
Llega un momento en el que, a fuerza de asistir a exposiciones fotográficas, uno activa en su cabeza esa palanca que equipara lo que se ve con lo que se percibe, tomando en consideración el contexto de cada artista. En el caso de Helen Levitt (Nueva York, 1913-2009), ambas líneas deben confluir necesariamente para contemplar una obra magna que no es sino un pulso a las ciudades por las que se mueve, en un momento en el que este tipo de fotografía documental pura —esto es, la de la propia vida— comenzaba a asombrar al resto del mundo.
No fue la primera en lanzarse a las calles, ciertamente, pero sí una de las alumnas más brillantes de un género ciertamente engañoso: está ahí, a tiro de clic, conviviendo con nosotros en cada esquina, en cada rincón, en cada minuto de cada barrio de cada ciudad de cada país del mundo. Es el ojo entrenado, la oportunidad esperando. Captarlo… ¡ah, amigos!, eso ya es otro cantar.
La propuesta de Levitt se desarrolla de manera casi hegemónica en Nueva York y, más específicamente, en barrios no tan opulentos como imaginamos para aquella época —finales de la década de 1930 y durante los 40—. Tal vez por eso mismo, el carácter de esas calles es muy diferente: una pura explosión de vida e incluso —uno tendrá que intuirlo por aquello del blanco y negro— de color y alegría. Su cámara, en este sentido, se vuelca fundamentalmente en los niños, que convierten la capital del mundo en un patio de juegos.

Y no es algo sobre lo que tuviera que reflexionar demasiado. Estas ventanas hacia el pasado nos muestran lugares de una increíble profusión infantil: niños por todas partes, entregados a toda clase de juegos y tropelías. Son, por llevar las cosas a un escenario más conocido, retratos casi de extrarradio; solo que, en el mar de asfalto que era aquella inmensa ciudad, el contraste resulta especialmente llamativo.

Pero esas escenas, además, no hablan únicamente de un aquí y un ahora que quizá se hayan perdido ya. ¿Dónde quedó la inocencia? También remiten a una extraordinaria capacidad técnica, a encuadres prodigiosos que dialogan con la imagen y regalan una sonrisa, pero también una invitación a que el analista o el aficionado avanzado descubra esos rasgos que resultan absolutamente geniales.
Es, de alguna manera, trascender la fotografía para convertirla en una narrativa visual impregnada de un estilo propio y personal que sirve de nexo a toda su obra, al menos a la expuesta en las paredes de la Fundación Mapfre, donde ha protagonizado en los últimos meses uno de los acontecimientos fotográficos más destacados de este 2026.
La virtud de este porfolio le granjeó a la fotógrafa un amplio reconocimiento, por lo que no solo tuvo la oportunidad de exhibir sus trabajos en algunos de los espacios más prestigiosos del ámbito fotográfico, sino también de ampliar sus horizontes temáticos y técnicos.
Entra entonces el color. Y aunque el salto, apreciable en apenas dos metros —los que separan dos salas de exposición—, podría parecer abrupto, el diálogo entre ambas formas de entender la fotografía resulta profundo, coherente y respetuoso. Pudimos ver series que retrataban escenarios como Harlem, en una época en la que el color de las calles —y no solo el de la piel de sus habitantes— constituía un mensaje en sí mismo.

Su capacidad para captar la realidad cotidiana también se aprecia con claridad en sus viajes, especialmente en México, donde mantiene ese estilo, esa misma forma de mirar, a ratos sensible y a ratos enigmática. Y es que no ha sido poca la crítica que se ha cernido sobre imágenes que parecen anclarse en la mirada infantil, como si ello supusiera una renuncia a otros asuntos más serios o dignos de consideración.
Pero incluso con esa mirada inocente y llena de juegos, su obra no deja de traslucir una denuncia social que se hace especialmente visible al observar las enormes diferencias entre las calles más acomodadas y los barrios más alejados del poder. Las calles, el mobiliario urbano, e incluso los atuendos y el aspecto de los chiquillos, dan fe de las notables desigualdades que existían. Eso también es fotografía, conviene decirlo.
