Nicolás Müller y la mirada comprometida

Una de las cosas que más me llamaron la atención de la sala fue el momento en el que el señor que se encargaba de la seguridad salió un momento para atender una llamada telefónica. Sin ánimo de meterme en la vida de nadie, ni mucho menos, pero amparado por el silencio que reina en estos sitios habitualmente, cualquiera podía oír parte de la conversación sin mucho esfuerzo. No me parece mal o poco ético reproducir parte de sus palabras, verán por qué.

Este hombre hablaba con su madre. Perdonen mi desconocimiento del negocio de la seguridad privada si lo que digo es una obviedad, pero parece claro que esta persona estaba en ese lugar porque le había tocado, de la misma manera que al día siguiente podía estar en cualquier otro lugar. Por eso describía el sitio y, no solo eso, lo que se podía ver dentro. Fue algo inesperado. Puede que los prejuicios sean una losa en ciertos momentos y situaciones pero me maravilló escuchar la diferencia entre quien solo está para cumplir su horario y quien sabe dónde está y qué guarda.

Porque durante este pecado de indiscreción que cometo, desvelo que este señor le contaba a su señora madre (a quien por las circunstancias imaginamos entrada en años) no sólo de qué iba la exposición sino qué se podía ver en ella e incluso, yendo más allá, datos biográficos del protagonista que recitaba de memoria, muestra de que se había leído los paneles y de verdad le había interesado.

¿Mérito de este señor, de la fotografía o del autor que, pongámosle nombre, es Nicolás Müller? Sea bajo la tutela o no de este profesional, la Sala El Águila de Madrid acoge estas semanas una muestra del fotógrafo de origen húngaro (Orosháza, 1913 – Llanes, 2000) pero afincado en nuestro país. Con el título de ‘La mirada comprometida’, asistimos a una presentación de más de 100 obras que recogen buena parte de su trayectoria.

Sus fotos no eran plenamente desconocidas pero sí que adolecían de un cierto olvido del que esta muestra es solo una manera de resarcir. Y lo hace a base de ofrecer tomas inéditas y otras en su formato original, toda vez que muchas de sus imágenes fueron publicadas en su momento pero modificando aspectos esenciales de la captura como el mismo reencuadre, que evidentemente dotaban a las fotografías de un significado diferente al inicial.

Es por eso que asistir a semejante ejercicio de documentación resulte absorbente. Y es que si ya la vida de Nicolás Müller tuvo mucho de pintoresco, de viajes voluntarios unos, forzado otros, de vida bajo dictaduras, de huidas y de sinsabores, en todas las plazas que pisó dejó constancia de la vida de a pie, de las rutinas y los quehaceres de las gentes con las que compartió aquellos momentos.

Es por eso que la muestra se titula de tal modo, ya que su mirada tenía una cierta querencia por la búsqueda de arquetipos sociales, de escenas laborales, de esforzadas poses en las que el sudor de la frente es tan esclarecedor como los mismos escenarios: agricultura, fábricas, puertos, bazares o comercios abrigan su catálogo de estampas en las que, de un modo u otro, lo que más trasciende es la geografía humana, más allá de las coordenadas.

Esos serán los rasgos comunes en cada etapa en la que se desglosa la exposición, dedicada a su estancia en cada país o territorio: su Hungría natal, Francia, Portugal, Marruecos o España, de cuya cámara es testigo de tres décadas que hablan de todo tipo de temas, desde paisajes, arquitectura o, por supuesto, el mundo del trabajo más rural y más apegado a la tradición.

En definitiva, una oportunidad única, acaso inesperada y siempre sorprendente de descubrir un punto de vista no tan conocido y que técnicamente podría ser perfectamente contemporáneo. De hecho, la mirada atenta a las impresiones sacan un gesto de asombro por la nitidez de las tomas, los gestos captados y la geometría y el movimiento que plasma cada vez que acciona el obturador. Son rasgos de una fotografía tan personal como comprometida y que ahora, décadas después, sigue impresionando con toda su fuerza, tanto a los que visiten la muestra como a los que la guardan (y a sus familiares).

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