Mesías: ¿creer o no creer?

La churrería de series que es Netflix sigue en buena forma y sigue soltando producciones a un ritmo que nos sepulta, mes a mes, de capítulos y horas de metraje que convierten el visionado en un ejercicio rutinario, de usar y tirar. El turno esta vez es para un personaje muy especial, más que ningún otro de los que hayan pisado este terreno, al menos a priori: el mismísimo Mesías.

¿O no?

Cuestión de fe. El caso es que para todos aquellos que quieran ver para creer, este enigmático personaje que parece desafiar las leyes de la física y que avanza filosofando sobre el sentido de la vida, el destino del hombre y las más altas cuestiones éticas, el ‘elegido’ viene a significar la segunda venida divina. Así, al menos, le conocemos al comienzo de la serie, momento en el que, de profeta pasa a santurrón y de ahí, a líder de un grupo de palestinos que se planta en la misma frontera de Israel, dispuestos a pasar al otro lado. Va a ser que no.

Pero es en ese borde, con las armas apuntándole al gaznate, el hambre y la sed apretando y una cohorte de seguidores atendiendo ciegamente a todos sus movimientos, cuando el mundo empieza a girar el foco sobre él. Y con ello se activa una nueva serie que en ningún caso abandona el misticismo, pero que se adentra sin remilgos en una trama paralela de espionaje y contraespionaje en la que el presunto mesías es el trofeo máximo.

Tal es así que, si bien las intenciones del personaje se mantienen como un misterio, su aparición ‘de la nada’ en Estados Unidos le da una nueva dimensión al asunto porque el guión sigue añadiendo capas de complejidad a los episodios. Aparecen nuevos personajes secundarios, quizá los mejores, ese pastor texano que uno nunca sabe si es idiota, si busca extender su fe o un enriquecimiento o fama que no le corresponde, por mucho que se sienta tocado por este ídolo.

Su mujer, por ejemplo, es de largo el personaje más crítico, ácido y escéptico con este mesías, al que le afea su ambigüedad y el cómo se aproveche de la inocencia del resto para conseguir ¿qué? Pues ese ‘qué’ alcanzará incluso para entrevistarse con el mismísimo presidente de Estados Unidos. Lo que se digan, ya…

La trama es ingeniosa y sabe cautivar al espectador dejándole en la duda continua del quién es de verdad este personaje. Porque si hay momentos de milagrería inexplicable, en otros pasajes se le presenta como un mago que domina el ilusionismo al más alto nivel. Y entre medias, la CIA y el servicio secreto israelí tirándose los trastos para desenmascarar las conexiones que hay detrás del enigmático protagonista de la serie.

Al final parece que se iba a aclarar todo pero la vuelta de tuerca de las últimas escenas de la temporada vuelven a poner todo del revés. ¿Creer o no creer? Cuestión de fe.

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