Orphan Black. Adiós, Sestra, adiós

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Las lágrimas corren por mis mejillas tras ver el último capítulo de Orphan Black. Y es que después de ver una cuarta temporada que fue un homenaje a Góngora por aquello de lo enrevesado y una quinta que me aburrió soberanamente al comienzo, los adrenalíticos cuatro episodios que cierran la serie son suficientes para que el recuerdo de la misma acabe siendo más que favorable.

Vayamos por partes. Orphan Black es una producción canadiense que empecé a ver casi por casualidad pero que me ha tenido enganchado desde el comienzo. Es verdad que no descubre nada pero al menos el argumento presentaba una originalidad de las que otras carecen y me parece que, por una vez, estaba viendo algo en los que los actores no están sobreactuados, valga la redundancia. Especialmente ella, Tatiana Maslany, una actriz que encara el reto de encarnar a incontables personalidades, tantas como clones hay pululando por el mundo. Les aviso de que el primer destripe del argumento que leerán aquí llegará en las próximas cuatro palabras: una, dos, tres… va: al final sabremos el número exacto de clones que hay/hubo.

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Al acabar de ver la cuarta temporada venía a este papel digital y escribía sobre lo que me había parecido. Y en mi sanedrín interno el veredicto comenzaba a torcerse. A retorcerse, mejor dicho. Pensaba que, tal como concluía, la quinta será improbable, tal era la situación desesperada en que quedaron las cosas. Era difícil pensar que los protagonistas saldrían del atolladero sin recurrir a lo inverosímil.

Y eso que el desarrollo del curso fue trepidante, con más acción en los capítulos, más sorpresas, etc. Muchos fuegos de artificio que enredaban el fondo pero que te mantenían más o menos atento a la pantalla. El truco de siempre, vamos.

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Pero sucedió que llegó el quinto curso, el de la licenciatura. Y ese ritmo se le fue de las manos. Paradójicamente es la primera temporada en la que me he llegado a dormir viendo un episodio. Me he aburrido mucho en algún capítulo. De repente aparecían personajes nuevos con protagonismo inaudito, se recuperan otros que creímos olvidados, lo que ahora es blanco ahora se torna negro, se pierde el hilo de las alianzas, se abusa en exceso de lo que cada cual calla… son trucos, en definitiva, que me han resultado muy cansinos y que me hicieron pensar que, aun estando a pocas horas de acabar para siempre la serie, igual debía pasar de ella.

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Y entonces llegaron los últimos episodios. Y lo que iba camino de ser una nebulosa anodina que se conducía hacia la indiferencia tornó en un espectáculo que quiso hacerse memorable. Porque en el momento en el que Rachel pone el ojo (guiño) en un final diferente, la serie da un giro y todo se precipita. Y empieza a haber muertes, sangre, sube el nivel de dramatismo y empieza a dejarte sin respiración. En cierto modo creo que alcanza ese punto al que aspira todo guionista: dejar al espectador pegado a la pantalla sin que sepa qué ocurrirá a continuación. Pero de verdad. Y aunque imaginas que habrá un final feliz después de todo, el cómo es el quid de la cuestión. Es como si, ante lo inminente del desenlace, se perdieran los remilgos a soltar lastre. Y el resultado es excelente.

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Y lacrimógeno. Porque quien sea capaz de contemplar impertérrito los primeros 20 minutos de la última entrega es una piedra marmórea que no merece nada. Lo mejor de esas escenas es que después de lo visto y lo vivido, de cinco temporadas de no darse un respiro, todo se convierte en un alivio, en un respiro de toda la tensión que hemos venido acumulando desde los episodios previos. Es la primera vez, de verdad, en la que por fin hay luz. Y aunque posteriormente ya hay poco que rascar, aún hay un par de sorpresas en el horizonte.

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La primera es el descargo de Sarah. El clon principal de la serie seguía siendo el hilo conductor pero daba la impresión de haber perdido fuerza, superada por las circunstancias y por la fuerza de otros personajes a su alrededor. El final la redime un poco y conseguimos explicárnosla mejor, al menos. Y lo último es el encuentro entre hermanas en el que conocen el número total de clones. Y por supuesto, el cómo Helena comienza a leer su diario y en sus primeras palabras empezamos a reconocer cómo empezó todo, hace ya cinco temporadas. Un muy buen cierre del círculo, al estilo Perdidos, pero que te saca igualmente la lagrimilla.

Y se acabó. Y se acabó bien. No pasará a la historia pero pocas series son capaces de mantener a la audiencia cinco temporadas ahí y encima aplaudir el epílogo. Se cierra la producción con la actriz más explotada de la historia de la televisión. Y la echaremos de menos. A todas, en realidad.

 

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Así les contamos la primera temporada y la segunda y la tercera. Y aquí un interesante artículo en Vulture sobre el peso de los juegos de mesa en la serie, que ha tenido su aquél.

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