Personas que caminan y lo que las une

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Mi destreza como jugador de fútbol es ‘nivel medio’. Pero no ese mismo ‘nivel medio’ que adorna las posibilidades de comunicación en inglés reales de todos nuestros currículos, sino un ‘nivel medio’ de los de verdad: no era malo pero tampoco el mejor de la clase. Ese era Jeros, una leyenda del que conservo, entre muchos bonitos recuerdos, el día en el que hizo una prueba con el Real Madrid e incluso marcó un gol. Con él habríamos esperado mucho menos para ganar la Séptima.

Compartiendo cada sábado a su lado en el equipo de fútbol sala del colegio fue como aquel árbitro entró en nuestras vidas. Ya se le veía un hombre peculiar por aquel entonces. Era un señor de edad indefinida, mucho más mayor que aquellos mocosos que éramos, pero sin que percibiéramos en él pistas acerca de su edad. Nos arbitraba con pasión, eso es innegable, pero lamentablemente no recuerdo ningún caso en el que lo hiciera bien. Vamos, que era malo y, al estilo de esos escandalazos arbitrales que hemos sufrido en mundiales, a sus errores le atribuyo que hubiéramos perdido una final de Copa. Como trencilla era dialogante, que diríamos ahora, muy implicado, muy pedagógico, muy de explicarte por qué ha pitado lo que sea que hubiera visto o inventado. Todo eso, sí; mal árbitro, también, por mucho que ahora, y pese a todo, le recuerde con cariño. “¡Jugador!”, te llamaba, paternal. En algún momento y a fuerza de que nos arbitrara, acabó por llamarnos por nuestro nombre…

dos_andan02.jpgY tal vez por eso no me sorprende que estos días, cuando han pasado 20 ó 25 años de aquellos partidos, cada vez que me lo encuentro por la calle aún recuerde aquellos tiempos y me siga poniendo cara -con lo anónima que la tengo- y hasta nombre. Es muy fácil verle por el pueblo yendo con premura de un lado a otro, con un caminar muy peculiar, como si llegara tarde a alguna cita y  quisiera avanzar lo máximo con cada zancada. Poco o nada ha cambiado en su aspecto e incluso un pequeño defecto de pronunciación que tenía entonces se muestra inamovible en la actualidad. Pero este improvisado viaje al pasado que me regala cada vez que me lo cruzo no resulta tan sorprendente como su afirmación cada vez que me para en alguna acera: “Hola Jugador, qué guapo estás tú (sic) y que bueno era Miguel Alario“. Yo, que juraría con mi mano derecha sobre una Biblia no haber escuchado jamás semejante nombre, no puedo dejar de sorprenderme: el bueno de verdad era Jeros, nuestro 10, y no ese futbolista desconocido al que este hombre encumbra cada vez que puede.

Seguramente durante una de sus caminatas, nuestro árbitro se haya cruzado alguna vez con Lau (nombre ficticio). Si es así, seguro que la guarda en su prodigiosa memoria de rostros y lugares. Ella, sin embargo,  difícilmente habría reparado en él. Y eso que, además del ágil movimiento de ambos por las calles de este pueblo que compartimos, les une otra cosa: el fútbol.

No es Lau, pero podría serlo | Foto: Jessica Weimar/Flickr (CC)
No es Lau, pero podría serlo | Foto: Jessica Weimar/Flickr (CC)

Lau ha irrumpido en mi entorno hace unos meses. La primera vez que la vi no sabía que su vida giraba en torno a un balón o, para ser más preciso, que amaba el balón. Me llamó la atención una mañana de invierno, de esas en las que solo unos valientes se aventuran frente al frío. Ella caminaba, cómo no. A primera vista no resultaba muy llamativa… bueno, miento: ¡claro que llamaba la atención! Los accesorios la delataban: un gorro amarillo chillón de Pikachu, gafas de sol, una cámara fotográfica colgada al cuello y un libro en las manos del que, pese a cruces, bordillos y demás obstáculos urbanos, no apartaba la mirada (¿qué te gusta leer, Lau?). Completaba la aparición un perrillo muy pequeño que iba a su bola apenas unos metros por detrás. El conjunto era como un personaje de cómic.

Desde entonces y hasta hoy -posiblemente también hasta mañana-, han sido meses de verla cruzar desde mi ventana día sí y día también. Ya forma parte del acervo de este peculiar ecosistema que es el barrio en el que vivo, visto a mi modo. Pero algo más. En todos los partidos que he visto este año de nuestro equipo la he reconocido en la grada. E incluso a fuerza de ver las fotos que se publicaban posteriormente en prensa o redes sociales, mi curiosidad ha llegado a incluso a ponerle nombre y cara –esta historia me suena– y a saber que esa chica tan curiosa es una de las grandes aficionadas del club, capaz de viajar a donde sea, por tierra, mar y aire, como un talismán para la mayor proeza que se ha visto en un campo de fútbol y con la que, pese a haber visto Champions, Eurocopas y un Mundial, he gritado más.

Y eso me reconforta porque me activa un punto de nostalgia inesperado. Porque en estos tiempos gloriosos en el que la camisola franjirroja más modesta se ha ganado un paseo por el fútbol profesional, recuerdo cómo, antes incluso de que me arbitrara el señor que pregunta por el ¿inexistente? Miguel Alario, mi yo de pequeño acompañaba al equipo cada domingo, jugara en casa o en cualquiera de esos estadios de la Tercera madrileña.

Eran legendarios campos de tierra, solana y bocadillo de panceta a los que acudíamos -tal era la limitada afición entonces-, mezclados con buena parte de los jugadores en su mismo autobús. O, si jugábamos en casa, mi padre y yo nos dábamos el paseo caminando por el descampado donde era posible encontrar higos intactos aún en su árbol; árbol que posiblemente siga en pie hoy en día, aunque a su alrededor haya crecido un césped inmaculado, urbanizaciones de lujo y un equipo de Segunda.  Y siempre, tan feliz y con mi pancarta de “Aúpa Rayo” firmada por aquellos futbolistas que jamás imaginarían la cota que algún día alcanzaría el club.

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