Tres Mujeres Magnum: Eve Arnold, Inge Morath y Cristina García Rodero

Ser de la agencia Magnum es una cosa muy seria. Tanto que, durante décadas, ese sello del grupo más exclusivo del fotoperiodismo ha supuesto no solo una distinción para los medios que tiraban de su catálogo sino un rasgo de calidad en el currículo de sus fotógrafos en nómina. Pero sucede que, como en el resto de ámbitos, las mujeres lo han tenido tradicionalmente más crudo para alcanzar su lugar también aquí. Por eso, las que lo lograron en su momento han sido consideradas sin remilgos como pioneras de un camino que, baste decirlo, aún hoy está por conquistar del todo para el resto: actualmente, como cita la organización de la exposición, de los 99 fotógrafos representados por la agencia, solo 17 son mujeres y de estas, apenas 11 lo son de pleno derecho.

De ahí la relevancia de la cita que pone en liza el Centro Niemeyer de Avilés que, hasta finales del próximo enero, exhibe una muestra del trabajo de tres de estas mujeres que han abierto caminos en el mundo de la fotografía, en general, y en  la agencia Magnum, por ser más concisos: Inge Morath, Eve Arnold y Cristina García Rodero.

Quisiera empezar esta mención a la visita hablando precisamente de esta última, por varias razones. La primera es porque es española (Puertollano, 1949) y contemporánea pero, sobre todo, porque he de reconocer que también es la más desconocida para quien escribe estas líneas. No es que no la conociera pero no recuerdo -al menos no de forma reciente- haberme puesto frente a sus fotografías. Y voy a continuar con la conclusión: quiero más y espero que pronto pueda tener la oportunidad de ver más de su obra.

Se podría pensar que juega con la ventaja del tiempo, de la experiencia acumulada por el pico y pala de sus antecesoras en la agencia. Pero decir tal cosa podría resultar ofensivo al hablar de la que es un referente para la fotografía nacional por la versatilidad de su trabajo y por el talento, la frescura y la visión mordaz que imprime en sus tomas. La selección del Centro Niemeyer tiene ese enfoque más centrado en la actividad de Magnum, que es el relato de lo noticiable, de lo periodísticamente importante.

Por eso, la presencia de imágenes más abstractas o artísticas como las que tiene en su portfolio es casi anecdótica. Aún así, y como reza una de sus frases destacadas en el Niemeyer, ella viene a hacer un poco lo que quiere e inevitablemente no puede dejar de lado su particular visión aunque se enfrente a temas sumarísimos. Por eso añade a la gravedad de algunos de los momentos que presenciamos una geometría y un lenguaje propio que busca la empatía, algunas veces la sonrisa y que en ningún caso dejan indiferentes.

Aunque la exposición es notable, dar espacio a las tres protagonistas obliga a un ejercicio de síntesis por parte del comisariado pero he de reconocer que, tal vez por ese desconocimiento, tal vez por la proximidad temporal de lo que retrata, sus fotos me han impactado bastante más que las de sus compañeras de paredes. Y si tuviera que elegir alguna toma seguramente no sería esta de Haití que es una de las más icónicas, sino la de la madre con su hijo fallecido en Georgia, una captura con la que cualquiera podría obsesionarse, entre los ojos perdidos de la mujer, el apacible descanso del pequeño o los detalles del escenario, como esas cajas de dentífrico que uno no sabe muy bien qué pintan donde están. 

Es una imagen que eleva el tono y que no deja indiferente pero lo que las une con las más desenfadadas es precisamente eso: el sello tan personal y diferente que sobresale con luz y una voz propia para presentar imágenes «muy queridas» y que, como ella misma indica en uno de los vídeos promocionales de la muestra, son casi un milagro: «Son queridas todas, algunas muchísimo, pero en general todas a mi me parecen casi imposible que yo haya hecho estas fotos, no sé ni cómo me las he arreglado, ni sé cómo he llegado a estos sitios, me parecen un milagro«.

Y luego, la modestia: «Son poquitas [las fotos que se exponen], porque he hecho tantas fotografías que lo único que hacen es echarme de casa porque no tengo dónde meterlas, pero las buenas son muy pocas, son la punta del iceberg y esa parte del iceberg yo la quiero, me parece que es el éxito de una lucha dificilísima y durísima».

La reivindicación de este estilo personal es común a sus compañeras en la muestra. Inge Morath (Graz, Austria, 1923- Nueva York, 2002), por empezar por alguna, entró en Magnum en 1955 aunque ya desde bastante antes su contacto con la fotografía fue intenso. No solo por tomar imágenes sino por tomar pleno conocimiento de la manera en la que la foto y el texto podrían configurar la mejor información. Por esa vía, en la que fue colaborando con algunos de los más grandes (Capa o Cartier-Bresson, entre otros) ampliando su horizonte y conquistando su lugar en un mundo tan competitivo y, por supuesto, muy masculino, más aún en su época.

Eve Arnold (Filadelfia, 1912 – Londres, 2012) entró en la agencia primero como asociada, en 1951 y ya como miembro de pleno derecho en 1957. Y buena parte de su obra, al menos la mayoría de la que se puede ver en Avilés, versa sobre esa vertiente cinematográfica de los fotógrafos de Magnum, que durante aquella época participaban en rodajes de películas. Es por eso que abundan los retratos de las megaestrellas de la época como Marilyn Monroe o Marlene Dietrich, otro tiempo sin duda. No obstante, su porfolio se nutrió de muchas otras temáticas en las que la querencia por lo social fue el nexo que unió sus reportajes en puntos tan distantes, en distancia y vida, como China, la Unión Soviética o Egipto, por citar algunos.

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