Bill Brandt, el británico que amaba la inquietud (y el Photoshop)

Avergonzado por las tropelías del incipiente nazismo que comenzaba a campar a sus anchas y sin resistencia por la Alemania de los años 30, Bill Brandt, nacido en Hamburgo en 1904, decidió no solo salir del país en el que nació sino renegar definitivamente de él. Y con ello, la historia ganó un fotógrafo que abrazó la nacionalidad británica y que como tal ha pasado a la posteridad. Su trabajo, su completísimo catálogo de obras, de temáticas y de composiciones, de hecho, tiene en las imágenes de Londres y ciudades inglesas un marco referencial obvio para muchos de los que vinieron después y que quisieron retratar la vida en las urbes de su tiempo.

Brandt es el protagonista de la última exposición fotográfica de Fundación Mapfre, que reúne para la ocasión más de 180 imágenes que cubren buena parte de la vida profesional del artista británico. Si bien el contexto personal siempre es importante para poner en valor los porqués de una obra, en este caso es evidente que la animadversión hacia su país de origen marcó de manera vital su trabajo. Y es que tras breves estancias en Viena y en París, su flechazo con Londres fue inmediato.

Y fruto del mismo se dedicó con tesón a la fotografía de los paisajes urbanos que tenía más a mano. Pero seguramente no contemplará el espectador imágenes costumbristas al uso. No, no es una exposición fácil en el sentido de que no es una mera ventana al pasado, a otro tiempo. Bill Brandt deja entrever en muchas de sus tomas una tormentosa complejidad, alguna que otra obsesión también, seguramente. Son algunos comentarios superficiales para explicar un conjunto que transmite una pátina de misterio, de oscuridad.

Ayudan a ello sus exagerados contrastes, bien técnicamente, con transiciones blanco-negro súper duras, bien en el plano temático donde, entrando ya en materia, se erigió en una especie de notario de las diferencias de clase entre los más acomodados y los obreros, mineros o trabajadores, en general, siempre al servicio de los primeros. Son escenas que, es verdad, no se cobijan ni en el morbo ni en la ostentación. Son escenas dignas y cotidianas que cualquiera puede imaginar pero que puestas ante los ojos, enfrentadas, obligan a una reflexión.

Son estampas muy apegadas a lo real pero es cierto que Brandt siempre trabajó con una vis que en ocasiones despegaba del suelo y ofrecía escenas más abstractas y etéreas con el fin de generar inquietud en el espectador, especialmente en su serie de la noche londinense. Es el caso de algunas de sus fotografías más famosas por la capital británica, en la que juega con formas, con reflejos, con líneas que suben, bajan, vienen y van. Con vías férreas, chimeneas, puentes y escaleras. Se dice y se repite que hay mucho de psicoanalítico en su trabajo pero ¿por qué no entender estas fotos como una forma personalísima de ver el mundo, su mundo? Tal vez sea lo mismo con otras palabras, ya.

Esta misma idea se refleja en la parte de la exposición dedicada a los desnudos. Cuesta distinguir las figuras y de hecho, en algunos casos no vemos lo que vemos sino lo que creemos ver: brazos, caderas y pechos se confunden con la sinuosidad de piedras modeladas por el agua o de arena de playa. Incluso cuando es obvio que es piel lo que se nos presenta es el encuadre el que busca el juego de confusión. Y esto, dado que hablamos de una fotografía de hace décadas, no puede dejar de sorprender por su actualidad.

Sus retratos, que también protagonizan otra sección, son justo lo contrario, con personajes perfectamente reconocibles a los que no duda en situar en un contexto determinado. Proliferan las tomas con grandes angulares que llevan a una cierta distorsión en los fondos y a puntos de vista diferentes pero con una más que estudiada escenografía y con la gravedad de quien siempre iba buscando la poesía cada vez que accionaba el obturador.

Posteriormente, eso sí, varió radicalmente el enfoque, literalmente, y decidió cerrar las tomas hasta hacer fotografías y retratos a partir de primeros planos de uno de los ojos del sujeto en cuestión con la idea, según los expertos, de hacernos reflexionar sobre el papel de la mirada en el arte. Tal vez por ello abundan en este punto las imágenes de artistas visuales contemporáneos como Tàpies o Giacometti, por ejemplo.

La sección más peculiar de la exposición es la que se refiere al Photoshop. Bueno, obviamente no ‘ese’ Photoshop que muchos tendrán en sus ordenadores. Pese a su prolija colección, Brandt aún sacaba tiempo para positivar sus negativos. Y en esa labor halló métodos para mejorar sus imágenes. Sí, como si usara Photoshop, aunque en su caso con métodos totalmente artesanales, claro, encaminados a disimular defectos, mejorar zonas con una exposición incorrecta o incluso acudiendo al reflejo para variar el punto de vista de una imagen.

Era una tarea en la que sus manos tiraban de pincel de acuarelas, de tinta china o incluso en un alarde de picaresca, de usar partes de unas imágenes para usarlas parcialmente en otras, como poner un cielo más dramático allí donde no había ni una sola nube en realidad. Un genio, en definitiva, a quien merece la pena visitar. Corran. Solo hasta el 29 de agosto en la Sala Recoletos.


Un par de vídeos como extras. Este primero es el mismo que se proyecto dentro de la exposición. Imprescindible: preparen sus buenos 35 minutos

Este segundo es tangencial pero habla claro del potencial de la imagen, en este caso de las de Bill Brandt, como complemento de la música moderna. Se trata de un vídeo musical del grupo Delaporte que presenta su tema La playa de Aldeburgh, basado a su vez en una fotografía de este fotógrafo. El resultado está muy bien, así que no pierdan la ocasión:

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