‘El vivo’, de Anna Starobinets: ¿parte del futuro que nos espera?

El vivo (2011), de Anna Starobinets, es “una de las novelas de ciencia ficción del momento, escrita por una de las autoras más originales de nuestra época”. Esta etiqueta fue la que me acercó a ella, siempre pendiente de las novedades en este sentido. No obstante, no puedo compartir el entusiasmo de un libro que me ha ido descolocando y decepcionando a partes iguales a medida que progresaba en su lectura.

Pensemos en que toda la obra de esta autora rusa se maneja en un escenario angustioso, en el que el contacto entre personas ha sido casi erradicado en la denominada ‘primera capa’, que no es otra cosa que el cara a cara de toda la vida. Es decir: la vida como es en los pueblos de la España profunda no existiría. Apenas hay comunicación oral ni visual, ni nada que implique una interacción física real; por no haber, hasta el sexo es casi algo del pasado, relegado a la virtualidad.

Y es que la humanidad se maneja a todos los niveles en una suerte de ingenio global instalado dentro de cada uno que hace las funciones de sistema operativo personal, de red social, o de comunicaciones o comercio, en el que todos se han abandonado. Ahora que lo pienso es algo similar al WeChat de los chinos. Pero en el libro es más profundo, hay varios niveles de capas en los que se pueden hacer todo tipo de tareas y actividades -sí, el sexo también-, de tal modo que uno de los castigos más frecuentes y temidos de esta sociedad distópica que describe Starobinets es, precisamente, la desconexión del sistema, por mínima que sea. Piensen en pasar un día sin móvil y se aproximarán a tal angustia, que es el tipo de miedo que lo rige todo en la novela.

Hay otro rasgo que define este distópico mundo, que de hecho es el que le da nombre a la novela: la muerte ha dejado de existir. En vez de eso, cuando a cada cual le llega la hora se dice que alcanza lo que se denomina ‘pausa’, que no es otra cosa que cinco segundos de suspenso tras los cuales se produce la reencarnación de un individuo en otro cuerpo. Decimos ‘individuo’ para hacer más entendible el asunto, pero lo más correcto sería usar la terminología de la novela, que habla de ‘claves’, que en realidad son algo así como personalidades que pueden conservar la memoria de una existencia a otra, por desnudar de matices la explicación general.

Y es que, en este contexto, existe un número cerrado de ‘claves’ que definen, a su vez, el número máximo de seres humanos que pueden existir: el tope es de 3.000 millones de personas. Todas ellas conforman el conjunto de El vivo, un ente que es como una deidad a la que se reza sin rezar y se obedece sin que haya unas reglas explícitas que lo demanden. Aunque a decir verdad, el funcionamiento en la realidad se asemeja mucho al de un sistema totalitario, en el que los delitos se persiguen y se castigan durante reencarnaciones y donde la muerte ‘tradicional’ -siquiera su misma mención- es casi una blasfemia que puede provocar el ingreso en un reformatorio.

Sucede que en este sistema tan aparentemente hermético nace un niño sin clave, esto es, sin un código que rastree sus vidas pasadas y, lo que se antoja aún más inquietante, capaz de poner en entredicho el número cerrado de vidas que marca la salud de El vivo. Su sola presencia basta para poner en cuestión el sistema que, como descubriremos posteriormente, no es tan sólido como se da a entender a la opinión pública.

El libro hace un seguimiento de la vida de Cero, como así se llama este niño, un paria en esta sociedad, casi un apestado que, no obstante, es el ancla con el lector puesto que, ajeno a la complejidad del sistema, se maneja exclusivamente en la ‘primera capa’ y todo su sistema de pensamientos, sentimientos e instintos son similares a los nuestros. Cero es cualquiera de nosotros cayendo en este ambiente.

Decía que el libro me fue desencantando a medida que avanzaba, y es que si bien la descripción del mundo imaginado por Starobinets resulta absorbente, original e inquietantemente plausible, el desarrollo acaba comiéndose estos aspectos en favor de una narración que aboga por unos giros más convencionales en los que se viven luchas intestinas por el poder, puñaladas y en el que la ciencia-ficción queda relegada a escenario, pero nunca a protagonista. Y es una pena porque de la misma manera que la historia del Cero pequeño mantiene la atención al máximo, su papel posterior como adulto queda muy descafeinado. La narración se enfanga y opino que las buenas ideas no acaban de moverse con soltura en ese terreno.

En general, me parece que la novela se pierde precisamente en su aspecto de novela, y que lo interesante de verdad es empaparse de ese universo en el que El vivo, con sus problemas o sin ellos, es un referente obligado en la vida de todos los seres; o del Socio, ese sistema operativo integrado en el que todos desarrollan su existencia y que todos podemos reconocer de alguna manera. Todos estos ingredientes, que cocinan este mundo, son excelentes para la reflexión acerca de hacia dónde caminamos como especie en esta época que vivimos.

Anna Starobinets (Moscú, 1878), pese a este irregular relato, se gana el beneficio de la duda gracias a la imaginación de ese universo tan angustioso. Para juzgar definitivamente su trabajo hay otro libro que tengo en cartera, Una edad difícil (2005), que fue el primero traducido a nuestro idioma y cuyos relatos recuerdan, según algunas crónicas, a “Stephen King y Philip K. Dick“, según El País. Más etiquetas. Veremos qué se esconde tras tamaña grandilocuencia.

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