Ciencia y filosofía se dan la mano: ‘La historia de tu vida’, de Ted Chiang

Poco prolífico en cuanto a textos y bibliografías, el talento de Ted Chiang (Nueva York, 1967), no obstante, trasciende la cantidad para ofrecer una ciencia ficción de calidad en la que las pulsiones humanas, los debates éticos y morales, y los tintes filosóficos se desarrollan de acuerdo con premisas inquietantes, complejas y originalísimas. De alguna manera, Chiang ofrece una prosa que trabaja en nuestra mente como un caballo de Troya, introduciendo ideas y conceptos que se solapan con nuestros sistemas de conocimiento para ubicarnos en realidades muchas de ellas tan alternativas como confusas. Y que sí, nos dejan con un poso amargo, descorazonador o simplemente de pura expectación. Qué es, si no, la mejor literatura.

Obviamente, los relatos incluidos en La historia de tu vida no son para todos los públicos —como todo el género en sí mismo, por otra parte—, pero si algo bueno tienen para el público en general es que su estilo es preciso, bien desarrollado, poco incidente en tecnicismos innecesarios y suficientemente descriptivo allí donde presenta algo que sale directamente de su imaginación.

Es el caso, por ejemplo, de lo que sucede en La historia de tu vida, el relato que da título al compendio y que puede ser el más apegado a los cánones del género de todos cuantos hay. De hecho, leo en la misma contraportada que hay una película sobre ello, La llegada, cuyo tráiler, permítanme decirlo, parece que destroza el argumento del escritor norteamericano. Pero ese es otro tema.

Este cuento narra el trabajo de una lingüista que enfrenta el reto mayúsculo de convertirse en vehículo de comunicación con una civilización extraterrestre que ha ‘posado’ naves por todo el planeta. Los retos que plantea esta labor, los rompecabezas intrínsecos al puzle de intuir y desgranar, en la medida de lo posible, cómo interpretar lo que nos quieren decir estos visitantes o cómo hacernos entender, son algo que la obsesiona.

Chiang desarrolla a partir de ahí un relato en el que se van entretejiendo retazos de los recuerdos de la protagonista en forma de carta a una hija fallecida. Expresado así, puede parecer un batiburrillo un tanto estrafalario, pero la narración se conduce muy bien, funciona, y lejos de lo que nos parece ofrecer la película, tiene un final mucho más realista y abierto, que va en la línea de dejarnos con la mosca detrás de la oreja al cerrar el libro.

Por orden de aparición, La torre de Babel es el primer relato. En este caso, Chiang nos sitúa en plena construcción, se supone, de la torre de Babel, un edificio tan alto que toca la bóveda celeste y pretende, de hecho, horadarla. Porque sí, el cielo tiene un límite físico y tangible, ya no tanto inalcanzable, pero con el misterio de saber qué habrá detrás. Para ello, recluta a un equipo de mineros ultraespecializados sobre los que la narración va a girar: conoceremos sus miedos, sus esperanzas y sus sensaciones a medida que ganan metros hasta su lugar de trabajo. Angustia y vértigo a partes iguales.

De Dividido entre cero tengo que reconocer que no tengo mucho que decir. Me pasó sin pena ni gloria. Y, aun reconociendo el esfuerzo en situar las matemáticas como eje principal, un tema que personalmente me apasiona, no acabó de entrarme. Una premisa interesante, pero que me dejó frío porque la estructura tan compartimentada no acabó de encajarme y porque no empaticé del todo, en el momento de su lectura, con las implicaciones personales que tiene el asunto.

Setenta y dos letras da un giro muy peculiar al tema de los golem judíos, por un lado, y por la idea-teoría de que los organismos viven de forma latente dentro de los padres antes de convertirse en seres autónomos. Ambas ideas, apunta Chiang en la parte final de comentarios, se aúnan en la génesis de un relato que presenta una sociedad en la que los autómatas son algo así como figurillas de arcilla que se animan solo con el acto de adherirles un nombre, que a su vez tiene asociada una misión en la vida.

Más o menos simple, más o menos útil para el resto de la sociedad, hay que entenderlos como una suerte de robots orgánicos a los que mueve la ciencia de la nomenclatura, de la que el protagonista es una promesa. Sucede, no obstante, que su visión idealista de la sociedad se topa de frente con los intereses más subrepticios de gente sin escrúpulos y, de paso, con una humanidad cuya capacidad de reproducción parece cada vez más en entredicho.

Comprende es el relato más antiguo de los que aparecen en la selección. Y, como sucederá con el que cierra el libro, presenta situaciones distópicas acerca de las capacidades humanas y de cómo la ciencia puede ampliar o, al menos, modificar de alguna manera la forma que tenemos de percibir las cosas o de pensar. Todo gira en torno a la llamada ‘hormona K’, una sustancia que obra el milagro de recuperar las capacidades en personas con daño notorio en su sistema neuronal o nervioso.

Pero más allá de este milagroso beneficio, los efectos secundarios también son memorables: la sustancia es capaz de aumentar las capacidades de estas personas de manera proporcional al daño previo que tuvieran. Y, como el protagonista de este relato partía de una situación casi vegetal, la hormona K lo convierte en poco menos que un superhombre a todos los niveles, especialmente en cuanto a inteligencia.

La situación genera una trama en la que el planteamiento inicial de ciencia ficción se mezcla con una dinámica de puro thriller, con persecuciones, giros de guion con el ejército, la CIA y otros. Entretenido, aunque con un desarrollo que hace pensar qué hubiera ocurrido si el autor hubiera decidido tomar otro rumbo en la narración.

Completan la obra otros tres relatos. Uno, La evolución de la ciencia humana, tiene un carácter más próximo al ensayo. Versa sobre cómo la ciencia y el conocimiento humano han cambiado con el tiempo y cómo, a partir de pequeñas decisiones de personas individuales, pueden obtenerse cambios profundos en esta concepción.

Los otros dos difieren mucho en temática, pero tienen en común esa querencia del autor por reflexionar sobre los grandes temas de la humanidad. El infierno es la ausencia de Dios, por ejemplo, saca a la palestra la religión como objeto de debate: la fe y la existencia de un ente supremo. En este caso, a través de un personaje que asiste a cómo el mundo es pasto de milagros y tragedias arbitrarios sin que las divinidades hagan nada. De hecho, el protagonista comienza a cavilar sobre todo esto a raíz de un ataque de ángeles en el que fallece su propia esposa.

La percepción social, la aceptación personal y la superficialidad a la que invita el contexto global mueven los engranajes del relato ¿Te gusta lo que ves?, en el que la disrupción llega de la mano de una tecnología capaz de modificar digitalmente cómo nos ven los demás. Un invento perverso que tiene mucho que ver con la autoestima, la identidad y la autenticidad.

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