Le doy muchas vueltas a la cuestión de qué es ser periodista. Porque hay una diferencia muy sustancial entre la labor que pueden hacer dos personas cuya profesión sea esa, nominalmente, pero que se desenvuelven en medios y contextos diferentes. ¿Con qué soñamos cuando éramos pequeños, cuál era el motor de la vocación entonces? De niño, personalmente, me llamaba la atención entrevistar a gente por la calle, presentar un telediario, retransmitir los partidos del Real Madrid.
Que no es lo mismo, precisamente, que bucear en los submundos en busca de exclusivas o trazar una estrategia de contenidos para el gabinete de prensa de cualquier empresa. Pero si hay algo que sirve como nexo para todas las variantes de este peculiar oficio por el que encima te pagan es la querencia por contar historias. Cuanto mejor sean estas, mejor.
Y la del Casi (Libros del asteroide, 2024) es una buena historia. No la mejor. Ni siquiera la más exótica ni la que te vaya a mostrar una cara de la realidad que resulte especialmente ajena. A cambio, antepone la propia vida de quienes quedan invisibilizados aún teniéndolos a nuestro lado. Porque la del Casi es la historia de uno de los centros más grandes e icónicos de los que tiene la ciudad de Madrid para acoger a quien nadie más acoge, ni siquiera las mismas calles.

Casi es el título del libro, que es como se conoce coloquialmente al Centro de Acogida Municipal San Isidro. Un edificio que cualquiera que haya pululado por las proximidades de Príncipe Pío habrá visto sin verlo. Este libro, esta historia de buen periodismo de cercanía escrito por Jorge Bustos, es el encargado no solo de abrirnos sus puertas sino de dar a conocer a parte del censo que lo habita.
El resultado es ese, un reportaje dominical que se extiende durante decenas de páginas sin que al lector le duela mucho más que el alma. Materializar ante los ojos las miserias de quienes perdieron la suerte tiempo atrás es un ejercicio de humildad que se hace aún más acuciante al ponerle el autor nombre y apellidos.

Al margen de que esté escrito con precisión y el estilo indudablemente propio de un diario, el mérito es precisamente ese, el profundizar en las experiencias de quienes están esperando que alguien les escuche. Bustos asume ese rol y hace todo lo posible por mantener a flote el libro por mucho que el mensaje de relativa desesperanza y resignación que ofrecen muchos de los protagonistas ahogue un poco el relato.
Es así como vamos siendo partícipes de su mirada integradora y mayormente neutral y, sobre todo, en la de sus interlocutores, desde los más centrados y resilientes hasta los que han asumido que tienen poco o ningún remedio. Diluidos en el vacío que genera la espiral del silencio y las adicciones, en muchos casos.
No es una historia excepcional. Debiera serlo, tal vez. Esa es la dimensión de los dramas encerrados en esas paredes. Y más aún, los que tienen todos aquellos -muchos más- de los que no sabremos de manera directa y que ni siquiera han tenido la oportunidad de que el Casi les haya dado una luz de esperanza. Un libro duro por el tema por lo que supone de enfrentarnos contra una realidad incómoda pero, por eso mismo, necesario. Sin el casi.
