The Spy: Sacha Baron Cohen también se pone serio

Ocurre en los primeros minutos del primer capítulo de The Spy (El Espía). Sacha Baron Cohen está en un lóbrego calabozo donde militares sirios le han interrogado, y no precisamente por las buenas. Él, ataviado con un atuendo que uno imagina excesivamente elegante en tal situación, con un fino bigotito de dandy y una mirada de cordero degollado, atiende a un rabino que -todo lo indica- le conmina a escribir una carta. Uno espera que ante las preguntas del inquisidor -no del todo amable, reconozcámoslo-, e incluso de los hechos posteriores, el antaño mordaz e irónico alter ego de Borat saldrá con bien de la comprometida situación con alguna gracieta que encandile a interrogador, televidente y enemigos.

Pero sucede que no, que lo que sigue a partir de ahí es otra pregunta, y otra, y otra, y no solo no se percibe la broma por ningún lado sino que uno imagina que, de no ser un actor tan enfocado a papeles cómicos, el espía que encarna el actor londinense no iba a salir entero del lance. Pero esperen, ¿es posible que pueda haber cambiado de registro? Sí. Rotundamente sí. Y tal vez sea eso lo primero que nos desarma de esta miniserie, que el bufón no es tal esta vez, que el cómico también se pone serio, que nos hace sufrir, que nos transmite drama, emoción y, ¡qué narices!, que lo hace muy bien.

La historia narra, en seis episodios, las hazañas de Eli Cohen, un espía judío de origen egipcio que, mediada la década de los 60, consiguió infiltrarse en las altas esferas de Siria, país vecino, encarnizado enemigo de Israel. Aprovechando su labia y su inteligencia fue capaz de ganarse la confianza de comerciantes, políticos y militares. A través de esas relaciones logró que los servicios de inteligencia de su país tuvieran ojos y oídos donde, hasta ese momento, estaban completamente a ciegas.

Y el hito fue importante porque el momento histórico en el que se desarrollan los hechos habla de una tensión creciente en la frontera entre ambos países, especialmente en torno al lago de Tiberiades y los Altos del Golán, donde los ataques de uno y otro lado eran casi constantes pero donde se suponía que los sirios estaban preparando algo más, quién sabe si para entrar ya sin tapujos en una guerra al uso que finalmente se produciría años más tarde, en la Guerra de los Seis Días. Israel detecta movimientos en ese punto pero no alcanza a comprender qué hay detrás de todo.

En ese contexto es donde el Mosad necesita infiltrar a alguien. Y es ahí donde el cuento de hadas de Eli Cohen, un idealista patriota de origen egipcio, va a hacerse realidad. Sin muchas expectativas por parte de los que serán sus superiores, logra, como hemos visto, una serie de éxitos que le convierten en una suerte de mito para sus compatriotas mientras al otro lado de la frontera es capaz de encandilar hasta a los mismísimos líderes del país y hasta postularse para ocupar altos cargos en la administración.

La serie es más o menos convencional en cuanto a su estructura narrativa e incluso a veces exagera un pelín el buen fario del agente para salir del paso de ciertos entuertos. Nada que desmerezca el conjunto, en cualquier caso. Empezamos por el final, prácticamente, lo que en este caso es un recurso bien empleado, ya que al ser tan corta la serie (seis horas aproximadamente), uno siente casi constantemente la incertidumbre sobre el momento en el que pillarán al protagonista. Insisto en que, por mucho que lo repitamos aquí, esto no es ningún secreto: antes de ver la intro, la producción empieza casi con escenas del calabozo y durante los episodios que siguen la gran pregunta es el ‘cuándo’.

Solemos ver con más frecuencia de la deseada series que se alargan innecesariamente en capítulos, temporadas y minutajes. Hace poco vimos el ejemplo de La Casa de Papel, uno de esos casos en los que la calidad murió de éxito en su deriva hacia un producto de ‘fast food‘ televisivo puro y duro. The Spy tiene lo bueno de las miniseries: una historia cerradita, cohesionada, coherente y muy concentrada. Tanto, que igual hasta no le hubiera venido mal algún capítulo más. Sorprende que en tan poco se haya tocado tanto temario. Realmente excepcional.

El trabajo interpretativo también raya a gran altura. Sacha Baron Cohen se destapa como una excelente encarnación de Eli Cohen. Es capaz de transmitir todas las sensaciones que su personaje podría estar pasando de una manera creíble y sin fisuras. Puede que le penalice un poco que, por aquello del poco minutaje, a veces estamos un poco ante una sucesión de escenas sin mucha continuidad, lo que le hubiera dado mayor pie incluso para lucirse un poco más.

Junto a Baron-Cohen es imposible no hablar de Hadar Ratzon Rotem, que interpreta a Nadia Cohen, la mujer del espía protagonista y que nos ofrece una visión íntima de la vida que Eli deja en Tel Aviv. Un personaje de fuerza, con una personalidad inquebrantable que se come al resto de los que comparten escena con ella, la mayoría, ya se imaginan, jugando a las medias verdades. Cosas de espías.

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