‘Alfonso. Cuidado con la memoria’, crónica de la España que fue

Presenta estos días la Sala Canal de Isabel II, con su profusión habitual, la exposición ‘Alfonso. Cuidado con la memoria‘, un montaje abrumador sobre la obra de la firma fotográfica Alfonso, un sello familiar que puso su estilo profesional, estético y su don de la oportunidad para captar con su objetivo buena parte de lo que fue aconteciendo en la Madrid y en la España del siglo XX, muy especialmente en sus primeras décadas, que fue mucho y muy intenso, como seguro sabrán.

Aparte, Alfonso Sánchez García (1880-1953) también añadió al talento la visión empresarial y es, en parte por esta faceta, por lo que su obra ha trascendido y ha llegado incólume hasta nuestros días. Fue de los primeros en instalar un estudio dedicado en el que participó toda la familia y en el que, a modo de sede, sirvió como base de operaciones para sus idas y venidas por la capital pero, igualmente, como punto de encuentro para la toma de retratos en los que quedaron reflejados la mayoría de los grandes personajes de la época.

El mérito de esta aventura empresarial pionera se cimentó, como no podía ser de otra manera, en la capacidad técnica del fotógrafo. Primero el del propio fundador, si bien sus hijos, especialmente el mayor, Alfonso Sánchez Portela, pronto comenzaron también a despuntar y a regalar a la historia algunos de los negativos más icónicos y que se exponen en Santa Engracia esta vez. Y es que desde muy pronto, el sello tuvo como objetivo ser testigo de eventos, situaciones y sucesos que se magnificaban, gracias a la imagen, en las numerosas revistas gráficas que jalonaban los quioscos en aquellos tiempos.

Fue en ese viaje fotográfico por lo que aconteció más cerca donde Alfonso fue encontrando su hueco y gestando un mito que, no obstante, quedó marcado al acabar la Guerra Civil por su simpatía hacia el bando republicano. Esa querencia le condenó al ostracismo y le alejó de la esfera pública que, hasta ese momento, había sido el alimento de su trabajo. Recluido en su estudio, donde todo empezó, y retirada la licencia de prensa, su obra quedó limitada al trabajo de interior al que, eso sí, se prestaron infinidad de personajes de postín de la época; incluso, paradojas del destino, muchos de los que habían bregado por apartar a los fotógrafos de la vía pública: tal era su fama y distinción.

Con esta breve introducción, dar un paseo por el antiguo depósito de agua de Santa Engracia es una inmersión en la España de hace décadas en la que no será raro encontrarse con algún mayor que reconozca alguna de las escenas que se contemplan. Por un lado, se exponen buena parte de aquellos retratos de políticos, figuras públicas de todo tipo y por otro, escenas costumbristas del Madrid previo a la confrontación.

La Guerra Civil como cicatriz también tiene su peso. Se trató de un momento álgido para el periodismo y la fotografía que, no obstante, genera un rechazo visceral en Alfonso. Toma imágenes, por supuesto, muchas de ellas poco o nada agradables (¿lo puede ser alguna en medio de una guerra?) pero se percibe una distancia calculada, un evidente dolor en las tomas de ruinas, de cuerpos esparcidos por el suelo polvoriento o de ciudadanos refugiados de los bombardeos. No existe la crudeza de otros compañeros de profesión pero tal vez por ello es la distancia, el frío de la distancia, lo que nos da una perspectiva más amplia del escenario.

Y con la victoria de los fascistas, Alfonso cae en desgracia. Como hemos apuntado, su libertad como camarógrafo cesa y es más, las autoridades franquistas le toman la matrícula y le señalan. Destaca un artículo en el diario El Alcázar, en 1942, cuyo título sirve por todo lo que significa para dar nombre a la exposición: «Cuidado con la memoria», un aviso nada sutil para que la saga de fotógrafos se ande con cuidado y evite «provocar a los que tienen memoria, ofensas que perdonar y agravios que vencer».

Ante la arbitrariedad de lo que viniera, el estudio pliega sus velas y se resigna a abandonar la vida pública, al menos de puertas para fuera. Quedará de todo este tiempo la retahíla de retratos de los españoles más importantes e influyentes de aquellos tiempos y, aunque fuera en el recuerdo, las estampas de una España que quedó en suspenso durante décadas y que solo al acabar ese mal sueño se pudo recuperar gracias, cómo no, a la memoria a la que tanto contribuyó con su cámara.

Como siempre, el montaje en la Sala Canal de Isabel II es pródiga en recursos. Muy espectacular la planta baja, donde se ha colocado una escenografía muy particular, que da la impresión de sumergirse literalmente en las imágenes. Pero igualmente, el trabajo también incluye un audiovisual que espera en la cúpula, si bien aquí lo reproduzco como colofón y disfrute:

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