La dualidad tan frecuentemente aludida por las filosofías orientales encuentra en ‘Shanghai Inmortal’, de la sino-canadiense A. Y. Chao, una oda a la literalidad de un universo en el que el yin y el yan conviven si no en armonía, sí al menos como lo que uno podría esperar, siendo las dos caras de una misma moneda. La novela, una de las más aclamadas en el catálogo de la fantasía en los últimos años, ubica al lector como copiloto aventajado en las peripecias de Lady Jing, una criatura mitad vampiro, mitad espíritu-zorro, que es entregada por su madre al mismísimo rey del infierno cuando era aún una niña.

La tutela del monarca permite a Jing crecer en un entorno más o menos acomodado y con notables privilegios, si bien su condición de ‘mestiza’ y la efervescencia de un carácter volcánico, de pura adolescencia, le genera un sinfín de problemas tanto a ella como al resto, y especialmente a su protector. Y digamos que, desde ciertos sectores, tampoco está bien vista per se. Es el infierno, pero no deja de ser un reino en el que la pompa, la cortesía, las apariencias y las intrigas palaciegas están al orden del día.
Pero, aún así, poca broma: en el infierno no toda la animadversión se manifiesta a través de miradas y comentarios por lo bajini: aquí la inquina se graba a fuego en la sangre, en la piel y en la memoria. Tal circunstancia será un detonante de la trama principal.
… que se puede decir que comienza cuando, un día, dentro de la carga de tareas que se le da para ir fogueándose, se le asigna la protección de un simple ser humano que llega al Shanghai inmortal en el que vive y que da título al libro. Este hombre acude invitado por su protector, Big Wang, para contribuir al desarrollo de un banco central del infierno, aunque no es desvelar nada decir que la realidad le conducirá por otros derroteros, arrastrado por las vicisitudes que tiene la protagonista.

Y es que el libro es una obra de aventuras en las que la acción es frenética, con un tono gamberro. El desarrollo y el trabajo de la autora con Lady Jing es absolutamente capital para que todo fluya de manera precisa. Podría uno pensar que, al ser el personaje principal esto debe ser así, pero ciertamente se transmite una química que te impregna cada poro y te lleva a empatizar con la ‘chica’. Sus reacciones, su forma de hablar deslenguada y sin complejos y, por supuesto, el cómo va creciendo en madurez, trazan una de las figuras más carismáticas de la literatura reciente. Por supuesto, el vivir cada página en primera persona es una opción estilística que funciona particularmente bien aquí.
Otra de las cuestiones que más le ayudan a crecer es el romance que va gestándose con este humano. Leo reseñas sobre el libro que atacan esta parte presuntamente más pastelosa, pero he de decir que el cómo se describen estas situaciones, e incluso los momentos de mayor acaramelamiento, se integran en el conjunto de una manera tan natural que, en mi opinión, es absurdo ensañarse con esta parte. De hecho, sería impensable que ‘Shanghai inmortal’ fuera un libro tan bueno sin tomar en consideración esta parte.
La ciudad, aun en esta versión demoníaca y poblada de deidades caídas, de monstruos y de terrores varios, se configura como un escenario absolutamente protagonista en el que de este lado pululan los espíritus y, del otro, los millones de personas que sabemos que habitan allí en la realidad. Por mor de la magia y del poder de algunos de los personajes, ir de una a otra y desenvolverse en ambas es pura cotidianidad para los que habitan el infierno… o para los ‘celestiales’, las almas buenas que pasan los días en su particular paraíso (este, como se menciona, más rupestre). Me recrea una cierta reminescencia a la serie de televisión Lucifer, para que se hagan una idea.
El ritmo también consolida y anima la lectura. Durante casi toda la novela da la impresión de que el lector se enfrenta a una serie o una película. Puede que una adaptación cinematográfica tuviera mucho trabajo de producción para recrear ambas versiones de la ciudad y todo lo que implica en la ‘vida’ de los personajes, pero todo parece estar concebido para montar tal cosa. A poco que la saga literaria tenga un poco más de éxito, no veo descabellado que Netflix o similares se lancen a ello. Y muy mal tendrían que hacerlo para no sacar algo potable.

‘Shanghai Inmortal’, según parece, es la primera novela de una trilogía que compartirá protagonistas y universo. No se agobien por ello: creo que esta primera tiene un final lo suficientemente cerrado como para no vivir con la ansiedad de querer ver los próximos tomos ya. De hecho, personalmente no me interesa tanto lo que tenga como lo que he leído aquí, y eso que me ha encantado. No habrá que esperar mucho, en cualquier caso: el segundo es inminente: ‘París celestial’ se llama. Ya está en la calle en inglés y es de esperar que próximamente Minotauro, la editorial que nos ha regalado el primero, traiga los siguientes.
El cambio de ciudad puede que traiga con ello también otra variación sustancial del contexto. Y es que una de las fortalezas del ‘Shanghai Inmortal’ que hemos leído es su apego inspiracional en la realidad tangible. Bien, no entraremos en disquisiciones filosóficas sobre la existencia o no del cielo o del infierno, pero en lo que no cabe duda es de que la novela da voz y voto a buena parte de la imaginería legendaria china: deidades, dragones, espíritus, criaturas fantásticas de su mitología…se puede decir que la mayor parte de su elenco se basa en ‘caracteres reales’… e incluso en platos de comida reales: aquí se nota que hay buen gusto en la mesa por parte de la autora.
Por otra parte, leyendo entre líneas también hay una mirada al contexto real en el que se trazan los hechos de la novela. En el Shanghai real que se describe se supone que estamos en la década de los años 30 del siglo pasado, una época muy convulsa en el país y más aún en una ciudad que ejercía un magnetismo sobre las potencias extranjeras y daba cobijo a todo tipo de personajes. Por no hablar de la tensión de un momento en el que los japoneses habían hecho auténticas barbaridades en China. No es que se hable de ello de forma explícita, pero Chao deja bastantes detallitos de tales episodios durante la narración.
He de decir, ya que hablamos de la editorial, que la edición me ha parecido un tanto regulera. No ya por las erratas, que las tiene, y más de las que cabría esperar, sino porque en algunas páginas la alineación del texto con la página no está bien conseguida: está todo torcido y eso da una sensación de cutrez bastante grande en un libro que roza los 20 euros. No sé si es algo puntual o toda la tirada es así, pero te deja un regusto raro.
