Sobredosis de drama: La noche en la que Logan despertó

Por el respeto y casi casi amor que profeso a alguna de esas personas que ensalzan la serie que nos ocupa hoy, ‘La noche en la que Logan despertó’ (La Nuit où Laurier Gaudreault s’est réveillé en francés), no querría ser esencialmente cruel en esta, la hora de la derrota. También porque tampoco es mi campo este de las series, por mucho que venga aquí con frecuencia a dar cual o tal opinión. Pero lo cierto es que este es uno de esos casos en los que me quedo contemplando la pantalla tras el cierre de emisión pensando en si realmente he entendido lo que hube tenido delante o, en caso contrario, si de verdad lo visionado debe ser considerado como una obra maestra, como muchos apuntan.

Porque no me parece ni de cerca tal cosa. Y la polarización es un mal compañero de viaje en este caso. Porque sí, la serie se deja ver; y sí, no está del todo mal y tiene cosas bastante buenas, casi todas ellas en lo relativo a la parte más técnica. Pero acabo las cinco horas de narración con la sensación de que me han sobrado cuatro y que con haber estado atento la última hora, el último capítulo, ya me hubiera ahorrado todo lo anterior.

La noche en la que Logan despertó’ narra, a grandes rasgos, las miserias y los encontronazos entre cuatro hermanos que se reencuentran tras décadas de alejamiento a cuenta del fallecimiento de su madre. En realidad el elemento extraño en esta ecuación es la hermana, Mireille -o, en un ejercicio de pompa cursilánime, Mimí-, cuya presencia entre sus consanguíneos viene acompañada de una tensión extraordinaria, especialmente con el hermano mayor, con quien ha mantenido –lo sabremos a medida que avanza la serie- un odio cerviz desde que eran pequeños.

Y el detonante de tal sentimiento es un hecho que marcaría la vida de todos durante la adolescencia de los implicados y en el que será ella la que quede señalada, hasta el punto de verse obligada a emprender una huida de todo y de todos. La toxicidad en torno a su vida la aleja indefectiblemente de su familia y, aún décadas después, está claro que también el entorno la sigue teniendo en la mira. La serie habla y se recrea en torno a lo que supone y la traducción al celuloide de este sentimiento en el que se mezcla lo intensito, lo violento y los celos en el seno de la unidad familiar.

De hecho creo que hay una cierta obsesión y un regocijo de más en la narración, por todos los medios, de ese sufrimiento que se ve en cada uno de los personajes. Acaba resultando cansino por su redundancia y porque al final acaba adueñándose de la trama. E incluso de la misma actuación de los personajes, que en muchos casos se perciben muy perdidos en la tarea de fruncir el ceño más y más o poner caras de circunstancias sea cual sea la situación en la que se encuentren. La historia ya era suficientemente dramática en sí misma como para darle ese chute de oscuridad adicional que merma la credibilidad y la paciencia del espectador.

Según la veía me recordaba a dos series que parecieran haberse mezclado para parir a este Logan. Una es la francesa Les Revenants, de la que hablamos aquí hace bastante ya (diez años ya, ¡la madre!). Comparte con esta producción canadiense el idioma pero también ese tono tétrico y pesado. Es cierto que en la serie gala el tema resultaba aún más tenebroso: la vuelta a la vida de personas que habían fallecido hacía mucho tiempo. Pero incluso con ese acontecimiento tan excepcional el tono resultaba mucho más proporcionado que aquí, más comedido. Puede que más aséptico, sí, pero en su justa medida y por motivos evidentes.

La otra a la que me referiré es Bloodline, una serie estadounidense que también presenta una familia disfuncional con rencillas bastante impactantes entre los hermanos aunque el enfoque en este caso es menos profundo en cuanto a la psicología de sus personajes. No obstante, también la violencia y la falta de escrúpulos mueve a algunos de ellos para ofrecer actitudes no del todo edificantes y episodios un tanto oscuros.

En ‘La noche que despertó Logan’ asistimos a un puzle de cinco capítulos en el que cada parte se centra en uno de los personajes. Y aunque en el guión pudiera tener sentido, todo parece estar hecho para convenir a la dirección. La información, como sucede en estos casos, se da con cuentagotas y muchas veces de manera un tanto tramposa. Suceden cosas increíbles, se abren interrogantes que se quedan por el camino y se pierde un tiempo precioso en los sufrientes primeros planos que se ven que en desarrollar más a personajes que podrían resultar más interesantes.

No querré hacer ningún apunte que desvele la trama. Pero luego hay otra cosa que me escama y que me resulta extraordinariamente perturbadora, igualmente. Dado que en ese incidente que dispara todo es Mireille la gran perjudicada, no acabo de entender del todo la actitud con ella que parecen tener no solo el resto de la familia sino todo el entorno. Aquí subyace especial y abruptamente esa intención del director en mostrar que es una paria, una posible perturbada que ha vivido aislada durante décadas. Y quien vea la serie convendrá en que no se entiende muy bien ni el cómo ni el por qué.

Del director, el canadiense Xavier Dolan, no tenía noticia. Leo que ha tenido un éxito moderado en la plasmación de historias de amor más o menos poco convencionales, de dramas más o menos cercanos y en los que el factor psicológico tiene su peso. Aquí, el propio Dolan se adjudica el papel de uno de los hermanos, el más pequeño, que está en un proceso de idas y venidas a medida que su consumo de drogas y su debilidad mental van señalándole. No sé, tal vez sea esta serie una de esas a las que acabas cogiéndole manía pero que el propio director se meta ahí… puff, qué les voy a decir.

Decía que la serie tiene cosas buenas, no obstante. No será esa exacerbante lentitud y la suprema intensidad. Pero la fotografía es buena, la construcción del escenario asfixiante para el contexto o la música que acompaña la acción son cosas que no están mal (de Hans Zimmer, por cierto). Pero de ahí a considerarla una obra maestra, no sé yo. Pasarán las modas, los titulares, las alabanzas del momento y caerá en el olvido. Que es lo que merece. Aunque vaya en contra del amor que profeso por los cronistas (por algunos).

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