
¿Puede una serie sobre un asesino sin escrúpulos quedarse en la memoria como un alegato de humanidad? Este mérito es lo que subyace a una de las sorpresas más recientes que Filmin ha incluido en su catálogo, ‘El quinto mandamiento’ (The Sixth Commandment). Se trata de una producción británica, de la BBC, que en apenas cuatro ratos presenta un ejercicio de contención, sensibilidad y minuciosidad tan inesperado como absorbente.
Es un enfoque diferencial dentro de un género del que estamos bastante saturados pero que, indudablemente, funciona muy bien en términos de audiencia. Pero el tema es que cada vez se busca una mayor espectacularidad, una mayor truculencia y giros más imprevisibles para que el espectador se quede enganchado. La duración de muchas de esas producciones, generalmente, juegan en contra pero es tal la profusión de productos similares que alguno, por fuerza, tiene que prosperar. Ejemplos hay mil.

Acudir de primeras a ‘El quinto mandamiento’ sin saber nada de antemano responde un poco a la curiosidad de ver cómo en tan poco tiempo se resuelve todo este crimen. No obstante, el planteamiento huye de la sangre fácil y del morbo y se centra en hacer una narración muy cercana de las andanzas de Ben Field (Éanna Hardwicke), un chico bien, religioso, educado y encantador que, sin embargo, se descubre como un monstruo que trata de seducir a personas mayores solas para ganarse su hueco en la herencia. Y a partir de ahí, ‘acelerar’ el cobro.

La serie no ofrece ni un gramo de violencia física, no fuerza nada, se ampara en hechos más naturales en cierto modo porque, si pensamos realmente la tragedia que hay detrás, convendrán que en este tipo de situaciones afloran la manipulación, la luz de gas y la falta de escrúpulos para sacar partido de la vulnerabilidad del otro, y de la forma más cruel, además.
En eso sí que la serie es pródiga pero el tratamiento se percibe como algo inevitable en lo que no hay recreo sino una manera de presentar las cosas. El saber de antemano quién es quién es una ventaja y, al mismo tiempo, un paradójico enfoque para atender a todo lo que hace Ben esperando pillarle en un renuncio ante tanta educación y atenciones al otro. Sospecharemos, claro; acertaremos, claro; pero quien espere a un monstruo descerebrado pinchará en hueso: uno puede llegar a entender que estos ancianos caigan en la trampa.

Al margen de los hechos y de la forma de presentarlos, si la serie se ha ganado la consideración de una de las mejores de los últimos tiempos es principalmente por las interpretaciones de todos los personajes. De memoria digo que no hay ninguno cuya interpretación no sea perfecta para lo que se le pide y las situaciones que atraviesa. Desde la suficiencia y la condescendencia de Ben, sus víctimas Peter Farquhar (interpretado por Timothy Spall) y Ann Moore-Martin (Anne Reid) o los secundarios que le dan un lustre excepcional al elenco.
Me gusta, además, el cómo esa pequeña historia acaba trascendiendo hasta ser un asunto casi colectivo por parte de las familias de los afectados. De hecho, si he de destacar un papel es el de Ann-Marie, la sobrina de la segunda víctima que es, en parte, el alma de que el devenir de los acontecimientos sea el que es. Se trata de un personaje aún más magnético que el resto pero que por la naturalidad de sus reacciones te pone los pelos de punta, desde los volcánicos ladridos a su marido cada vez que éste se le acerca, la preocupación desmedida por olerse lo que sucedía o todo lo que vive en torno al juicio y la sentencia.

Si hay que criticar algo de la serie, aunque sean aspectos menores dado su planteamiento, es la velocidad con la que se suceden los acontecimientos en los dos primeros episodios, sobre todo en el primero. Ahí conocemos a Ben y a Peter, su primera víctima, y aunque el punto de partida ya lo conocemos (se publicita de hecho en la descripción de la serie), abruma un poco la celeridad con la que ambos van profundizando en su relación: conocemos a Ben como un alumno de Peter y, sin casi solución de continuidad asistimos en apenas minutos a su -casi- matrimonio y al fallecimiento del segundo. Es una elipsis continua cuyo ritmo es frenético y aunque es obvio que está al servicio del conjunto, tal vez formalmente no acabe de estar del todo bien resuelta. Personalmente es lo único que me ha chirriado de la serie y un motivo que, de hecho, me hizo dudar sobre si seguir o no tras la primera hora.

Hubiera sido un error abandonar porque todo lo que viene después es pura tensión emocional. Da igual que pudiéramos conocer el final: es la manera en la que se desarrolla todo, la forma en la que todos interactúan y el cómo se acaba cerrando todo lo que te deja con una sensación de haber visto algo que, por breve, es dos veces bueno.
Por último, una curiosidad que personalmente no conocía y que tiene que ver con el título. En España se ha traducido como ‘El quinto mandamiento’, si bien el original en inglés es ‘The Sixth Commandment’.
Esta discrepancia en el número viene explicada, según aclaró la propia plataforma en X, porque el mandamiento al que se refiere, ‘No matarás’, tiene una numeración diferente para católicos y protestantes. El caso es no hacerlo, vaya.
