Es difícil describir el bajón que sufrí apenas minutos después de comprar el libro, cuando aún a pocos metros de la tienda estaba ojeando alguna que otra reseña en la red sobre él. Y aunque no eran muy numerosas, muchas de ellas sí ponían en entredicho la presunta calidad de la obra, aduciendo no solo cualidades más o menos irrelevantes, sino directamente nefastas y, parafraseando, casi dejando al descubierto la (también) presunta ineptitud del autor.

El autor es Rodrigo Cortés, y creo que, para el caso que nos ocupa, es relevante reconocer que no lo tenía en el radar de escritores, porque lo conocí a través del podcast Todopoderosos. Su papel ahí, por mucho que fuera el de personaje más o menos cabal del grupo, siempre lindando el inestable borde entre la pedantería y el aporte lego, me gustó bastante. Disfruto con su argumentario y, por eso, fue una sorpresa saber que, hace apenas unos meses, estrenaba un libro: Relatos telúricos.
Por lo que fuera —por lo que fuera, digo—, sabiendo que ya tenía alguna obra a sus espaldas, me pareció un tanto de advenedizo cutre lanzarme por el último directamente. Así que, una vez en la librería, opté por el más barato (un criterio como otro cualquiera): Los años extraordinarios. Y minutos después de hacer un desembolso comedido, pero que, a la luz de las críticas, parecía un agujero más a añadir a los que ya hacen de mi cuenta un queso gruyer me invadió cierta desazón.
Había cosas que, si uno es el que ha escrito este libro y es susceptible, podrían hundirlo en la miseria, imagino. Pero vaya aquí mi voto positivo y mis estrellas en la reseña, porque las aventuras y desventuras de Jaime Fanjul, salmantino, me han parecido un alivio: primero, porque deshicieron el temor a que el libro fuera bazofia; y segundo, porque constituyen un excelente ejercicio de narratividad.

Digamos que no se va a llevar el Nobel. Pero, en mi opinión, cuente lo que cuente, me ha gustado muchísimo y me he despedido con un cierto lacrimeo de sus últimas letras que, como si fuera una nota más del surrealismo que lleva en su interior, ocurrieron en un trayecto del metro de Guangzhou. Extranjero y llorón: menudo cuadro.
Los años extraordinarios es una narración de la vida de Jaime Fanjul, salmantino, nacido en 1902 en el seno de una familia acomodada y en un contexto que se apoya en la realidad del momento, pero que se alimenta de generosas notas de surrealismo y de fantasía. Es así como se trazan algunas de las tramas que acompañan a las andanzas del protagonista, como la permanente búsqueda del puerto de mar en la ciudad o la presencia de fantasmas que pululan y ululan con una fuerza inusitada.
Son historias accesorias en la gran travesía que supone la novela, y que conducen a Fanjul por un mundo extraordinario en el que el autor despliega una desbordante imaginación para vestir el costumbrismo que impregna cada escena o el trasfondo histórico real, que en ocasiones se mezcla sin complejos con la acción.

Es una autobiografía, una especie de memorias cuyo trazado deja un mapa en el que el tono nunca deja claro qué es inventado y qué ha ocurrido verdaderamente. Y eso se traslada no solo a la geografía, sino a sus propios sentimientos y pensamientos, e incluso a la gente con la que va cruzándose, muchos de ellos con una notable dosis de extravagancia.
No deberíamos caer en el tópico de definir esto como un viaje iniciático, porque Fanjul no es el tipo de personaje que, al acabar, pueda sacar pecho de haber aprendido mucho o de ser muy diferente de aquel que inició la aventura. Los años extraordinarios se presenta más bien como un conjunto de anécdotas que van conformando el gran mosaico en que se convierte la lectura.
Las frases cortas, lapidarias, pretendidamente misteriosas a veces, explícitas otras, ingenuas casi siempre, hacen que el libro tenga un estilo peculiar que, reconozco, puede no contentar a todos. A las reseñas me remito, e incluso a mi cierta desazón con las primeras páginas. Luego, ya sí: a poco que empatices con el protagonista, todo se desarrolla como en una película.
