Muerte con pingüino: sálvese quien pueda

No quisiera cometer el error de ensalzar el periodismo -o, por extensión, la escritura- como la profesión en la que más importante es hacer kilómetros de rodaje cueste lo que cueste. Frente a las aspiraciones de escribir artículos de premios u obras literarias que pasen a la posteridad surgen, especialmente en los inicios, oportunidades de fogueo inesperadas con las que abrir los ojos a la realidad. Y tal vez, desencantarse.

Pongamos que Viktor Zolotaryov, el protagonista de Muerte con pingüino (del ruso Andrei Kurkov), ya está curtidito y desanimado pero, en su caso, a lo que no llega es a gozar de la inspiración o el talento suficientes como para poder decir con total propiedad que es escritor, que es lo que él quisiera realmente. Muy al contrario, se gana la vida con una especialidad en la que jamás hubiera reparado: la elaboración de obituarios ‘preventivos’ o, por respetar la textualidad del libro, “estelas”. En argot periodístico, tener “nevera”.

Por contextualizar, maticemos que Viktor vive en un modesto apartamento de la Kiev capital de la recién creada Ucrania tras la desintegración de la URSS, tiempo después de una relación fallida y con la única compañía de un pingüino -sí, han leído bien- que responde al nombre de Misha y que, a diferencia de lo que presumimos en los documentales de La2, se muestra bastante taciturno y hasta podríamos decir que directamente depresivo.

Así pues, no parece mala idea del todo acomodarse en ese trabajo que consiste en crear textos aparentemente blancos sobre todo tipo de personalidades del país: dinero fácil con el que paliar una precaria situación con una labor que pronto dominará a la perfección.

No obstante, si han retenido en su cabeza el título de la obra, Muerte con pingüino, ya podrían estar esperando que en algún momento de la sinopsis aludamos a algún tipo de complicación en la trama que nos lleve a cumplir los malos augurios.

Y en efecto, Viktor no sabe hasta qué punto su deseo de vivir lo más tranquilo posible se verá alterado por un detalle que descubre de forma casual pero que será la puerta que abra a su vida todo tipo de situaciones surrealistas: el hecho de que cada “estela” que escribe se corresponde con la de un personaje que morirá poco después, casi como si le estuviera señalando de alguna manera.

Este periplo vital resulta intrigante. La vorágine de sucesos que convertirán al escritor fracasado en una especie de parca literaria es un viaje absorbente, que en poco más de 200 páginas -el libro da para un par de tardes- da buena cuenta de una historia tejida en torno a un contexto en el que el lector, por una vez, parece saber o intuir, al menos, más que el protagonista.

Y es que Viktor es un personaje transparente en muchos aspectos, con el que podría resultar sencillo identificarse en muchas de las decisiones y vivencias que atraviesa. Él es consciente poco a poco de lo que suponen sus pasos e incluso, bien avanzada la novela, lanza alguna que otra píldora filosófica acerca de cómo la vida nos ofrece caminos diferentes que ineludiblemente nos llevarán a un punto en común: la muerte.

Y es que la muerte, precisamente, es algo que sobrevuela cada capítulo. Por su labor profesional, por sus amistades, por sus experiencias… se percibe un cierto ensañamiento del autor para que su protagonista no espere de la vida más que un carpe diem a la ucraniana: más gris, anodino, y en el que lo mejor que le puede pasar es, precisamente, que no pase nada. Pero, como era de esperar, pasarán cosas. Y tal vez las más crueles tengan que ver con su ignorancia del tapete en el que se dewsarrolla su vida, que es solo una apuesta más, incontrolable. Con el valor añadido de tener un pingüino cerca, eso sí.

Contribuye a la profundidad del libro la galería de personajes que acompañan la lectura. Pocos flojean en la réplica al principal, algo esperable dada la cierta carencia de sangre del escritor de “estelas”. Pero aunque el concurso de la mayoría sea breve y a veces, hasta anecdótico, están muy bien construidos y dejan huella en la medida en la que entendemos su ‘agenda oculta’ en la trama. Todo ayuda a situar a cada cual en su sitio y valorar aún más el final inesperado que nos está esperando antes del punto final.

Andrei Kurkov, en el salón del libro de París 2010 | Foto: Georges Seguin (Okki)

Muerte con pingüino se editó en castellano por última vez en 2018; anteriormente, con otra editorial, también salió a la venta en 2001, aunque con el nombre de Picnic en el hielo. Sin embargo, la obra vio la luz en 1996, tiempo suficiente como para que su autor, Andrei Kurkov (San Petersburgo, 1961) haya hablado largo y tendido de la misma gracias a su éxito. Y muchas veces habrá tenido que responder y reflexionar sobre algunos de los temas que, por el contexto en el que se sitúa, parece que habita en el trasfondo de la historia de Viktor.

Se habla de un personaje amoral, que se va amoldando a la falta de escrúpulos a medida que la vida le empuja a ello, más cuando el resto de personajes parece habitar sin remordimientos en esta zona de cruda realidad. Ello traza de alguna manera también un camino hacia el individualismo y la percepción de riesgo e inseguridad que ello conlleva tras la caída de la Unión Soviética y la sensación de pertenencia, de solidez en la colectividad. Algo de eso hay, sin duda, en el desarrollo personal del protagonista y del cómo se enfrenta a los sucesos en los que se ve como inoportuno actor.

Kurkov es un autor de relativo éxito internacional que mayormente -y así reza en las wikipedias de turno- es conocido como autor infantil, algo que sorprende si el primer acercamiento a su obra es con estas aventuras de Viktor y Misha. No obstante, en su catálogo también hay libros que tocan con esa particular dosis de humor negro y realidad dolorosa, siguiendo por la secuela de Muerte con pingüino, que se publicó en 2005: Penguin Lost (Pingüino perdido), aún por traducirse en nuestro idioma.

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