Cómo cargarse una serie con carisma. El caso de La Casa de Papel

De aquello de “segundas partes nunca fueron buenas” hay multitud de ejemplos que acaban por desmentir el dicho. Pero no será este el caso. La Casa de Papel estrenaba temporada hace semanas en Netflix y después de ver sus ocho episodios, no me puedo creer lo que han hecho con una de las mejores series españolas que habíamos visto. Y precisemos que todo aquello que triunfó en el atraco a la Fábrica de la Moneda está presente en esta nueva historia de un golpe. Están los buenos, o los malos, que uno ya no sabe a qué atenerse con este variopinto grupo de gente vestida de rojo y con careta de Dalí.

El caso es que el punto de partida esta vez resulta ridículo. Imagine usted qué haría con el dinero logrado en el anterior golpe. Seguramente lo mismo que estos carismáticos protagonistas con nombre de ciudad: perderse en recónditos lugares donde hacerse invisibles y vivir a cuerpo de rey. Sucede que tal pretensión se les fue de las manos y pongamos que una pareja, Río y Tokio, por ejemplo, viven los tres años posteriores a los hechos que conocimos en una isla desierta que no sería más grande que el salón de nuestras casas. Y sucede que se dejan y que aún así se desean y que, por qué no, se reparten un par de teléfonos que, miren por dónde, alguien desde miles de kilómetros de distancia sabe que es el de los fugitivos. Y empieza la caza y ahí tenemos al bueno de Río capturado y torturado.

Estos hechos se narran en el primer episodio así que no les desvelamos gran cosa. Y lo que viene a continuación se lo pueden imaginar, por ridículo que resulte. La banda vuelve a juntarse. Deciden dejar sus idílicos escondrijos para “echar un pulso al estado”. Que se ve que no había otra manera que robando el oro del Banco de España.

Y lo que empieza como una llamada desesperada de Tokio al Profesor se convierte en un golpe tan aparentemente bien organizado como el precedente. Ya comprenderán que en esta historia comienza a flaquear la credibilidad del asunto. Por ejemplo, el cómo en apenas días se reúne el grupo, se plantan en Madrid previo paso de planificación de la cosa en Italia, reclutan nuevos miembros… y todo sin despertar sospechas. ¿Solo tenían pinchados a Tokio y Río?

Por no hablar del cómo en apenas unos días son capaces de regresar, de quedarse unos días en Italia ya con los nuevos fichajes hechos, de establecer toda la logística que suele poner en liza el Profesor y de plantarse en ese Banco de España como cualquier hijo de vecino toma el metro una mañana para ir a trabajar.

Con tal punto de partida ya se augura que durante los ocho episodios que siguen habrá más de un momento -y más de dos- en los que La Casa de Papel, aquella serie en la que todo parecía casi estudiado al milímetro, se convierte en una parodia de sí misma y ofrece instantes que van claramente de lo puramente adrenalítico a la vergüenza ajena.

En general, lo que le pasa a la serie no es ni más ni menos que lo que a tantas otras que debieron cerrarse para siempre y no aprovechar cualquier resquicio, por absurdo que fuera, para motivar más guiones forzados y que engancharan a los aficionados. Ya el marketing haría su parte. Aquí todo parece forzado. Como decíamos, en esta huida hacia delante que es la serie no falla ninguno de los elementos de la primera parte. Pero se ven acelerados, metidos con calzador, desde la prescindible narración de Tokio hasta el uso y abuso de los flashbacks con los que contextualizar la situación y apuntalar el increíble hecho de la nueva reunión de cacos.

Y luego, y que mencionamos a Tokio, una de las cosas más increíbles es el bajonazo interpretativo de casi todos los actores. De esta chica, Úrsula Corberó, se podía esperar más bien poco, y cumple. Pero el resto se nota que interpreta sin arriesgar y sin salirse un punto de su molde. Y eso lo resisten pocos, nuevamente con el huracán de Nairobi (Alba Flores) a la cabeza. Ella es de lo poco salvable. No quiero desvelar nada pero una imagen bastaría para explicar esto: si ven la serie, acuérdense de la cara del Profesor en el último capítulo cuando sucede lo que sucede. No lo olviden.

Lo de los flashbacks, o escenas de recuerdo, es muy pesado. Da la impresión de que están ahí para gloria de Berlín, uno de los personajes más carismáticos de la primera temporada y al que no se podía integrar en este guión de otra manera que con recuerdos. Y qué quieren que les diga: que me parece un muy buen actor que aquí está absurdamente sobreactuado, con una dicción que hace pensar que tenga algún problema en la boca y todo, sin rastro de la química que existía con el resto de personajes. Como él, aquello pasó a la historia.

Los personajes nuevos salvan un poco el nivel. Está Palermo (Rodrigo de la Serna), un argentino loco; o Nawja Nimri, que en su papel de Alicia Sierra, una inspectora-negociadora, ofrece una buena dosis de la intensidad que nadie excepto ella podría darle a su alter ego. Y que es mala, muy mala, y eso está bien en este océano de mediocridad y de absurdo en el que se ha convertido la serie. De una de las mejores de la historia de España a una serie más. Y con una cuarta temporada filmada y una quinta ya en camino, la que nos espera es fina. Si a Netflix le vale para hacer billetes, pues mira qué bien.

No quiero que se me pasen por alto algunos detalles que redundan en la bazofia que ha sido este visionado:

> El antiguo inspector Prieto, que capitaneó la primera temporada, de visita en la carpa para decirle a su sucesor que él acabó con los nervios fatal e incluso “disfunción eréctil”. En su otro momento en la serie le vemos viendo todo por la tele en su salón con una tila, mano temblorosa y su mujer mirándole como pensando que para ese papel, cualquier cosa mejor que ser actor.

> Arturo, Arturito… ¿en serio? Su presencia es un argumento en favor de la teoría de que La Casa de Papel en realidad quiere ser Los Hombres de Paco.

> Neymar. ¿Ni siquiera aquí vamos a librarnos de verle el careto?

> Los ‘globos sonda’, como la enigmática Tatiana, la churri de Berlín, y de la que nunca más se supo (por el momento). ¿Será ella la rehén que la cámara, ‘discretísimamente’, no deja de mostrarnos cada vez que tiene ocasión?

> Ese miembro de la banda que se dedica a dar vueltas por Madrid para coger cobertura, ¿alguien le dirá que pare en algún momento?

Definitivamente, lo mejor de la tercera temporada de La Casa de Papel fue este anuncio:

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