Narcos ya es franquicia: abre sucursal en México

Feria, ahorita, chingada, pedo, verga, y otras muchas palabras del léxico mexicano, en el contexto de unas conversaciones de narcotraficantes, son como ladrillos en el muro con el que se construye la cuarta temporada de Narcos, la que pone un nuevo punto de partida desplazando el foco desde Colombia al país norteamericano.

Se trata de un renacimiento de la producción, anunciado tan a bombo y platillo como en su día las historias de Pablo Escobar, y que sin duda anticipa un futuro verdiblanco. Pero no del Betis, sino del verde del dinero y del blanco de la cocaína, combinación que es santo y seña de esta franquicia que inaugura sucursal en México y que, por qué no, pudiera algún día cruzar el charco y atreverse con Galicia.

Para eso alguno nos lanzará a la cara ‘Fariña’ pero, como no la hemos visto por aquí, dejaremos de divagar. A lo que vamos: Narcos México vuelve a apostar por la figura del líder carismático como eje de una narración que explica, como en los cursos previos, la génesis de su imperio, por un lado, y la acción de la DEA, por otro. Y ciertamente que, aunque las cosas cambien, no dejamos de tener la sensación de asistir a más de lo mismo pero con menos punch, con menos gancho.

En esta crítica desembocan dos argumentos. Ya que estamos hablando del capo, vayamos por ahí. Diego Luna es la elección para encarnar a Miguel Félix Gallardo, el señor de la droga mexicano que aún sobrevive en una cárcel estadounidense pero que llegó a tener a México en su bolsillo gracias a su inaudito emporio de tráfico de droga. La serie repasa su ascenso y la gestación de esta lucrativa industria con el estilo habitual de la serie, a medio camino entre la ficción y las alusiones históricas.

Lo cierto es que, en una historia tan personalista, había mucho en juego en la misma elección del protagonista. Y lo cierto es que Luna… regulín. Tiene momentos estelares, mantiene bien el tipo cuando el guión le pide que muestre frialdad y transmite la inteligencia que se le supone en comparación con los que le rodean, pero qué sé yo, hay demasiados momentos en los que no llena la pantalla, se le nota cierta indolencia y a veces incluso se ve un poco sobreactuado, especialmente cuando el desarrollo de la trama le coloca ante las situaciones más comprometidas.

A su alrededor hay personajes que, de basarse en personas de verdad, solo podían ser narcotraficantes. Caracteres explosivos, histriónicos, inestables, violentos, pasados de rosca y ambiciosos, muy ambiciosos. Hay tanta exhibición de estos parámetros que tocan sin pudor la categoría de caricaturas.

El problema en general y – aquí ya entramos en el segundo argumento – es que la narración es un desastre. El guión parece vacío y al final del visionado da la sensación de que se han desaprovechado diez horas (a una por episodio) de producción. Y es que el problema es que la acción va como a trompicones, deslavazada, acelerada en muchas ocasiones y dando por hecho muchas cosas que el espectador debe asumir sin condiciones. En cierto modo, es como apuntarse a una visita turística guiada que te enseñara un museo por fuera pero no te da tiempo para meterte dentro para ver lo que exponga.

Pongamos por caso los dos primeros capítulos, en los que conocemos cómo el joven Félix Gallardo es un personaje de segunda fila en una organización criminal. De repente, propone una idea a su patrón, este le envía a la capital a hacer negocios acompañado de un personaje que le aborrece y, días después, regresa convertido en el rey del mambo, como se ve ya en el segundo episodio en el que, casi de la noche a la mañana, parece imposible entender México sin él.

Ese desatino en la narración se traduce igualmente en la historia paralela de la DEA en la región. Llega un agente nuevo a la ciudad que tampoco pinta mucho al principio y con un espíritu idealista que le enfrentará pronto con unos compañeros a los que afea su actitud funcionarial e ineficiente. En el capítulo siguiente, el equipo ya es el más activo del planeta, él un héroe y todos una piña.

Falta pausa en todo ello, desarrollo, muchas más notas de contexto. Hay demasiados momentos vacíos y prescindibles. Y creo que una serie de tantos recursos y tan potente en cuestiones de marketing podía haber dado mucho más de sí.

Es inevitable comparar la historia mexicana con la de Pablo Escobar. Y tal vez sea por la repetición de fórmulas, o precisamente por eso, aquí hay algo que falla. Es el ritmo. El tempo de la historia también es un motivo constante de despiste para el espectador, que asiste a episodios en la que la escala temporal está deformada, hasta el punto de que hay momentos en los que, si no es por uno de los personajes, no sabe que han pasado meses entre una escena y otra.

Y luego está el espinoso tema del lenguaje. Es una de las series en las que menos sentido tiene recurrir al doblaje porque esa diferencia de idiomas, de actitudes y hasta de cultura es de lo más enriquecedor de la trama. Y eso lo digo aunque fuera más sencillo entender el japonés que el acento mexicano tan cerrado que se gastan algunos en la pantalla.

Recuerde cómo fueron las temporadas precedentes de Narcos: Pablo Escobar, la fotogenia del crimen [Temporadas 1 y 2] y Narcos, acto segundo: Cali [Temporada 3]

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