente excéntrico que ocupa una de las mansiones próximas y que urde una trama para conocer a la que pudiera ser su hija, que vive también en las cercanías y que también se revela como un personaje murakamiano total, a medio camino entre lo mágico y lo real. En el camino hasta ese punto, esta figura pasa por ser lo más próximo a un amigo para el protagonista y, en todo caso, un facilitador y un detonante de algunos acontecimientos para que la historia avance de una manera u otra.

Pero hablamos de un libro de Murakami, y lo dicho anteriormente para los secundarios se cumple perfectamente en este caso. Al final son herramientas para ir componiendo una historia de vida de un avatar de la existencia que, en este caso, tiene que lidiar no solo con el resto de humanos y de sensaciones propias, sino con un mundo ¿imaginario? que se confunde con lo visto en ese cuadro misterioso que permanece oculto en el desván de su casa provisional. Los motivos, si los hubiere, poco importan: en estas obras el fin justifica los medios. Pero el viaje es tan asombroso y envolvente como siempre.

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