Borgen: daneses haciendo cosas nórdicas

Las series sobre política y políticos son un filón que, en los últimos años, han alcanzado una inmensa popularidad por su capacidad innata para ofrecer tramas que se ajustan, guionistas mediante, a las necesidades y al ritmo de una producción televisiva. No faltan ejemplos de notable mérito y máximo reconocimiento como El ala oeste de la Casa Blanca, House of Cards o, por citar una muestra más cercana, Vota Juan, esta en clave española.

Puede que la diferencia entre ellas sea el tono. Aunque es más lógico pensar que, independientemente de su fidelidad respecto a la realidad, todas nos dan una visión, acaso global, de la manera en la que se entiende la política y los gobiernos en sus respectivos países. Sin que dejen de existir lugares comunes, sí que se trasluce una mirada más profunda a la concepción de la clase política.

Pongamos que, en líneas generales, Dinamarca no nos importa demasiado más allá de sus excelentes y calóricas galletas de mantequilla; su política, seguramente mucho menos. Y sin embargo Borgen, la serie que la retrata, tiene un indudable atractivo. Veamos el porqué y sus matices.

La protagonista es Birgitte Nyborg, una representante de uno de los partidos minoritarios que, por avatares del destino, se encuentra con la gran oportunidad de su vida para ostentar el poder, dado que los bloques principales se derrumban en las urnas por diferentes motivos. Nyborg es un personaje que mola. Muy idealista, muy valiente, muy decidida, con las cosas muy claras; tanto, que es lógico que su ascenso a primera ministra le haga caer poco a poco en una especie de parálisis institucional que, básicamente, consiste en que tendrá que tragar con buena parte de los tejemanejes de la alta política, los intereses económicos que rigen todo y los equilibrios diarios para mantener a flote su gobierno de coalición.

Toda la trama política es la principal en Borgen. Los grandes temas que aborda se enfocan desde la óptica de Nyborg y de lo que hace o decide. Pero en paralelo la serie, como si fuera un circo de tres pistas, sitúa la acción en otros dos escenarios principales: por una parte el entorno privado de la propia lideresa; por otro, la redacción de un canal de televisión.

Hay que decir en este punto que, frente a la dureza de los personajes vistos en las series estadounidenses citadas al comienzo, en las que la mayoría eran unos buitres despiadados, en Borgen todo adquiere un tono más naive. También hay guerras sucias e hijoputez varia, pero el nivel de crueldad se limita esencialmente a nombres muy puntuales. Dicho esto, también el argumento de los episodios parece un poco más fácil de digerir. De alguna manera, todos ellos siguen una pauta común: hay un gran tema, el Gobierno hace lo suyo en relación al mismo, y el Periodismo también sigue el juego, o viceversa.

Este doble juego me parece lo que más chirría. Tal vez no tanto el aspecto político pero el periodístico me parece absurdo y desde luego que quien haya dado el visto bueno a la dinámica que siguen los reporteros no ha pisado una redacción seria en su vida. Quizá porque yo me muevo diariamente en una encuentro las situaciones de un absurdo color edulcorado, con arquetipos manidos hasta la extenuación y entrevistas tan ridículas que, incluso en un contexto de ficción como este, dan bastante penica. La cosa no irá a mejor a lo largo de la serie.

En las dependencias presidenciales, por su parte, las cosas son bastante más creíbles (quizá porque, a diferencia de lo anterior, no trabajo ahí dentro) y los personajes deben hacer malabarismos para defender sus posiciones, cultivar sus ambiciones y afilar los puñales, en una suerte de negociación continua con todos y por todo. Pero en general Nyborg, un personaje con un carisma indudable, recurre a un truco de prestidigitador, que es el parecer que cede en cosas y quiebra sus principios para acabar los episodios ofreciendo un giro hipotéticamente inesperado que acaba por hacer que (casi) siempre se salga con la suya. Extrapolando los temas, es como esa novela o película de investigación en la que el detective no pone de inicio todas sus cartas sobre la mesa y te planta un repoker cuando parece que está todo perdido.

Con estas premisas, y por sorprendente que parezca, la parte que más me interesó, al menos durante las dos primeras temporadas, fue precisamente la parte que aborda la vida privada de la primera ministra. Sobre todo porque la relación con su familia sí me parece extraordinariamente creíble y realista. Y tampoco es que me haya visto en la situación que se plantea, pero esa tensión entre los cónyuges, ese juego de concesiones de uno en favor de las ambiciones del otro, la franqueza con la que se hablan, la inteligencia con la que se argumentan, el humor peculiar que tienen y la química que se percibe es bastante interesante. Aunque eso sí: al final él me acaba cayendo como el culo.

Es poco para encumbrar la serie, ciertamente. No olvidemos que el leit motiv es la política y todo lo que ocurre en torno al parlamento danés. Y ahí también la producción va dando tumbos durante dos temporadas antes de la última partida de capítulos, en los que Nyborg tendrá que reinventarse tras un par de años de ausencia de primera línea y en la que se mezclan dramas varios que acaban por diluir el peso de la política como tema protagonista. Nunca deja de estar presente pero el tratamiento es más superficial que nunca.

En realidad, el poso que me deja Borgen es el de una serie normal, de bien, que se ve, que quizá tiene capítulos un pelín largos pero que, sobre todo, patinó un poco en los últimos capítulos. Tuvo mucho mérito presentar personajes tan potentes y carismáticos, si bien alguno que otro acaba casi siendo una caricatura de sí mismo. Es difícil de entender el giro que le dan a Kasper, asesor de la Primera Ministra, por ejemplo, al que si su rostro no fuera el de uno de los protagonistas de Juego de Tronos, no creo que le hubiéramos vuelto a ver el pelo tal como se pusieron las cosas. O por recurrir a otro viaje de guión bastante estrafalario, el de Katrine, la estrella de la tele que ni chicha ni limoná: solo poner caretos y dar tumbos de opinión y conciencia.

Al margen de Birgitte, el único que me cae bien al final, y quería mencionarlo, es Ulrik. Se trata del competitivo presentador de televisión que es una mezcla de flipado, egocéntrico y cabrón que, no obstante, se acaba destapando al final como un tipo con principios más sólidos de lo que uno esperaría. O dicho de otro modo, me gustó por ser capaz de hacer cosas nórdicas, como denunciar la dejadez del jefe, las injusticias en la redacción o criticar la toma de decisiones en la dirección de la cadena.

Son ejemplos de esta bruma que se instala sobre parte del elenco que uno no acaba de encajar del todo, como si no hubieran podido recurrir a otros actores. O el affaire en la redacción que se sacan de la manga los guionistas a cuento de nada y sin que aporte nada a la historia en la tercera temporada, solo para rellenar tiempo y aportar algo de un drama conyugal que ya no hubiera colado con ninguno de los personajes principales. En general, es como si siguieran ese patrón tan propio de series españolas que consiste en soltar a los personajes a ‘hacer cosas’.

Se puede decir que solo acabó faltando un capítulo musical que, afortunadamente, nos ahorramos. Aunque no cantemos victoria porque al parecer Netflix tiene en el horizonte una cuarta temporada para 2022, nada más y nada menos que nueve años después de darse por cerrada.

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