‘El Palacio de la Luna’ y el puzle norcoreano

Hace muchos años, diez u once, por esas cosas del exhibicionismo digital al que te empujan en cierto modo las redes sociales, me dio por darme a conocer un poco mejor a quienes ya me conocían lo suficiente (paradojas) mediante una especie de álbum de recortes en Facebook que di en llamar algo así como ‘Puzle norcoreano‘. Y en aquella sucesión de elementos había un poco de todo, más o menos como en este cuaderno que llamo blog, pero con un enfoque algo más íntimo. A saber, mencionaba series que me habían gustado mucho, algún momento deportivo o gesto de especial emoción, un videojuego, algo de música y algún que otro libro que, en el momento en el que conformé aquel mosaico particular, aún resonaba en mi interior.

Creo que es obvio que debería traer aquella lista a estas páginas. Pero bueno, eso es otro tema… a lo que iba es a que el principal motivo que me empujó a echar la vista atrás en este momento es uno de aquellos libros: El Palacio de la Luna, de Paul Auster.

Es curiosa la manera en la que la memoria nos engaña una y otra vez y tergiversa y adapta y confunde y juega con uno. Escrito entonces, con fecha 2 de enero de 2009:

“Hace tanto que lo leí que bien me vendría una revisión. Aún así recuerdo la honda impresión que me transmitió el protagonista, encerrado en una soledad impuesta por la misma vida y que parecía multiplicarse en la enormidad de una gran ciudad. La luz de neón del Palacio de la Luna, tan cegadora como fría, apenas sirve para iluminar esas noches en las que la duda es la única compañera para abordar una existencia más o menos vacía que aún debe buscar su sentido, tal vez lejos de aquello que se tiene a mano.

Recuerdo igualmente a Kitty Wu, de la misma manera que siempre pensé a una persona muy especial para mí, con sus idas y venidas, con sus dobles sentidos y su mensaje más allá de lo evidente. Y siempre con ese don que solo posee la gente especial: dar vida, algo así como una chispa para poner todo en marcha”.

Hoy, en mayo de 2020, y apenas unas horas después de haberme acabado de nuevo la novela, cuesta mucho descifrar las palabras de mi yo del pasado. No, definitivamente aquello no era una reseña literaria como pretendía que fuera esta -aún no pierdo la esperanza de que lo sea-, pero la alusión sentimental se ha quedado anclada en una de esas leyendas personales que todos nos vamos construyendo con el paso del tiempo aunque tengan poca o nula repercusión en el presente.

Pero lo cierto es que el libro, si puede considerarse o resumirse en pocas líneas, deberían aludir, como hice entonces, a esos momentos que articulan una existencia. Instantes cruciales en los que se toca fondo y en los que el abismo se abre sin ofrecer una red en la que caer, llegado el caso. A veces la línea es tan fina…

Para el protagonista de El Palacio de la Luna la línea siempre estuvo en el horizonte. Pero sucedió que se dejó ir, básicamente. Que el pusilánime Marco Stanley Fogg -o M.S. Fogg, mejor- se abandonó cada vez que pudo, a sabiendas y casi asumiendo que cada obstáculo que la vida iba poniéndole delante era algo con el que no podría luchar y ante el que la única salida, le llevara donde le llevara, era rendirse.

Pero fue justo cada vez que tocaba fondo cuando afloraban sucesos casi milagrosos que lo reenganchaban nuevamente a la cordura y, por decirlo de manera breve, a la vida. El primer motivo para ello fue, ya se lo imaginarán, Kitty Wu. Una chica china con la que conecta de una manera fulgurante y arrolladora, que lo arrastra con su energía y le da una motivación para remontar y cambiar definitivamente las cosas que nunca había sentido hasta ese instante.

Ella es una de las grandes casualidades que, casi por arte de magia, se dan en la novela y que se entienden desde la mirada global a sus páginas porque, en el fondo, son su principal leit motiv y, lejos de molestar al lector, uno entiende que las cosas no podrían haber sido de otra manera.

Solo por este ardid del destino que traza Paul Auster para su personaje protagonista encuentra un trabajo al servicio de un anciano paralítico tan cascarrabias como hiriente. En principio, su labor es la de acompañar a este hombre en su día a día, pasear con él o leerle, ya que tampoco puede ver. Pero el señor Effing, como así se llama, tiene otro gran proyecto en mente para antes de su muerte: ‘usar’ al muchacho para que transcriba la historia de su vida.

De esa parte, que es casi una novela dentro de la misma novela, no recordaba nada previamente. Vagamente a medida que leía, pero lo cierto es que son páginas vívidas, en las que uno asiste atónito a la increíble historia del joven Effing pintor, su vida, su primera muerte y sus peripecias por los (aún) salvajes escenarios del Oeste americano antes de regresar a la civilización neoyorquina, ya con una personalidad muy diferente a la que tenía cuando inició ese viaje hacia una nueva existencia.

Había algo más: entregar estas páginas al hijo del anciano, a quien nunca reveló que no había muerto en aquella aventura. Ajeno a todo, esta tercera pata del banco de la historia entra en escena para asumir un rol que supone una explosión en la cara de los personajes del libro y, de paso, del lector incauto que, a esas alturas, estará tan metido en la historia que casi se puede considerar uno más en las andanzas de todos ellos.

Definitivamente, dudo mucho que hoy escribiera algo así. O sí, no lo sé. Creo que aquel análisis tan lejano se debe a dos factores; o a tres, mejor dicho: mi relativa juventud en aquel lejano 2009, para empezar, dada a magnificar los momentos. Eso me lleva al segundo, que es un cierto rasgo de identificación con Fogg; el tercero es, sin ninguna duda, el aura de Kitty Wu. De lo primero, es difícil que alguien no se sienta como él al sufrir un revés. Es verdad que este personaje lo lleva muy al extremo y su abandono es una actitud reprobable desde la comodidad de quien lo observa a cierta distancia.

Y respecto a Kitty Wu, a estas alturas -bastante antes de este momento, en realidad- creo que había más ganas de equiparar fantasía y realidad que de otra cosa. No obstante, quedándome solo con la ficción y hablando desde la proximidad de la lectura que en aquella ocasión no existía, la relación de amor entre ambos resulta envidiable. Y ella es un personaje que, en contra de lo que mi memoria me decía, tiene un relativo poco protagonismo. Es más una presencia en la mente, en la vida y en el fondo de Fogg que alguien que tenga muchas líneas en el guión. Pero tal vez por ello me vuelve a maravillar que, aún con eso, se muestre como alguien tan potente en cuanto a energía, calado y personalidad. De esa gente que no puedes olvidar aunque pasado el tiempo no sepas muy bien el porqué.

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