Exorcismo al Rayo Majadahonda: ahuyentando nubarrones

Con la poca o mucha autoridad que me concede el abono que, este año sí, pienso amortizar, me sale apuntar estas claves acerca del futuro a medio plazo del Rayo Majadahonda. A título de inventario y casi de exorcismo, esperando que a final de temporada me tenga que comer mis palabras, una por una. Porque más allá del resultado del partido ante el Badajoz (2-2), salí del campo con una sensación funesta acerca de lo que nos depare el curso, por mucho que en las horas posteriores se venda optimismo desde la web del club, como no podía ser de otra manera. Eso es lo bueno, al menos evitamos la tercera derrota consecutiva.

Más que las cifras, más aún que el resultado, y atendiendo a las sensaciones que me dejó este reencuentro con mi amado y polvoriento asiento en el (casi vacío) Cerro del Espino, lo inmediato sería hablar de un marcador equilibrado cual funambulista y con el que hubo que darse con el canto en los dientes en el minuto 90, cuando aún resonaban los ecos del disparo al palo de un delantero rival que nos hubiera mantenido a cero en la clasificación.

¿Cómo puede ser eso si la mayor parte del duelo estuvimos por delante? Pongamos que pisamos área cuatro veces. Pongamos también que esta vez existió la virtud de aprovechar al máximo lo que hubo: un error de la defensa ajena para el 1-0 y un arrebato de rabia para volver a adelantarse unos segundos después del cantazo de Álvaro que le regaló al Badajoz el 1-1. Me viene a la memoria otro córner aún con el 0-0 rematado con el cuello al revés y algo ya casi al final en pleno atropello de ideas. Pero para de contar.

Y a eso voy. Me pasé buena parte de lo que duró el 1-0 asustado. Y no por el empate que podría llegar en algún momento –tampoco el Badajoz me pareció que tuviera nada del otro mundo-, sino por el planteamiento del propio Rayo. Me dio la sensación de equipo menor o, quizá por ser más preciso, de asumir la inferioridad sobrevenida que solo es tan evidente en esos equipos que están con diez sobre el pasto y no les queda otra que echarse atrás a verlas venir. Lo achaqué, precisamente, a la ventaja que tenía el equipo en elelectrónico pero, dado que el tanto llegó en el minuto 12, me sorprendió, y no para bien, que se desplegara ese juego desde tan pronto y con tan escasas alternativas. Primer partido que veo: ¿hubo algo más en los previos, me he perdido algo?

Eso dejó al trasluz varias cosas que me acabaron generando este pesimismo respecto al futuro. Por una parte, la mencionada carencia de ideas, la absoluta inoperancia para sacar la pelota jugada más allá del vuelo directo hacia lo más cerca que se pudo del área rival, fruto de imprecisiones, de desorden y, por qué no decirlo, de un día complicado para el lucimiento de quienes tengan mejor toque. Pero es que hasta físicamente la defensa rival se hacía más grande e hizo suyo el espacio, situándose cerca del centro del campo.

En ese barullo, y dado que es mi primer partido del curso (no quiero dejar de repetirlo), no acabé de quedarme del todo con el nombre de todos nuestros jugadores. Habrá más partidos. Pero para empezar, y ya que todo este texto no pretende más que ser una especie de exorcismo para lo que venga, a ver si con suerte a final de año me como mis propias palabras, he de decir que solo me gustaron la pareja de centrales, con el incombustible Casado y el aporte del rocoso Ouaye, ambos muy sólidos durante todo el partido e incluso capaces de fabricar el segundo gol. A su lado, luces y sombras: Álvaro tuvo un día que no olvidará porque un cagadón (que lo siento, pero no tiene otra nombre) puso en bandeja el 1-1, aunque lo anecdótico del fallo no debe tapar que el resto del trabajo lo solventó muy bien e incluso se lució en la segunda parte, cuando tuvo que multiplicarse.

En los costados, Rahim cumplió. Jugador de físico extraño, que parece a punto de doblarse y de romperse, pero que al menos casi siempre encontró a un compañero para soltar la pelota. Y eso en tal contexto ya fue suficiente para destacarle. Fue más tímido con balón, ya que casi siempre buscó el pase horizontal, que sin la pelota, cuando algún chispazo tuvo para subir la banda izquierda donde, eso sí, no abandonó la intrascendencia generalizada.

Del resto podemos decir que se entregaron, lo que viene a ser algo así como el presuponerle el valor a un soldado; o sea, nada. El gol de pillo de David, el empuje de Jeisson en su enésima etapa rayista, algo de Nando… algo. Pero en tal panorama gris no quería dejar de destacar un par de detallines negativos con nombre y apellido: Salama y Francis Guerrero. Al ver al primero, sinceramente pensé que sería el típico jugador veterano con experiencia que fichas para dar empaque al medio campo, algo así como el Susaeta de los últimos tiempos. Y lo digo porque ya que hablamos de físico, me dio la impresión de estar pasado de forma, sin demasiada movilidad, sin mucha cintura… no sé, me sorprendió, la verdad. Un pelín sobrepasado.

El caso de Francis, el lateral derecho, es peculiar. Durante la primera parte le tuve en la parte más lejana a mi asiento. Se le veía un tipo que cortaba muchos balones, sí, pero que después no sabía qué hacer con ellos: absoluta imprecisión. No es que sus compañeros tuvieran mayor tino pero ya que en la segunda parte le tuve cerca y pude ver bien su lenguaje corporal, lo que transmitía era una sensación de desesperación y de frustración que delataba que, mentalmente, parecía bastante fuera del partido. El caos táctico en el que cayó a medida que avanzaba el duelo no alivia mucho esta reflexión.

Todos somos Salama y Francis, en cualquier caso. Porque la misma desazón que denotaban sus gestos es la que se percibía a la salida anticipando nubarrones en el horizonte para los escasísimos espectadores que fuimos. Al fin ha llegado, me temo, el día en el que la realidad debe disipar las expectativas de alcanzar playoff y mucho menos del ascenso. Fue bonito mientras duró pero, visto lo visto, lo que hay, y lo que viene, o comenzamos a centrarnos o esto pinta mal. El próximo partido, ante un enchufadísimo Córdoba, líder del grupo: un momento ideal para dar la campanada y empezar a respirar o para hundirse del todo. Lo veremos.

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