‘Federer: Últimos 12 días’ en Prime Video: despedida íntima de una leyenda

Yo pude decir que le vi jugar, al menos una vez. Y aunque ciertamente guardo con menos celo el presumir del hecho que el mismo recuerdo de la anécdota en sí misma, al menos podré decir que vi a un verdadero ídolo cara a cara. Hoy no va tanto de batallitas personales como de dejar constancia, negro sobre píxel, del documental sobre Roger Federer en Primer Video que, con el titular ‘Federer. Últimos 12 días’ retrata no sus últimos estertores como ser humano, que lo pareciera leído así a palo seco, sino el anuncio de su retirada y los días previos al que sería su último partido como profesional.

Se trata, por tanto, de un ejercicio interesante, que es ver cómo el deportista, el dios en lo suyo, lidia con los sentimientos en un momento tan único y señalado en el que el tenista está a punto de diluirse en el ‘anonimato’ de la gente común. No, ya sabemos que Federer no será uno más como usted y yo, hartos de los parones constantes del Cercanías o a expensas de los tipos de interés que encarecen la hipoteca. Pero me entienden.

Lo de los sentimientos es en este caso una redundancia. Nos acostumbramos a ver en el suizo una vena muy sensible, muy alejada del deportista de pose marmólea y distante que transmiten otros personajes. En este caso no es así: un caballero de las pistas que, no obstante, ha dejado momentos de pura efervescencia: bastante más explosiva en sus inicios, donde su (dudoso) estilismo y su temperamento aún estaba por suavizarse hasta el gentleman al que estamos más hechos sobre la cancha; y una etapa final, ya consagrado como número 1, de yerno perfecto. No obstante, se trata de una persona de lágrima fácil en la victoria y en la derrota, pero también cada vez que las entrevistas han tomado unos derroteros más personales.

Por eso, esta producción es prolija en ahondar en lo que piensa y siente en todo momento. El problema, no obstante, es que lo que este hombre tiene de cercanía y campechanía también tiene su contrapartida en que no deja de ser un tipo más bien soso. Sí, sonríe, bromea e interactúa con el resto, pero quizá el documental tenga un grave problema en la extraordinaria duración de algunas escenas en las que sencillamente ni se cuenta nada ni parece que respondan a un guion demasiado elaborado. Al menos, lo que transmite el propio Federer es que no sabe muy bien qué decir. Me recuerda al documental sobre Fernando Alonso que se detenía parsimoniosamente en cómo leía y enviaba mails. En este caso, eso sí, Federer creo que sale del paso con mayor naturalidad, aunque sin duda alguien tendría que haber metido tijera en la sala de edición.

Ese defecto, que para mí lo es, ocurre durante toda la película. La primera parte se articula en torno al anuncio de la retirada, al cómo lo redactan, al cómo va adelantando la noticia a sus amigos, o a su familia. A cómo anticipan las reacciones del mundo. Posteriormente la ‘acción’ pasa al cómo espera, junto a todo su equipo y su familia, a que se lance su mensaje por las redes sociales, algo que evidentemente ya es algo muy deudor de los tiempos que vivimos: todo está en twitter y/o similares y, si no, es que no existe.

Desde ese momento la narración se va, ya sí, al que será su última comparecencia pública, en la Copa Laver 2022, que se celebró en Londres. Este torneo, impulsado principalmente por el suizo, entre otros, pretende ser una extrapolación de la Ryder Cup de golf al tenis, enfrentando a Europa contra EEUU o al resto del mundo. Personalmente, si me lo permiten, aún le quedan décadas de recorrido para equipararse en cuanto a carisma y atractivo para público y jugadores, porque como sucede con la Davis (esto es una opinión personal), el tenis ‘por equipos’ tiene mucho más de impostura que de interés.

Nuevamente en la parte londinense nos encontramos con el problema comentado: muchas esperas, tiempos muertos, conversaciones con otras personas que se frenan tras el primer saludo… eso sí, ya solo por la curiosidad etnográfica de acercarnos a Federer y verle interactuar de manera tan próxima con rivales como Djokovic o Andy Murray, o incluso de meternos en el vestuario antes y después de los partidos de la competición, merece la pena.

Transcurre la cinta de una manera correcta, sin alardes hasta que caemos en la cuenta de que, entre todas las figuras que pululan alrededor del icono, nos falta Rafa Nadal. No se le menciona, no se le ve… algo extraño dado que la rivalidad y la relación entre ambos define buena parte de la trayectoria del suizo. Pero ¡oh, spoiler! ¡Oh, sorpresa! Era un truco. Casi nos lo tragamos, ciertamente, porque la presencia del balear llega bastante avanzado el metraje. Cierto es que se incorpora tarde al torneo de Londres, pero desde que hace acto de presencia es evidente que hay química entre los dos. Como dos aviones que despegan en paralelo, a la emoción de uno le va la lágrima del otro, las palabras de aliento, de admiración y de buenos deseos. 

Ese último partido del ídolo lo comparte, precisamente, haciendo doble con Nadal, lo que ya deja claro la importancia mutua que se profesan. De hecho, creo que casi el mejor momento del documental es cuando Federer entra al vestuario buscando a Rafa y se lo encuentra roto de pena. ¿Ves como no hacía falta hacer las cosas tan largas? Solo con esos segundos ya nos damos cuenta de la gravedad del momento y de la magnitud de las figuras implicadas. Un halo de santidad, un escalofrío y una suerte haber visto en acción a leyendas que trascienden el deporte.

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