Hijos del Tercer Reich: vidas rotas en la Alemania nazi

Había una serie, hace años, que se llamaba Cinco en familia. Era una de esas producciones en las que el punto de partida era de un dramatismo atroz: cinco hermanos huérfanos por culpa de un accidente de tráfico que intentan salir adelante gracias a la fuerza del grupo, en el que el mayor tiene la última palabra pero no siempre la razón. Y es que, como uno pudiera esperar, desde el más pequeño -que lo era, y mucho- hasta la penúltima en la escala tenían algo que decir, algo que enseñar, algo para bendecir el poder de la familia ante la desgracia.

Me viene a la mente aquella serie e incluso el dato inútil de que, incluso creo que llegó a tener una versión algo más moderna. Igual eso me lo invento, pero lo que no, es que más allá de la calidad de sus capítulos, dejó para la posteridad las caras de algunos autores más o menos icónicos en un momento en el que no eran tan conocidos, caso de Matthew Fox (al que conocerán como el Jack de Perdidos), o de Neve Campbell, estrella-siempre-acosada en la saga de terror Scream, en sus tiempos mozos, o ya más madurita como asesora de la Casa Blanca en House of Cards.

Sirva esta disertación para volver a lo de los cinco miembros de la familia. No obstante, si la serie que toca hoy se llama Hijos del Tercer Reich (Unsere Mütter, unsere Väter), ya imaginarán que el drama familiar en el contexto de la Alemania nazi inmersa en plena II Guerra Mundial es casi una broma ante lo que tienen que vivir los protagonistas de una miniserie que data de 2013 y que, en tres episodios de hora y media, le da sopa con ondas a muchas de las producciones más conocidas sobre el tema.

Aunque a decir verdad, no me viene a la cabeza nada parecido. El contexto, para situarnos de forma más precisa: Berlín, 1941. Cinco amigos se divierten en un bar antes de que dos de ellos se vayan a combatir al frente del Este, otra les acompañe como enfermera, otra se quede en Berlín soñando con ser alguien en el mundo del espectáculo y el último, un sastre judío, comienza a tener la mosca detrás de la oreja con lo que se le va a venir encima, y sospecha que su objetivo a corto plazo va a ser sobrevivir. Sin embargo -y aquí comienza el puñetazo en el estómago-, la locura del momento y la ensalada de razones que desembocaron en el beneplácito a lo que sucedió da para situaciones tan ambivalentes, y hasta surrealistas, como esa: que en una noche de juerga, los militares nazis y el judío beban juntos. Pero cómo iba a ser al contrario, si en realidad son cinco amigos, con nombre y apellidos, que han crecido juntos y que han pasado muchas noches como esa.

El final, no obstante, es diferente. Porque conscientes de el futuro inmediato de cada uno, prometen repetir la quedada en la Navidad de ese mismo año. Tal era la confianza de un ejército lanzado que se paseaba de victoria en victoria allende Europa y que plasmaba las bases del Reich de los 1.000 años que propugnaba Hitler.

Pero sucedió que nuestros cinco protagonistas se toparon con la historia. Y esas vicisitudes será lo que cuente Hijos del Tercer Reich: lo que empezaron a ser algunas dificultades para cumplir el calendario previsto acabó siendo la crónica de la derrota y la humillación vividas desde dentro. Del fanatismo de unos, de la locura violenta de otros, del miedo de todos. De la sinrazón de un conflicto que, como todos, llevan a poco más que a la muerte.

Friedhem y Wilhem

Lo excepcional de Hijos del Tercer Reich no es lo que cuenta, que eso al final ya lo tenemos todos más o menos sabido, sino el cómo lo cuenta. Hay que atender a los personajes, a esos cinco ‘hermanos’ que van a conocer situaciones muy alejadas de la felicidad de los primeros días. La voz que narra y conduce la trama es la del personaje de Wilhem, teniente primero del ejército, un militar modélico no tanto por por su fanatismo ni lealtad a las ideas nazis, sino por su sentido del deber, su disciplina y su valor en combate. De hecho, como su hermano Friedhem también lucha con él, y bajo su mando, ambos conforman un triángulo particular con su padre, que deja claro en todo momento su máxima preferencia por el mayor y su desprecio e indeferencia para con el menor.

Es habitual que en una serie tan coral haya algún favorito. Y aunque las interpretaciones de todos sean plausibles, es este Friedhem el que seguramente conquistaría a más espectadores. Es el personaje que más crece y el que, sin cambiar, más cambia. La paradoja resulta complicada de explicar pero es tan sencillo como que, cuando acude a la guerra, no podría considerársele más que como un cobarde que se escaquea siempre que puede, con lo que se gana el desprecio de sus compañeros, y que no pierde ocasión en recordar a quien quiera escucharle que la guerra es un desperdicio, un matadero para soldados como ellos y que, aunque ganen, en realidad para ellos siempre hay derrota tras una batalla. Su particular forma de ver las cosas dará para las frases más memorables y algunos de los momentos más tensos y emocionantes.

Charlotte

Muy en paralelo a él, está Charlotte, la enfermera. Una chica inocente e idealista que va a despertar a la realidad a base de golpes en el estómago. El primero, nada más llegar al hospital de campaña, donde se encuentra con el rigor de los combates, la sangre, las amputaciones, la muerte rondando… la impotencia. Y luego, su enamoramiento platónico de Wilhem, un punto romanticote en la historia que, lejos de ser algo prescindible, también ayuda a entender parte del porqué algunos personajes hacen lo que hacen en momentos concretos. En este sentido, es una serie en la que la intensidad que transmite también viene dada por los episodios en los que no estamos metidos en una trinchera. Todo vale para palpar esa claustrofobia del momento.

Nos quedan por presentar a Greta y a Viktor. Ambos son pareja, aunque ella es aria de pura cepa y él, un judío. Un judío consciente de lo que está a punto de pasar, por mucho que en su casa, sus padres tengan una fe absoluta en que, aún reconociendo que los nazis los han colocado en el centro de la diana, tendrán un cierto beneplácito con ellos. Hasta cuando llega la orden de bordarse la cruz judía en la casaca lo ven como algo no tan negativo. Otra forma de decir que lo impensable era posible. Pero el hijo lo tiene claro y no verá el momento de abandonar Alemania.

Viktor

Y a eso le va a intentar ayudar su novia. Greta, una joven coqueta y pícara que quiere hacer carrera como cantante pero que va a tener la desgracia de cruzarse en el camino de un mando de la Gestapo que la extorsionará para, al tiempo de abrirle puertas en su ambición, abrir otro tipo de puertas. Ella se deja hacer pensando que podría camelárselo para conseguirle papeles a Viktor, pero el plan no será tan sencillo.

Es una serie dura por intensa, que no por la violencia ni por otro capítulo. Una narración creíble de un ambiente, de un momento y de un lugar en el que ni siquiera en el centro de Berlín se creían que el optimismo del comienzo de la guerra podía desembocar en un país destruido y en una población rota. Ejemplo de ello serán los destinos de los cinco amigos cuya prometida fiesta de Navidad quedaría pospuesta.

Greta

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