La inesperada solidez de ‘La Casa de Papel’

Las caretas de Dalí vienen a ser como el signo distintivo
Las caretas de Dalí vienen a ser como el signo distintivo

Empiezo a escribir esta entrada desde el trabajo, justo cuando pasa por delante la compañera que me entregó, sin saberlo, el mejor argumento que había escuchado hasta entonces para darle una oportunidad a La Casa de Papel: “No parece española”, dijo en la sobremesa de una de las comidas comunitarias en el comedor de la oficina. No necesitaba mucho más.

Lo cierto es que la serie tiene más y mejores motivos que ese para su visionado, empezando por un hecho muy próximo al tópico que dice que ‘toda comparación es odiosa’. Y es que no suele ser lo habitual contemplar en nuestro país producciones tan finas, tan bien hechas y tan bien hiladas.

La historia que narra es muy simple: un grupo de ladrones, coordinados por una enigmática figura llamada ‘El Profesor‘, se propone robar en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre (si pueden visitarlo, el museo merece la pena). Pero no va a ser un hurto al uso, es decir, tomando los fajos que haya por allí y salir pitando, sino a lo grande, poniendo en marcha toda la maquinaria y fabricando millones y millones de billetes. Mucho más rentable, sin duda.

El Profesor, en clase. Asignatura: atracar la FNMT
El Profesor, en clase. Asignatura: atracar la FNMT

La producción tuvo un cierto éxito en su paso por la televisión pero su consagración definitiva ha llegado gracias a su emisión vía Netflix y con su internacionalización: al parecer está rompiendo moldes en Brasil, donde es un fenómeno. Intentemos aproximarnos al porqué sin parecer un cuñado.

En mi opinión, durante sus 15 capítulos asistimos a un notable ejercicio de narración que presenta algunas diferencias sustanciales con otras series españolas. La más llamativa es la duración. Sus capítulos están en torno a una hora de media. El dato no es excepcional, desde luego, pero lo diferente es que es un minutaje bien aprovechado, muy al revés de otras series patrias que se encuentran con una trama más bien floja y un tiempo que hay que llenar de cualquier manera, casi siempre para mal. En La Casa de Papel no ocurre o, al menos, no tanto: cada minuto hay algo que merece la pena. Y si no, algo pasará enseguida: el ritmo es alto.

Primeros minutos del asalto.
Primeros minutos del asalto.

El número de capítulos también da una pista. Que algo con tan buena pinta y mejor acogida tenga cierre tras una quincena de episodios parece a contra natura de esa retahíla de espectáculos que no saben morir cuando deben y se perpetúan en la lucrativa -pero poco artística- vergüenza de prostituirse en favor de temporadas y temporadas de vueltas de rosca insostenibles y pérdidas del sentido y el espíritu original.

La historia de un atraco debe ser contada con tensión y eso es algo que no se pierde en casi ningún momento. Hay concesiones, claro, pero siempre vienen de la mano de los propios personajes, aunque da la impresión de que son ellos mismos los que decidieran  tomarse un respiro y sacar su lado más humano. Bien, al menos no se cae ni en la vergüenza ajena ni en la condescendencia tan recurrente en todo material audiovisual en España, como ocurría en muchos pasajes de El Ministerio del Tiempo, sin ir más lejos, ejemplo de mala resolución de estos momentos más ligeros y de alguna manera, vacíos de contenido.

Berlín es el 'villano': poco empático, megalómano y con un estricto código ético
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La voz en off de uno de los personajes es un acierto. Bien llevada, con una narración directa, madura… serán muchos los momentos en los que busquemos pistas en su tono para imaginar antes de tiempo el destino de Tokio (Úrsula Corberó), una de las ‘miembras’ del equipo de ladrones.

El papel de los actores es otro aval para la serie. Aun con la disparidad de caracteres que ofrece el elenco todos comparten en mayor o menor medida una cualidad: la ciclotimia que les mueve desde la euforia que sienten cuando las cosas van bien a la furia que sobreviene al sufrir algún contratiempo inesperado. Aunque no todos ofrecen una calidad extrema al menos traslucen bastante naturalidad, salvo algunos casos (ay, Arturitooooo… que malo eres). Algo parecido pasa con los rehenes: algunos son un bulto en las escenas pero los que tienen nombre y apellido también van ofreciendo una variedad de gestos y reacciones que conducen sin mucho escándalo hacia la manida reflexión del “no todo es blanco o negro”.

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En un elenco de tal cantidad de personajes los hay más interesantes y menos, lógicamente. Hay un dato que remarca esta coralidad: aunque la serie no ha tenido tiempo de llevarse muchos premios, varios de sus actores han sido nominados o galardonados, prueba de que el protagonismo está más o menos diluido.

Pero hay uno que sobresale: El Profesor, interpretado por Álvaro Morte. Su personaje es verdaderamente atractivo. Él es el cerebro de la operación. Un personaje que va recolectando personas “sin nada que perder” para dar el golpe de sus vidas. Aunque se  se mantiene como una figura paternal, discreta, de trato cálido y con una humanidad desconcertante, es mucho lo que esconde y que iremos conociéndole con el paso de los capítulos.

Alba Flores: no es la mejor actriz pero se muestra tan natural que da el pego
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Aunque la acción está dentro del edificio de la Moneda, todo lo que rodea a El Profesor se convierte en una tensión continua durante casi toda la serie. Es el juego del ratón y el gato llevado a un nivel en el que lo previsible -o lo esperable- se viste de tal modo que da el pego. Muchas veces se beneficia de la clásica oportunidad de circunstancias y, muy al final, incluso protagoniza alguna escena un tanto surrealista que le quita puntos a la nota final de la serie. Pero incluso en los momentos en los que la lógica queda pisoteada lo perdonas porque el tipo en cuestión desprende magnetismo. Y cuando interactúa con su ‘enemiga’, la química es innegable.

En el plano de las fuerzas de la Ley y el Orden, las cosas están más claras. Todo el peso recae en la inspectora Raquel, a quien encarna la actriz Itziar Ituño. En la ficción, un papel como el suyo suele verse vapuleado por mor de la progresión de la trama, que tiende a ir favoreciendo al ‘malo’ antes del desenlace final, en el que ya sí las cosas se igualan o incluso viven un giro dramático (les dejo que lo descubran). Lo cierto es que a Raquel le pasa de todo y todo malo. Y ciertamente me da la impresión de que su interpretación en muchos momentos no es del todo buena, como si perdiera la concentración y tuviera que retomar el hilo. Pero lo que más me llama la atención es el maltrato del guión para con ella: entre unas cosas y otras hay muchos momentos importantes en los que o no está o llega tarde o, como diría aquel, se entera de las cosas “por la prensa”.

Raquel, inspectora al mando... si la dejan
Raquel, inspectora al mando… si la dejan

Por otra parte, y aunque con ello ya nos salgamos un poco del asunto, Ituño protagonizó una polémica antes del estreno televisivo de la serie que nos sirve para lanzar un debate tangencial pero interesante. Al parecer, esta actriz de origen vasco se manifestó abiertamente a favor del acercamiento de presos etarras y de apoyo a Bildu. Tal cosa levantó un profundo revuelo en redes sociales, hasta el punto de que se pidió el boicot hacia la serie. Sin estar para nada de acuerdo con las opiniones políticas de la persona, aplaudo el trabajo de la profesional. No soy de los que pitan a Piqué cuando juega con la Selección, aunque ese es otro tema.

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