Podemos fabricarte. Y asumir tu locura

“Buena suerte, hijo de perra. Estoy seguro de que vas a salir de ésta. Supongo que tienes esquizofrenia. Es lo típico hoy en día”.

Las palabras están dichas de buen rollo aunque, así leídas, a palo seco, sea sencillo pensar lo contrario. Pero habrá que acostumbrarse al tono de esta novela, en la que proliferan estas frases que salen disparadas como proyectiles desde sus últimas páginas. Se llama Podemos fabricarte, de Philip K. Dick. En esta obra, publicada en 1972, el alma de ciencia-ficción de este prolífico escritor -y visionario- no es más que una excusa para hacer un alegato sobre la salud mental, su influencia en nosotros, la frivolidad con la que a veces se trata en círculos más amplios y sobre lo difícil que resulta, en ocasiones, hacer un diagnóstico certero y no digamos curar a los afectados.

Todos, en cierto modo, portamos una enfermedad mental. Es el mensaje que da el libro a fuerza de naturalizarlo en la trama de la novela como una verdad que habita con otras más convencionales. Que quede claro: no es un estigma, sino una condición asumida por la sociedad, publicitada por los medios y para cuya solución el Gobierno ha puesto todos los recursos a su alcance. Y no pasa nada: todos los personajes conocen a alguien más o menos cercano que haya estado en una clínica.

El asunto es que esto golpea o sale a relucir cuando menos lo espera uno y, en el caso de los protagonistas de la novela, en buena parte de la misma esta locura es casi un personaje más. El libro narra la historia de Louis Rosen, un hombre que trabaja en una empresa familiar dedicada a la fabricación órganos electrónicos de música. Tras unos comienzos muy prometedores, la firma ha quedado estancada y paralizada, lo que la coloca en situación de encarar los nuevos tiempos sin presentar más que un producto estrella que ha sido superado ampliamente por la competencia. Es decir, un futuro bastante comprometido.

Sin embargo, aún habrá una esperanza cuando de la fábrica de órganos salga un robot que replica casi a la perfección la figura, personalidad y temperamento de Edwin M. Stanton, una figura destacada durante la Guerra de Secesión de los Estados Unidos y la posterior reconstrucción de la nación. Ciertamente Stanton nos pilla bastante lejos a este lado del Atlántico pero su presencia está justificada porque los ideólogos de su alumbramiento creen que fabricar estos androides para recrear y conmemorar aquella guerra era una idea excepcional y que les haría millonarios.

Pero es ahí cuando la trama comenzará a enredarse, puesto que para poner en marcha y catapultar la idea toman contacto con un estrafalario empresario hecho a sí mismo, un visionario de esos que hoy podríamos reconocer como líderes de las más grandes compañías y que pasarían abiertamente por gurús. En ‘Podemos fabricarte‘ la ambición de tal personaje choca de frente con la estrechez de miras y la honradez del grupo que representa la marca de órganos.

Para completar el elenco, también hay otros dos personajes centrales en la narración. Uno es Pris, la joven hija de un compañero y amigo de Rosen, una mujer que ha pasado su completa adolescencia en una clínica tratando su esquizofrenia y que parece curada cuando la conocemos, aunque presa de obsesiones como decorar un baño con teselas de azulejo u ordenar enfermizamente todo lo que tenga a su alrededor.

El problema de cara a los demás, y sobre todo de cara a Rosen, que acabará perdidamente enamorado de ella, es que ofrece al mundo una personalidad más fría de lo que vemos en el robot Stanton o en el siguiente modelo, el Abraham Lincoln, el otro figurante que nos falta en esta reseña.

Reconozco que al acudir a este libro pensaba encontrarme con una historia de ciencia-ficción más o convencional y lo que hay es una narración mucho más humana que tiene a los robots como excusa. Realmente lo ucrónico en el libro es poco más: ellos y casi el que se pueda viajar a la luna casi desde cualquier aeropuerto.

Es algo más profundo, acaso filosófico. Hay robots y estos tienen un papel enorme. Pero en esta historia, sus actos revelan una humanidad que roza la trascendencia. Desde la honradez rígida, el carácter duro y áspero de Stanton hasta la infinita melancolía y sentido de la justicia con la que Lincoln se queda a veces pensando en tiempos mejores. A su alrededor, las páginas van desentrañando un ovillo en el que Rosen hace un camino desde el más vasto sentido común hasta la paranoia más acuciante, con el asombro, el acompañamiento y, exagerando los términos, con el amor por bandera.

Una década en el cajón

Esta novela del autor de ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?‘ (la historia que dio para la película Blade Runner). En realidad, ‘Podemos fabricarte‘ fue escrito al menos una década antes de que la gente pudiera leerlo, ya que el original estuvo en el cajón -rechazado por varios editores, por lo visto- antes de que se publicara por capítulos entre 1969 y 1970 en una revista de ciencia-ficción llamada Amazing Stories.

Aquella versión tenía algunos añadidos que fueron eliminados posteriormente cuando por fin se editó un libro, en 1972, con la historia original y el título que nos ocupa. Porque esa es otra: el nombre original del borrador fue ‘The First in Our Family’ (‘El primero en nuestra familia‘); de hecho, la versión que salió por entregas se llamaba ‘A. Lincoln Simulacrum‘ (‘Un simulacro de Lincoln‘).

Otro dato curioso es la portada. Traducido a muchos idiomas y editado en varias versiones, como vemos, lo cierto es que hay todo un catálogo de tapas a cual más molona y que sin duda son hijas de su tiempo. Desde luego, más inquietantes que la anodina primera página de la novela actual.

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