Misa a Medianoche, crónica de un fanatismo sobrenatural

La fe y el fanatismo con frecuencia han florecido juntas en muchas épocas de la historia. Y aunque la barbarie que muchas veces ha traído consigo este maridaje de religión y sangre, podemos pensar que tal relación sea cosa del pasado. No obstante, hay pequeñas comunidades que diríamos ‘cerradas’ en las que los preceptos religiosos de uno u otro signo dominan la vida cotidiana. ‘Misa a medianoche’, una mini serie de Netflix que se vende como una producción de terror y suspense, ahonda en algunos de los grandes tópicos que surgen de este contexto y los lleva, licencias fantásticas mediante, a un nuevo nivel.

Y es que, por muy lejos que nos pueda quedar, de vez en cuando nos llega alguna producción audiovisual que se ubica en esas comunidades de Estados Unidos en las que cuesta creer que la autoridad religiosa (y por extensión, la Iglesia del lugar) tengan tanta influencia. Este ambiente más o menos opresivo es casi una atmósfera que sale de la pantalla en esta pequeña serie. Ese es el primero de los méritos que encontramos aquí porque, para el espectador, es una forma más gráfica aún que los datos con los que se van esbozando el escenario, a saber: una isla, apenas 150 habitantes, despoblación y aislamiento casi absolutos, olvido, un paro atroz…

Eso son los datos ‘objetivos’. A partir de aquí algo de descripción, opinión, sensaciones y algún que otro destripamiento de argumento. No mucho, pero conviene avisar de estas cosas así que seamos legales.

A lo largo de los siete capítulos iremos conociendo algunos de los dramas personales que aderezan este escenario tan áspero pero ya es hora de que la introducción desemboque en el absoluto protagonista de ‘Misa a Medianoche’: el Padre Paul (Hamish Linklater) un enérgico y dinámico sacerdote que se hace cargo de la iglesia de la comunidad tras la enfermedad del párroco de toda la vida.

Esto, que podría ser una anécdota, causa una inmensa conmoción en el lugar, dado que la gran mayoría encuentra en la fe el nexo que les une y en el anciano religioso una figura de referencia cuya ausencia les provoca cierta orfandad. Pero es difícil resistirse ante la novedad, dado que el joven cura se implica, se preocupa por todos y parece que su entusiasmo -y su labia- no tienen fin. Pero lo que más va a llamar la atención de todos, incluso de los más incrédulos, es que de repente empiezan a obrarse milagros ante los ojos de todos.

El primero de ellos es el punto de partida de una espiral en la que lo que hasta ese momento era una gran espera para ver en qué momento se precipitarían las cosas. Y cuando lo hace, ya no habrá vuelta atrás. Por una parte, por la paulatina transformación del personaje protagonista, que va desvelando no solo el misterio que subyace en su presencia, en el misterio que mantiene sobre el estado de salud de su predecesor y, sobre todo, por las circunstancias que le mueven a disponer las cosas como lo hace, como siguiendo un plan que conduce ¿a qué?

Y en ese tránsito es como será fácil quedarnos absortos ante la pantalla, como anestesiados por esa quietud dramática que va desde la fotografía minimalista de la imagen, las historias de los vecinos y las conversaciones plenas de pesadumbre que trazan la desesperanza generalizada. Y especialmente las del otro personaje capital de la obra, Riley (Zach Gilford), una especie de hijo pródigo que toca techo fuera de la isla pero que, tras provocar un accidente mortal mientras conducía borracho, regresa a su lugar de origen tras unos años en la cárcel. Y en este viaje personal no solo pierde el dinero y la gloria sino la fe, la energía y las ganas de vivir.

De cara al argumento, su papel es necesario porque será el personaje que con mayor énfasis combata no solo la fe habitual de sus convecinos sino el renovado fervor religioso que ha traído el nuevo cura. Esa desconfianza, que apenas logrará inocular, y no sin esfuerzo y sacrificios, en otros personajes cercanos, resultará decisiva para su porvenir en la producción.

Completa el trío principal del cartel Bev Keane (Samantha Sloyan), una auténtica hij… devota tan repelente como manipuladora cuyo papel en la historia podría ser únicamente el de generar mal rollo allá donde mete las narices. Sin embargo, es un ser que controla la comunidad desde su posición de ¿ayudante, asistente? del religioso de turno. Algo así como una secretaria vitaminada con lengua viperina y una maldad intrínseca.

Sucede, no obstante, que esta Bev va comiéndose no solo al resto de personajes sino toda la serie. Es verdad que todo gira en torno al cura pero, a nivel interpretativo y de guión, y aunque el Padre Paul va in crescendo, esta mujer siempre se guarda para sí algún instante en el que te deja descolocado de pura maldad. De hecho, se puede decir sin miedo a equivocarse que, mientras el sacerdote casi desaparece de la pantalla en los momentos decisivos, por mucho que haya un ángel-monstruo pululando por ahí, es ella el personaje capital en el desenlace de la obra.

Mencionamos al ángel-monstruo pero, ¿a qué nos referimos? La clave está precisamente en la historia del párroco ausente y de su rocambolesca historia. Resulta que, ante una demencia incipiente, la comunidad le costea el que fue su gran deseo, visitar Jerusalén. Pero mira por donde, se desorienta, se pierde en el desierto y acaba en una cueva moribundo, en la que -mira por dónde- habita un ángel-vampiro que le convierte… y le rejuvenece.

Un cura nuevo llega a la comunidad. Así empieza la cosa. Y en su maleta se trae un poder que no comprende sino poco a poco, milagros, un poco de locura y un vampiro en la maleta. Paulatinamente el pueblo se va contagiando-convirtiendo en una gran bacanal de sangre en la que unos comen y otros son comidos. Y en la que la dinámica de locura iniciada por Bev en última instancia acaba por colocar la losa sobre la isla y, de paso, sobre esta ‘Misa a Medianoche’.

Seguramente te maraville hasta mediada la serie, con ese ritmo tan de que algo está por pasar y cuando pasa siempre es inesperado y te deja con la boca abierta, aunque sean los sustos más tontos. Pero que al final le pueden los excesos y arrastra la nota del conjunto.

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