Una exposición a lo grande: Eamonn Doyle

Curioso el caso de la exposición de Eamonn Doyle. Es el nombre cuyo trabajo llena la sala Bárbara de Braganza de la Fundación Mapfre estos días. Y es un hito, ciertamente, que debe tomarse muy poco a la ligera: su fotografía contundente golpea tan pronto uno pone el pie en el lugar, con imágenes impresas a tamaño tal que las paredes se convierten en marco y, más aún, casi en el motivo expositivo.

He de decir que la muestra no me ha convencido del todo. Uno reconoce, admira y envidia el talento de los fotógrafos a los que va ‘asistiendo’ gracias a entidades como esta fundación. Sin embargo, y aún recurriendo a la paradoja, he de decir que no me ha llenado y que, si bien el tamaño de las obras permite casi meterse dentro de las escenas, me ha sobrepasado y casi prefiero contemplar las estampas en el catálogo de la exposición.

El tamaño es lo más obvio pero ciertamente hay otro dato que no ayudó mucho a meterme en situación: la contemporaneidad de lo expuesto, tomas que podrían de haber sido ayer mismo. Son tomas duras, realmente, que pegan. Eso sí es de alabar. Que poseen una fuerza y una contundencia magnificada por el tamaño y, según la serie, por el color que desprenden los cuadros.

Empezando por el grupo que da la bienvenida al visitante, que ofrecen una ventana abierta a un macrocosmos que parece confluir en Dublín. En realidad, y por muy polifacético que es Doyle, al final parece muy arraigado en su interior la querencia por retornar a su entorno más próximo para reflejar todo lo aprendido y vivido en sus años de actividades más allá de la fotografía.

Su semblanza le coloca como estudioso de la pintura, amante -y profesional- de la música y viajero empedernido, pero ni siquiera todas sus ‘horas de vuelo’ alrededor del planeta le sacan de las calles de su barrio como elemento inspirador, aunque con matices y salvedades.

De Doyle se ensalza su llamada ‘Trilogía de Dublín’. Es fotografía callejera, de tipos y de escenas, que se gesta en tres capítulos que responden a los títulos de ‘i‘, ‘ON‘ y ‘End‘. Lo que transmiten estas tomas es paradoja pura. Por un lado, en escenas de gente mayor aisladas del resto de la existencia por medio de un saturadísimo color que parece señalarlas y de encuadres casi picados, que encima las empequeñece. Es fácil que el fotógrafo te pueda caer mal en este punto.

El resto son más usuales en los temas, con blancos y negros dramáticos en los que los rostros y los gestos quedan congelados con cierta agresividad. Inevitable no pensar en películas de mafiosos irlandeses viendo algunas de sus imágenes más icónicas. Cuidado con el por dónde te metes, parecen advertir.

El otro gran tema de la exposición es el viento. Es protagonista en la serie llamada ‘K‘, en la que se aparta absolutamente del realismo urbano para ubicar la cámara en parajes irreconocibles la mayor parte de las veces, en los que una modelo oculta por un manto parece querer fundirse con el paisaje. De interés tiene el sentido y la simbología pero también el acompañamiento musical, firmado también por el artista, y que contextualiza esta parte de la obra expuesta.

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