Francisco Ontañón, el fotógrafo de todo

Reportajes, revistas, periódicos, portadas de libros, de discos, foto de calle, retratos, tomas de fauna… la fotografía es esa actividad que, si uno lleva dentro, le acompaña durante toda la vida sea cual sea el contexto. Tal cosa ocurre a nivel de aficionado, así que cómo no con alguien con talento y que hace de ello no solo su profesión sino su lugar de referencia en el imaginario colectivo. Es el caso de Francisco Ontañón (Barcelona, 1930 – Madrid, 2008), en torno al cual gira la retrospectiva otoñal de la Sala Canal de Isabel II.

Ontañón puede ser uno de los fotógrafos más paradójicamente desconocidos. Y decimos esto porque seguro que muchos en cuya memoria haya acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX habrá imágenes tomadas por esta figura que recordarán o que sin duda han visto y que no tendrán ni idea de quién estaba detrás. La muestra sirve para paliar este desconocimiento, al menos entre el público general.

Realmente, ya que mencionábamos lo de los aficionados, mucho de ello hay en los primeros pasos de este hombre. Imaginen: 50 años de profesión, toda una vida como fotógrafo que comienza con lo que más cercano que tenemos: el entorno próximo, el barrio, la familia, los lugares que frecuenta, que conoce y de los que sin duda ya aquellos primeros negativos dan fe de una visión tan personal como la de cualquiera.

De esa primera época vemos la Barcelona de posguerra, con esa mezcolanza de escenas costumbristas que denotan una España deprimida pero tan vital que casi traspasan el papel, aún con todo por hacer. Ese talento le lleva pronto a tomar contacto con círculos profesionales que impulsan su nombre y amplían sus horizontes. Por un parte, en lo puramente laboral, ya que pasa a formar parte de la plantilla de la agencia Europa Press, con la que tiene acceso a muchos eventos y hechos históricos.

Pero, sobre todo y muy en relación con lo otro, porque poco a poco cimenta su técnica y va explorando nuevas vías en su trabajo que le llevarán, a lo largo de toda su carrera, a colocar sus imágenes en las revistas ilustradas más importantes de la época –Ama, La Actualidad Española o, posteriormente, El País Semanal-. Son fotos que están apegadas o no a la actualidad, ya que bien podía retratar la vida en lo que ahora viene en llamarse ‘La España vaciada‘, bien se metía en la habitación de un torero. Absolutamente poliédrico.

En ellas cumple el sueño del fotoperiodista: documentar la realidad que subyace en ambientes y transmitir ese conocimiento, esas historias, en sucesiones de imágenes que aún hoy maravillan e hipnotizan. Además, en la exposición de la sala Canal pueden verse tanto los originales de las tomas como su reflejo en los números que salieron a la venta. Una ocasión perfecta y no siempre al alcance del espectador para ver la obra en su contexto, para estudiar los retoques, reencuadres, etc.

Explican en las leyendas de la muestra cómo la paulatina pérdida de protagonismo de este tipo de prensa fue motivando que el fotógrafo se abriera a nuevos trabajos. Uno también tiene que comer, obviamente. Y por ello Ontañón ejerce una labor que uno podría considerar casi increíble de una figura de tanto renombre: las imágenes de las portadas de libros, por ejemplo. Quién no ha tenido en sus manos algún ejemplar de la colección El Libro de Bolsillo de Alianza Editorial. Pues seguramente, y a pesar de la abstracción de muchas de sus tapas, la imagen que está detrás, la original, la base, fue tomada por Francisco Ontañón. En la exhibición se pueden ver bastantes de ellas.

En la misma línea sorprendente están los libros de turismo. Esos que venían a ser el internet de finales del siglo XX, donde la gente empezaba a soñar con destinos “de foto”. Claro, con truco, si detrás estaba él. O portadas de los discos de muchos de los cantantes más famosos que tuvo la España de esa época: Karina, Las Grecas, Miguel Ríos o Raphael, por poner algunos ejemplos.

Incluso, en una parte aún más específica, hay algún ejemplo de fotografía de animales salvajes, que quedaron para la posteridad en libros en los que su trabajo como cámara complementaba los conocimientos en la materia de Félix Rodríguez de la Fuente.

Con semejante currículo, queda hasta normal lo que en su momento tampoco lo era tanto: los fotolibros sobre temas concretos que perseguía durante sus viajes: Vivir en Madrid o El libro de la caza menor, por ejemplo, compendio este donde uno de sus ‘modelos’ es Miguel Delibes.

Como suele suceder en las exposiciones que organiza esta sala, la muestra se acompaña de un documental a través del cual se perfila la personalidad y la figura del protagonista. En este caso es tan interesante como siempre. Lo pueden ver a continuación:

Al margen del vídeo, en los paneles también contemplamos píldoras del mismo autor en las que expresa algunos puntos de su filosofía fotográfica. Quisiera destacar dos citas que me llamaron especialmente la atención porque, por encima de todo, ensalza la foto como un elemento de utilidad frente a lo estrictamente artístico:

“Me molesta los que rompen el negativo y venden su única copia, pues la imagen fotográfica es precisamente para todo lo contrario”.

“No creo en obra fotográfica que esté realizada con tijeras y pegamento (como dice mi amigo Maspons). Sí creo en el grafista que se vale de ello”.

El instinto, la técnica y la polivalencia. El fotógrafo. Baste para finalizar esta breve reseña la imagen que cierra una de sus crónicas fotográficas: la visita del cantante Paul Anka a Madrid, en 1962. Ejemplo del ojo fotográfico. En el pie de la imagen que ven a continuación, el redactor escribe esto: “Paul Anka, cumplida su misión, volaba hacia Roma. La pesadilla de su estancia alborotada se esfumaba ya entre nubes de recuerdos. En la calle, ajena a todos y a todo, sorprendió a esta inocente chiquilla con un cartel del cantante en la mano. Hizo la foto y siguió andando. “¡Qué buena foto -nos dijo- para un final de reportaje!”. Y aquí está. Es el punto final. Sin alborotos”.

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