Armonías de Werckmeister, o el caos latente en el corazón de Europa

Uno quisiera ser muchas cosas, conocer culturas ajenas y lejanas, lenguas extrañas o tierras inexploradas. Por resumir: ser más listo y más culto. Tal vez así podría haber disfrutado aún más de Armonías de Werckmeister, una película húngara del director Béla Tarr estrenada en el año 2000. La he visto en Filmin, empecemos por ahí porque esta plataforma, acaso minoritaria frente a los gigantes que copan el mercado audiovisual, ha sabido ganarse su huequito desde hace 15 años a base de apostar precisamente por un catálogo profuso en cintas alternativas al cariz comercial, colecciones de clásicos o la atención a festivales de todo tipo, entre otras interesantes propuestas.

Es una plataforma, no se puede negar, que ostenta un considerable espíritu cultureta y ‘gafapastil’ y por eso, películas como esta de la que venimos a hablar hoy abundan, si no por su argumento –que eso sería ciertamente complicado- sí al menos por su perfil. Pongamos que Armonías de Werckmeister narra la reacción de una pequeña comunidad de la Hungría profunda ante la llegada al pueblo de un carromato con el cadáver de una gran ballena, anunciado como una atracción de feria entre las gentes.

Pongamos que Hungría, aunque geográficamente no está muy lejos de Madrid, es un lugar que, más allá de su bellísima capital, es un lugar del que existe un desconocimiento bastante generalizado. Pesa, tal vez, el indescifrable idioma, el pasado reciente o la actualidad más casposa pero, sea como sea, cualquier manifestación artística o cultural que llegué de allí parece más o menos restringida y más dirigida a un público iniciado.

En el caso de Armonías… a mí, por lo menos, me pesa ese desconocimiento. Descubro con cierto rubor –tampoco exageremos, que uno no puede saber de todo- no ya solo la cinta sino el nombre de su director, Béla Tarr quien, junto a su esposa Ágnes Hranitzky han ido filmando obras “muy selectas”, como señala su página en la Wikipedia. Filmin, fiel a este espíritu más alternativo, mantiene como destacado en su catálogo actualmente una colección de películas de Tarr, “leyenda viva del séptimo arte”, que incluye algunos de sus trabajos más y mejor considerados, como es el caso de la cinta que nos ocupa esta vez, y gracias al cual seguramente volvamos a hablar de él en nuestro blog.

Armonías de Werckmeister, está claro, es una película diferente y puede que, hasta cierto punto, indigerible. Eso, si uno pretende no salirse del carril de lo convencional, del cine directo, ágil y facilón que nos propone la cartelera de forma continua. Muy alejado de estos parámetros, el título propone desde el punto de vista formal características muy peculiares. Por ejemplo, y para empezar, lo más obvio: un blanco y negro que le confiere a cada escena un rigor y una gravedad encaminada a aportar un extra de dramatismo a la acción y, sobre todo, a la expresión de todos los personajes. Es una manera esta de profundizar en las miradas, los gestos y la gestualidad de aquellos que se presentan en pantalla, sean o no anónimos.

En paralelo, parece que hablemos de una película de otro tiempo dada su extrema lentitud. Abundan los planos secuencia, los movimientos raquíticos de la cámara tratando de abarcar cada centímetro de los escenarios en los que se desarrolla la acción (o la inacción). Es una forma de situar al espectador, de colocarle en ese claustrofóbico lugar en el que la sensación general es de frío, tensión y violencia latente.

Y es que, como sucediera con la llegada de un fenómeno celeste en la antigüedad, el ‘advenimiento’ de la ballena parece presagiar desastres y funestas consecuencias. Es la espita que parece activar la mecha de una tensión que, para sorpresa e incomprensión de todos, genera una espiral de problemas inaudita y más próxima a la superchería que a la pura realidad. El conductor de la historia, los hombros sobre los que se posa la cámara casi todo el metraje, es Valuska, interpretado por el alemán Lars Rudolph. Se trata de un cartero-recadero que, frente a la rudeza de la mayoría de personajes, se muestra como un ente sensible y autoconsciente del viaje al caos en el que, sin pretenderlo, se ven inmersos él y sus paisanos.

A través de sus ojos vamos desnudando una realidad que el propio Valuska anticipa, de una forma teatral, en el bar en el que se puede decir que comienza la película. Es ahí donde, para deleite de la alcohólica parroquia local, establece una representación en la que tira del resto de personajes para poner en marcha la explicación de las leyes de gravitación universal y la explicación del caos que genera un eclipse. Es un monólogo que se queda en la cabeza y cuya vis premonitoria acude al primer plano de la conciencia a medida que esas palabras casi festivas en un ambiente lúdico se hacen dolorosamente reales cuando esa ballena ya solo es un bulto sospechoso y olvidado en la plaza de un pueblo arrasado por la violencia.

Encontré un lustroso artículo de Borja Castillejo en la que se elabora un estudio del protagonista. Es un texto que les recomiendo por la profundidad del análisis, centrado en las idas y venidas de Valuska desde un conocimiento mucho más profundo que el mío. Pero una de las cosas que menciona me llama la atención, la alusión a que el cartero siempre está en perpetuo movimiento: más lento y curioso en ocasiones, más acelerado y temeroso en otras. Caminar viene a ser otro de los verbos principales del metraje: personajes que van, que vienen, que están parados o que corren; personajes que se alejan hasta perderse en la lejanía, que se aproximan hasta engullir la cámara o que atraviesan la escena mirando, ora indiferentes, ora asombrados lo que acaece a su alrededor.

En este contexto, puede no resultar del todo sorprendente el título de la película que, a pesar de la narración general, tiene que ver con el soliloquio de otro de los personajes recurrentes, György Eszter, de quien Valuska también parece ser una suerte de asistente, y a quien le explica una teoría por la cual “los principios armónicos de Werckmeister son responsables de los problemas estéticos y filosóficos en toda la música desde entonces, y deben deshacerse con una nueva teoría de afinación y armonía” (Wikipedia).

Hablando de la música, y dado el ritmo de la película, encontramos ahí otro de los argumentos por los que Armonías de Werckmeister merece ser recordada. Se trata de melodías melancólicas, que transmiten desesperanza y que, como prácticamente el resto de elementos de la película, se quedan en la retina y en la memoria. Es una película a la que hay que tener mucha paciencia pero que recompensa con creces y, si bien el poso que deja es más bien amargo, es fácil que uno pueda llegar a obsesionarse con esas gentes a las que arrastra la novedad inédita de una ballena muerta en el corazón de la Europa más agreste, allí donde puede pasar lo imposible.

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