Trilogía de los Tres Cuerpos: de China al Universo

Cercando los 40 y con un bagaje literario que circula sin complejos entre los distintos géneros según las apetencias del momento, ya tenía ganas de visitar nuevamente alguna saga o serie de ciencia-ficción. Y si no lo hice antes no será por motivos muy diferentes al de la seguridad de que difícilmente superarían a Fundación y su universo, nunca mejor dicho.

Maticemos que, en realidad, la trilogía tiene un nombre oficial al que pocos atienden: El recuerdo del pasado de la Tierra. No obstante, es más conocida como Trilogía de los Tres Cuerpos. Sea como sea, esta magna obra del chino Liu Cixin era una elección fácil para retomar el contacto con la temática. Lejos del cierto oscurantismo de títulos similares, marginados por norma general a una promoción circunscrita a círculos muy especializados, estas tres novelas enlazadas han contado con un respaldo generalizado que las han encumbrado a una visibilidad inesperada dado su origen asiático. Que el expresidente de Estados Unidos Barack Obama o el mismísimo hacedor de Facebook, Mark Zuckerberg, dijeran que era una de sus lecturas de cabecera fue una buena promoción, sin duda.

¿Qué esperaba encontrar Obama en estos libros chinos? Entretenimiento, obviamente, para empezar. ¿Y qué se ha encontrado, qué puede encontrar cualquiera que afronte su lectura? Pues una narración que, muy lejos del planteamiento de Fundación, por establecer un paralelismo, comienza en una edad contemporánea, e incluso narrando hechos que se remontan a algunas décadas antes, lo cual resulta perturbador, ya de primeras. Ciencia-ficción que se inicia sin complejos en la era contemporánea.

La segunda rareza es el desde dónde se cuentan los hechos, el cristal a través del cómo se describe la historia, que pinta la misma de un color diferente al de otros libros con los que comparte temática. Aquí el autor es chino, tal vez el más conocido, padre, entre otros, del relato que dio para la película La Tierra errante, recientemente vista en Cesta de Patos. Y como sucede en aquella, y como no podía ser de otra manera, sitúa a su nación en un lugar central de la trilogía, especialmente en las primeras partes, en las que aún hay una presencia más constante de lo terrestre.

Es importante hablar de lo chino en la obra. Es muy patente en el primer libro, El problema de los tres cuerpos. Es patente porque en esta primera parte se narran dos historias más o menos paralelas que van a presentarnos la historia. Por un lado, el desencadentante de todo lo que sucederá posteriormente, que es la comunicación de una operaria china con Trisolaris, una civilización alienígena que inmediatamente se pondrá en marcha para ir a conquistar la Tierra.

El caso es que tal suceso ocurre en un momento en el que la Revolución Cultural en China está en plena vigencia. El problema de los tres cuerpos intenta describir aquella etapa y la influencia en la vida social, educativa y cultural del país, lo que de hecho es trascendental para entender los motivos por los que la protagonista de estas páginas hace lo que hace.

Y expliquemos que el ‘hace lo que hace’ implica no solo comunicar con extraterrestres, sino saltarse a la torera la hierática burocracia del régimen y, lo que será más importante, condenar a los humanos a una amenaza que pueda suponer su destrucción.

De hecho, buena parte del resto de las novelas versa sobre ese tira y afloja entre las civilizaciones que, sin entrar en detalles ni descubrir ningún secreto, se irá decantando del lado de los trisolarianos, mayormente, con episodios de indudable angustia que elevan la emoción del lector hasta cotas con las que, inevitablemente, deberemos estar de acuerdo con Obama.

La Trilogía de los Tres Cuerpos introduce cosas bastante novedosas y originales. Por un lado, hay una cosa obvia que subyace en buena parte de la obra: el miedo hacia un futuro incierto que se manifiesta de distintas maneras según la época. Y es que la amenaza de Trisolaris está ahí pero a largo plazo, en principio: la humanidad tendrá cuatro siglos para prepararse ante la que se presume como ‘Batalla del Día Final’. Y con una salvedad importante: los extraterrestres tienen medios para limitar la capacidad tecnológica terrestre, con lo que la Tierra debe pensar el cómo hacer frente a los invasores casi con lo puesto, aun con varios siglos por delante.

Y en esta situación entra en juego el factor emotivo, y eso será una constante en las novelas. El ver cómo todos actúan y sienten casi a la vez, cómo derivan en masa desde el terror hasta la cierta indiferencia por lo que será -pero no lo verían sus ojos-, los estados de desesperación, de abandono o hasta de cierto beneplácito a que los extraterrestres nos pongan fin de una vez por todas que, a veces…

Lo cierto es que, de los tres libros, la intensidad va ganando vuelo a medida que nos aproximamos al final. La primera obra es increíblemente adictiva, original, y es lógico que haya logrado varios premios. Sin embargo, tiene poco sentido entender cada novela de forma independiente y no como un todo: tan abierto es el final que plantean.

El segundo libro, El bosque oscuro, es el que más ha gustado por aquí. Ya con los trisolarianos en nuestro entorno, los humanos logran un mecanismo de ‘piedad’ basado en la hostilidad de un universo que estaría extraordinariamente poblado pero en el que toda civilización priorizaría esconderse del resto para evitar eventuales conquistas o genocidios siderales.

Este punto es una de las anclas filosóficas que van desperdigándose por las páginas de la trilogía. Otro axioma: los humanos son bebés en el universo que no saben nada -aún menos que Jon Nieve– y no son capaces de entender el peligro real de esta teoría más que a través de las reacciones o los miedos de los venidos de Trisolaris. Se puede decir que, a sus ojos, los terrícolas seríamos unos mentecatos de tomo y lomo, unos temerarios.

El tercer libro, El fin de la muerte, incide dramáticamente en ello, si bien el protagonismo casi total vuelve a ser humano, y eso se traduce en una obra mucho más técnica, infinitamente más teórica, a veces también con pasajes complicados de seguir para alguien que no domine los entresijos de la física.

Al mismo tiempo, se pierde, en mi opinión, mucho más en aspectos casi metafísicos que trasciende el aquí y el ahora de cada momento y se eleva por encima del tiempo para ofrecer una reflexión filosófica acerca de las relaciones, el amor o el futuro… tal vez por eso el final resulta un poco decepcionante en relación al apasionante relato que nos cuenta Liu Cixin hasta ese instante, aunque el recorrido conjunto de las páginas de la trilogía es una experiencia que merece la pena leer e imaginar. Fascinante, y más cuando uno repasa todo lo que las páginas dejan en la memoria casi sin que uno se dé cuenta. Como si hubiera sofones entre nosotros (guiño).

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