Dark, temporada dos: el paroxismo de la paradoja

De las ventajas que nos trae el modelo de (tele)visión del siglo XXI, puede que una de las mejores sea la de acceder a contenidos que difícilmente podríamos tener de forma legal en nuestras pantallas. Me cuesta creer que productos tan peculiares como The OA, por ejemplo, pudieran colarse en una parrilla convencional sin ser relegada (con suerte) a un horario intempestivo de algún canal perdido de la TDT. Algo así ocurre con Dark, esa serie alemana de la que hablamos en su día con la excusa de la primera temporada y cuya segunda entrega está en Netflix aún calentita. [Reseña de la primera temporada de Dark]

Es una serie germana, lo que suele restar puntos a menos que sea de perros policía, de brigadas de carretera o melodramas de sobremesa. Y es una pena porque nos perderíamos una de las propuestas más originales de los últimos tiempos. O no tanto, vaya. Recordemos que Dark narra los sucesos de Winden, un pequeño pueblo que parece condenado a la fatalidad después de que, en la primera temporada, comenzara a desaparecer gente sin dejar rastro alguno.

En aquella primera tanda de capítulos -no desvelamos nada al contarlo- conocimos que, por algún motivo que no quedó aclarado del todo, se producía una suerte de brecha en el tiempo que provocaba que, de acuerdo a unas circunstancias, hubiera gente capaz de cambiar de época de forma consciente… o no.

ooo Y a partir de aquí, algún que otro destripamiento de la trama, así que pasen bajo su responsabilidad ooo

El personaje principal en torno al cual gira la narración es Jonas, a quien conocimos como un adolescente medio al que solo saca de la presunta normalidad el suicidio de su padre, algo que -entendemos- ocurre poco antes de ponerse en marcha la serie. Jonas es una de las personas que desaparece, aunque su caso resultará trascendental para la trama porque, si bien es cierto que su vida ‘normal’ como desaparecido seguirá y le veremos ya convertido en adulto, en buena parte de su acción en los capítulos también le veremos con la edad con la que le conocimos.

En esta segunda temporada todo es bastante más intenso, más loco. Al misterio obvio del qué está pasando se le pega como una lapa el drama… bueno, mejor dicho: el dramón que subyace en las relaciones entre varias familias del pueblo que van a comprobar por la vía de la hostia (con perdón) hasta qué punto sus pasados y sus futuros están entrelazados.

Nuevamente Jonas parece sobresalir en ese escenario que se configura y se ¿resuelve? capítulo a capítulo. No es un proceso sencillo entender todo lo que ocurre. Porque si en la primera temporada ya había situaciones paradójicas que amenazaban la cordura del espectador, en esta segunda tanda de episodios se roza el paroxismo. La situación del chaval es sintomática: es hijo del hermano de su novia que desapareció en la actualidad y que fue a parar a 1986, época en la que se ‘instala’ definitivamente, para acabar casándose con su madre.

Tan turbia historia ya podría dar para una serie, pero es que eso solo es una parte del guión; por ejemplo, hay otro personaje que es la madre de su propia madre, no decimos más.

Sobre todas estas situaciones hay una gran historia que va de poder, de dominio y, hasta donde parece, de resentimiento por parte de un misterioso personaje llamado Adam, que no es otro que el propio Jonas en su versión anciana. Se supone que este anciano es quien mueve los hilos, enviando a su yo joven, sin ir más lejos, a salvar a su padre para que todo salga diferente y Winden evite el apocalipsis que, por cierto, es otra de las cositas diferentes que pasan en el pueblo. Ya ven que no es que tengan opción de aburrirse, no.

Nuevamente nos metemos por esa vía en un universo de efectos mariposa, bucles temporales y de paradojas que el guión solventa con más dignidad de la que uno pudiera esperar. Y más aún cuando, en lo que me parece lo más absurdo de la serie, el ‘secreto’ de los viajes en el tiempo, de las vidas cruzadas en líneas temporales que no les corresponden, y el de la endogamia, acaba degenerando en un carrusel de viajeros en el tiempo que hace pensar que agarrar un viaje al siglo pasado resulte casi tan cotidiano allí como tomar el autobús.

Y, sin embargo, he de reconocer que abrir el conocimiento a un gran número de personajes es, paradójicamente, una cosa de mérito y pocas veces vista dado que, generalmente, solo pocos protagonistas suelen manejar la información vital en series de este tipo.

Aquí solo hasta muy el final no descubriremos las verdaderas intenciones de Adam, y de una manera tan malvada que hasta sorprende. Sus motivaciones no serán las únicas que parezcan regirse por el egoísmo más exacerbado. Muy sorprendente será el caso de Hanna, la madre de Jonas, capaz de viajar al pasado para dejar una de las escenas más dramáticas de la producción.

Dark es ese cúmulo de situaciones que se trenzan en un mosaico que resulta casi imposible de entender. De verdad que hay momentos en los que hay que detenerse un segundo para recordar quién era qué en un año determinado y su relación con los demás. Eso le quita puntos a la serie. Y habrá más, porque el final de esta segunda temporada abre un nuevo frente dimensional que augura una tercera aún más enrevesada en la que, literalmente, puede pasar de todo. Incluso el apocalipsis.

A modo de apuntes breves, para no extendernos mucho, algunas consideraciones adicionales. La fotografía: lo dijimos con ocasión de la primera temporada y hay que repetirlo aquí. Menuda delicia visual. Cada plano podría imprimirse y colgarse en una pared. Cuidado extremo de la luz, de los encuadres, de las texturas… la escenografía es muy cerrada, muy turbadora y angustiosa pero está excelentemente transmitida al ‘celuloide’.

Y aunque está relacionado con lo anterior, está el ritmo lento y cansino que tienen algunas escenas, especialmente las melodramáticas secuencias de situación en las que, a modo de retablo, se presenta una instantánea del dónde queda cada personaje antes del final de cada capítulo. Se hacen soporíferas.

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