Watergate y el espejo del Periodismo: Robert Redford y el pelazo de Dustin Hoffmann

Difícilmente se entendería mejor qué es el Periodismo que recurriendo al caso Watergate como paradigma del tesón, la fuerza vocacional, el instinto y el oficio que caracterizan a esta profesión.

Podemos pensar —y no sin falta de argumentos— que vivimos tiempos oscuros en este sector. Tal vez sea una actividad que refleja, como ninguna otra, cómo es la sociedad en la que vivimos: hay una polarización extrema, casi guerracivilista (eso en España; en el mundo, tercera-guerramundialista); hay ruido desde todos los frentes, canalizado en el concepto no tan moderno de las fake news; se ha perdido por el camino parte del rigor, la precisión —y, de paso, la calidad sintáctica y ortográfica—, entre otras muchas taras. Además, los medios han caído en la trampa del resultadismo: como en el fútbol, quien no mete goles no gana, y aquí todo eso ha desembocado en una cruenta batalla por la ‘página vista’, que no sé hasta qué punto tiene mucho que ver con una labor periodística brillante.

No quiero irme por las ramas. Solo decir que, a partir de estas cosas negativas, los que estamos dentro del edificio vivimos aún una admiración por el trabajo bien hecho. Las exclusivas —ese trofeo de caza— siguen siendo el ideal. Y puede que el mencionado Watergate sea el espejo en el que se contemplan quienes se enfrentan cada día al folio en blanco.

Por si acaso a estas alturas no saben de qué se trata, el caso Watergate es uno de los mayores escándalos políticos que ha vivido el mundo civilizado. Nos situamos en Estados Unidos, año 1972. El republicano Richard Nixon es el presidente. Cinco personas fueron arrestadas tras entrar ilegalmente en la sede del Partido Demócrata en Washington, situada en el edificio Watergate.

Al margen del allanamiento, fueron capturados con diferentes instrumentos de espionaje para captar conversaciones y detalles del enemigo político. A partir de ahí —y aunque tanto ellos como todo su entorno intentaron negar la vinculación con la Casa Blanca—, el episodio fue el pistoletazo de salida para una investigación que desembocó (spoilers fuera) dos años después en la primera dimisión de un presidente estadounidense de la historia. Nixon era ya incapaz, a esas alturas, de desligarse de lo que era más que un incidente aislado: se trataba de toda una trama de espionaje y sabotaje político urdida y financiada por su propio gobierno.

Lo que acabó siendo trascendente para el mundo del periodismo no es únicamente que la prensa se hiciera eco, sino que, de hecho, fueron dos periodistas quienes desmadejaron toda esta red a través de sus investigaciones, su perspicacia y la colaboración con distintas fuentes más o menos anónimas. Entre ellas, sí, la más famosa de la historia: la legendaria Garganta Profunda‘ (Deep Throat).

Es todo este relato del relato lo que sustenta Todos los hombres del presidente (All the President’s Men), una película dirigida por Alan J. Pakula y estrenada apenas dos años después de la dimisión de Nixon, en 1976.

La cinta adapta el libro que los dos protagonistas habían publicado con todas sus peripecias a lo largo de la investigación, por lo que, evidentemente, la gran decisión de la producción tenía que ver con quiénes interpretarían a los reporteros del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein. Los elegidos fueron Robert Redford y Dustin Hoffman, respectivamente.

Al margen de pagar una deuda histórica con la película, haberla visto ahora tiene también mucho que ver con que Redford haya fallecido hace unos días cuando escribo esto. Sirva esto de recuerdo.

Aun con la implacable actualidad con la que fue concebida, el resultado es una cinta que ha pasado a la historia como uno de los grandes clásicos. E, indudablemente, como uno de los referentes del género, con claras influencias en títulos muy posteriores como Spotlight, por ejemplo. Es decir, que buena parte del público en general se ha montado la imagen del periodista a partir de lo que le ha visto a Redford y Hoffman.

De un modo u otro, no voy a ser yo quien vaya en contra: la película me parece buena -sin más-. Lo mejor es el ritmo: es frenética en todo su metraje, algo especialmente meritorio cuando buena parte del minutado tiene a los dos protagonistas colgados del teléfono o sentados en sus escritorios.

Adicionalmente, se puede ensalzar la intensidad interpretativa del elenco. No solo de los dos protagonistas. De hecho, los Óscar del 77 premiaron a algún secundario y no a ellos (la película se llevó cuatro premios:  al mejor actor secundario, Jason Robards; a la mejor dirección de arte; al mejor sonido; y al mejor guion).

Lo que resulta indudable es que la tensión se masca en cada fotograma: los silencios, las miradas, la paranoia que surge de la conspiración que llama a sus puertas son parte indisoluble de la cinta.

Yo quiero adscribirme a ese idealismo que destilan sus peripecias: al incansable e irrenunciable rigor, al minucioso trabajo en cadena que desemboca en una gran exclusiva —en la película no solo se menciona la del Watergate—. Al trabajo en equipo, a la ética profesional, a la resistencia frente a las presiones e injerencias externas.

Pero reconozco que se me queda corta, irreal; un producto que hoy en día no deja de ser un objeto de museo. Si tal es su mérito, alabado sea igualmente.

Me falla que, sin conocer en profundidad el desarrollo de los acontecimientos reales, todo parece avanzar a trompicones. Resumir una investigación tan extensa en dos horas tenía el riesgo de reducir demasiado las cosas, y creo que eso pasa muy por encima de la crítica. Es absolutamente irreal que monten una historia tal como lo muestran en la película. Es irreal que un director de periódico deje sin supervisar una portada —la que sea— y lo único que diga sea “publicadlo” antes de desaparecer en el ascensor. O cuando los periodistas se presentan a horas intempestivas en casa de las fuentes y se metan hasta la cocina, cigarrillo en la comisura.

No sé, me chirrían demasiadas cosas de ese tipo. No sé si es el caso típico de los árboles que no te dejan ver el bosque. Otra época, otro ambiente, otra forma de hacer las cosas, imagino. No hay más que ver el machismo imperante, la testosterona que gotea de la pantalla. El humo de los cigarrillos. Dustin, no sé cómo te sobreviven los pulmones con semejante ritmo de cajetillas.

Y ojo: el bosque, no dejo de ser benevolente precisamente porque veo el bosque. Porque creo que películas como esta son necesarias. Porque trabajos como el de Woodward y Bernstein son necesarios. Porque el Periodismo en mayúsculas es necesario. Aunque solo sea por eso.

He ahí el bosque: el cómo se trabajó para desvelar los tejemanejes de los más poderosos y escalar las cosas hasta el punto de tambalear a la figura política más relevante del planeta. Y no se necesitaron armas nucleares, sino una vetusta máquina de escribir y oficio, mucho oficio.

Y por cierto, qué pelazo el de Dustin Hoffman.

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