Solo el sinsonte canta en la linde del bosque

Próximo a la distopía, en un mundo decadente, con una humanidad marchita y en el que no funciona ya nada, Sinsonte (Walter Tevis, 1980) viene a ser una guía de viaje por un futuro angustioso a varios siglos vista. En tal momento, la cultura, la socialización y los relevos generacionales parecen haber cesado y tornados en una inercia imparable de individualidad llevada al extremo, drogas para evadirse de la realidad y una compleja organización de castas de robots que, de una forma u otra, acaban contribuyendo a esa sensación decadente y de fría asepsia que transmite la obra por mor de su mecánica concepción de la vida.

Son tiempos extraños los que se describen en una novela, desde luego. El hilo conductor es Paul Bentley, el protagonista de la historia. Con mucha timidez y acaso miedo, Bentley es capaz de abandonar su Ohio natal para viajar a Nueva York, a cuya universidad se ha ofrecido para trabajar como ‘lector’. Es un gesto de consecuencias inciertas dado que para esa época leer es una actividad fósil de la que ya pocos o nadie son conscientes y, de hecho, es considerado un delito para los que sí.

No obstante, el rector de la institución es un robot modelo 9, el summum de la ingeniería robótica. Es un ingenio concebido para ponerse al mando de los estamentos más estratégicos dada su inmensa capacidad analítica, si bien ni siquiera su inteligencia es capaz de salvar el escollo de que la lectura sea algo casi perdido. De ahí que acoja con entusiasmo el ofrecimiento de Bentley para conocer algo más del pasado.

Es así como se comienza a construir una trama en la que, aunque hablemos de un futuro en el que la tecnología ha evolucionado hasta límites insospechados, es la carencia de lo más básico que define al ser humano lo que de verdad resulta disruptivo para el lector.

Sin conocimiento, sin conciencia, sin contacto con el de al lado… sin instinto, prácticamente. Sin historia. Con una población menguante en la que el protagonista asume que nunca antes vio a nadie más joven, mucho menos a un niño. Educado en los férreos valores de una suerte de programación neurolingüística encaminada a evitar a los demás en forma y fondo, su llegada a Nueva York y, sobre todo, su contacto con un trabajo en el que debe ‘traducir’ películas mudas con rótulos a las palabras de ese presente, le generan un terremoto interior en el que son las palabras, precisamente, las que le impulsan a profundizar en esa actividad tan perseguida y tan peligrosa según las autoridades.

El Gobierno es, durante toda la novela, una sombra que planea sobre las actividades de los personajes y los robots. Todo parece pautado, controlado por esa legión de inteligencias artificiales que van desde los más “estúpidos”, capaces únicamente de barrer las calles, hasta los modelos, escasísimos, como el número 9 que toma contacto con Bentley y que se convierte, por supuesto, en otro de los pilares de la novela: Spofforth, un androide cuyo único deseo es asumir una de las características humanas que le están vetada por su programación, morir.

También hablamos de ese Gobierno que parece que está pero que, realmente, no está. “No funciona nada”, viene a decir Spofforth en algún momento del libro. Hacen más por el (presunto) orden de la sociedad la férrea educación y el condicionamiento al que se ha sometido a todos que unas autoridades que, ni siquiera en una cárcel, como veremos en algún momento, parecen del todo eficientes ni siquiera –y esto parece ser una novedad- cuando todo queda a cargo de robots.

De hecho, otra de las reflexiones que subyacen en Sinsonte es hasta qué punto podría funcionar un mundo robótico o de predominio robótico; o, al menos, en el que les hemos delegado nuestra propia esencia. Contemplamos maravillados los inventos y las situaciones próximas a lo ideal, como las patrullas de mantenimiento de carretera o de limpieza automáticas, los autobuses mentales (capaces incluso de comunicarse telepáticamente), etc. No obstante, también hay situaciones absurdas como las que vemos en los vigilantes del zoo, en la prisión o en ese faro al que llega Bentley en un momento del libro, donde hay una fabricación de tostadoras defectuosas en bucle que nadie puede detener.

Frente a esta población de metal están los humanos. Bentley es una rara avis, tal vez por su capacidad para leer e ir comprendiendo, a trompicones, algunas realidades olvidadas del mundo, entre ellas la propia libertad. Su sensibilidad le lleva a hacerse preguntas, a comprender hasta qué punto las drogas que están por doquier y el condicionamiento han despersonalizado a todos, con el macabro hito de los frecuentes suicidios colectivos a lo bonzo que frecuentemente ocurren antes sus ojos.

Esta huida mental del ecosistema imperante lleva a Bentley al zoo, donde entre animales robóticos descubre a otra especie de alma libre que es la tercera pata del banco de la novela, Mary Lou. Es una mujer que, aún más que él, ha decidido permanecer al margen del sistema de condicionamiento y drogas. Con ella, Paul aprenderá a liberar sus sentimientos, su sexualidad y su pensamiento, todo ello reprimido durante décadas… aunque eso, en este mundo, también constituya un delito.

Este es, a grandes rasgos, el planteamiento de Sinsonte, una historia de ciencia-ficción en la que la humanidad y el peso de lo humano aún tiene una última esperanza para evitar el final de los tiempos… para nosotros, claro.

Del autor, Walter Tevis (San Francisco, 1928-Nueva York, 1984), apenas tenía noticia. De hecho, solo al bucear un poco en la red para saber quién era y qué más hizo me sorprendo de varios hechos sobre él. Primero, la antigüedad de Sinsonte: se publicó en 1980 con el título en inglés de Mockingbird. Y me sorprende no porque ese año sea de la prehistoria necesariamente (que al fin y al cabo yo nací ahí también) sino porque llegué al libro precisamente por la recomendación como “novedad” por parte de mi biblioteca de referencia, por lo que di por hecho que sería mucho más reciente.

Imagino que lo novedoso ahora tiene más que ver con la excelente actualización de la editorial Impedimenta, que vuelve a ofrecer un ejercicio de belleza en su presentación y que, esto es lo importante, ofrece una edición estupenda, con traducción de Jon Bilbao que, a su vez, también es escritor, aunque eso ya es otro tema.Veo además que su obra no es especialmente extensa y se nutre principalmente de relatos cortos y de seis novelas pero, a cambio, algunos de estos libros han trascendido incluso la literatura porque se han hecho versiones cinematográficas muy exitosas.

Uno de los últimos ‘pelotazos’ a cuenta de sus páginas fue la serie de Netflix ‘Gambito de dama’, basada en su novela homónima de 1983. Pero a la estela de este título también encontramos El Buscavidas (The Hustler) (1959), El color del dinero (The Color of Money) (1984) y El hombre que vino de las estrellas (The Man Who Fell to Earth) (1963), algunas de las cuales con rostros tan conocidos como Paul Newman o David Bowie.

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