Kafka en la orilla: Murakami y sus cosas

Había algo que me hizo aproximarme a este libro con un contenido entusiasmo. Incluso ‘De qué hablo cuando hablo de correr‘ me daba más ganas. Pero si algo aprendes cuando llevas unos cuantos Murakami a tus espaldas es que tanto da seguir leyendo como que no, pero si decides seguir adelante, te enganchas y te atrapa. Pero eso sí, las fórmulas se acaban pareciendo demasiado. Funcionan tan matemáticamente como siempre, claro, pero el riesgo es mínimo y eso se acaba notando.

kafka01Kafka en la orilla (2002) es anterior a algunas de mis últimas lecturas del japonés (alguna no reseñada), pero el orden no solo no altera el producto sino que lo amplifica. Me da la sensación de que estamos ante el mismo esquema pero relleno con otros componentes. La historia vuelve a ser un puzle. El libro avanza en dos caminos aparentemente inconexos. Pero eso ya ni me sorprende ni me provoca la inquietud de que algo falle que tenía antaño. La experiencia lectora me dice que este tipo sabrá la mejor manera de que todo, por muy alejado que se encuentre en un momento dado, acabe confluyendo en el mismo punto espacio-temporal.

La historia gira en dos grandes frentes. Por un lado las peripecias de Kafka Tamura, un chico de 15 años que decide escaparse de la casa donde vive con su padre. La relación entre ambos no solo no es fluida sino que puede considerarse hostilmente fría. La ausencia de la madre y de la hermana, que abandonó al núcleo masculino cuando él era pequeño, es un acicate para que se decida a tomar la iniciativa de su, aún, corta vida. Y aunque su viaje se adhiere como una lapa al manido concepto de viaje iniciático, sí hay un hecho diferencial que le da un sentido de búsqueda orientada. Se trata de una violenta profecía de su progenitor que le obsesiona y en torno a la cual, de un modo u otro, va a trazarse el mapa de sus aventuras y, de paso, toda la novela.

Kafka es un personaje que me pone bastante nervioso aunque en su defensa, me parece que no lo pretende. Su vida durante las páginas del libro es un deambular en pos de ese ‘algo’ que le motiva a salir de casa y a tratar de buscar las pistas en cada paso que da. Pero su personalidad raya a veces lo enfermizo. Lo obsesivo de sus pensamientos y la profundidad e intensidad de sus reflexiones acaban cansando, especialmente en la última parte de la novela en la que todo, no sólo lo que le rodea a él, adquiere un aura de simbolismo que, sinceramente, se le va un poco de las manos al autor.

El otro gran protagonista de la novela es Nakata. Se trata de un anciano que, por culpa de un incidente cuando era pequeño, pierde buena parte de su inteligencia práctica. Olvida leer y escribir, olvida todos sus conocimientos, olvida cómo pensar. Y el resultado es un alma pura y carismática con bastantes pocas luces pero con poderes muy peculiares y percepciones rayanas en lo ultraterreno.

En torno a las vicisitudes en paralelo de ambos se articula una historia. Pero, como en el resto de Murakami, el elenco de secundarios que circulan por las páginas adquiere una importancia trascendental. Por un lado, porque el trazo de sus personalidades es nítido. Ahí se nota un más que interesante trabajo para darle profundidad a todos ellos. Luego, además, porque suelen tener un papel muy importante. Son como boyas en un mar oscuro, que orientan la acción y cuyas acciones se convierten en imprescindibles. Algunos más que otros, ciertamente, pero en esta novela, y sin desvelar mucho más de lo necesario, hay tres preponderantes: la señora Saeki, Ôshima y Hoshino.

Pero más allá de las personas, adquieren vida propia algunos conceptos que se repiten en sus novelas y relatos cortos. El del azar, la casualidad y la causalidad. En este caso la inevitabilidad del destino acaba conduciendo los actos de los personajes; y en muchos casos, además, con unas dotes de magia y elementos sobrenaturales que acercan a alguno de los textos del nipón a la idea de realismo mágico. Al menos en Kafka en la orilla vemos rasgos de ello, con muchas cuestiones que quedan sin resolver y con un final que se ajusta más de lo esperado a la lógica más realista.

Al margen de las bondades literarias de la obra, en sus páginas hay también otro lenguaje que conviene escuchar: el musical. Durante muchos pasajes de la novela, el libro tiene banda sonora que no solo acompaña la escena sino que se convierte, por momentos, en protagonista y que empapa a personajes que aprenden a amar las melodías que les van descubriendo. Una de las piezas más recurridas es el ‘Trío del Archiduque‘ de Beethoven; en la versión de Heifetz, Feuermann y Rubinstein , como se encargan de reiterar continuamente.

Luego hay, igualmente, una melodía en torno a la que gira parte de la trama porque es una canción ficticia que crea uno de los personajes. Se trata del sencillo tema elaborado por la señora Saeki. Obviamente no hay más que una descripción de sus acordes pero hay quien se ha atrevido a darle cuerpo a la letra que aparece sobre el papel. Y el resultado es bastante aproximado a lo que uno imagina:

Otras reseñas de Murakami en Cesta de Patos:
> Hombres sin mujeres (5/5/15)
> Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (4/9/14)

Un comentario en “Kafka en la orilla: Murakami y sus cosas

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