‘El amo’, de Santiago Díaz: reseña de un thriller que se devora

Hago memoria y no acabo de caer en la última vez que devoré más de 300 páginas en apenas 48 horas. Porque poco más, si acaso, me ha durado El amo, la última novela de Santiago Díaz, recién salida del horno.

El amo es la segunda parte de la serie Jotadé, en honor al protagonista de esta nueva trilogía del autor: Juan de Dios Cortés —Jotadé—, un investigador de la Policía de origen gitano que añade a sus métodos expeditivos toda la herencia de su etnia.

Santiago Díaz es uno de los escritores del momento. Versado en el mundo de la guionización de series y películas, su labor a la hora de trasladar al papel lo que sale de su cabeza es claramente deudora del mundo audiovisual. Eso se hace evidente en El amo desde la primera página, en la que asistimos a una macabra escena, administrada de forma directa y sin concesiones: cómo el cadáver de una adolescente es abandonado en una parada de autobús de Madrid. Y, aunque la gente sigue con sus cosas, nadie repara en ella durante bastante tiempo.

Es solo un punto de partida, pero, desde ese momento, ese ritmo y esa truculencia van trazando unas páginas que no se leen: se devoran (segunda vez que uso el término) a medida que el equipo policial progresa en su labor. Es así como van desentrañando los pasos de un psicópata para quien esta chica no es sino una más dentro de un desarrollo maníaco de décadas.

Al final, este nicho de las novelas de investigación o novela negra está tan en boga en los últimos tiempos que es complicado hallar espacios originales. No sé si este planteamiento de rapto y asesinato de jovenzuelas es del todo inédito, ni siquiera todo lo que gira en torno al asesino (que es algo que se sabe muy pronto, además), pero el oficio del escritor madrileño le confiere al asunto una crudeza y varias capas de profundidad adicionales que, definitivamente, acaban por hacer sobresalir el libro.

Una de ellas es el trasfondo de los personajes. El protagonista se erige como tal y, ciertamente, en este segundo libro de su serie (no he leído el primero aún), es evidente que se gusta en semejante rol. Si habláramos de cine, diríamos que se come la pantalla. Y eso, aunque hay mucho de tópico en su gesto, en su mirada al mundo y en su deambular por la trama. Convendremos en que la figura de un policía gitano no es algo habitual, y esa paradoja implícita es uno de los engranajes de la novela para activar ciertos resortes en momentos concretos.

Tal vez haya algo de sobreactuación en su porte, pero esa visión del mundo, esa agilidad mental, esa lengua afilada y una intuición y sociabilidad extremas resultan trascendentales para que Díaz conduzca la narración hacia donde pretende.

Es un espacio en el que el autor parece sentirse cómodo. No podía ser de otra manera. El libro no deja de ser un ejercicio en el que aborda multitud de planos, hasta el punto de que uno llega a dudar en algún momento de que sea capaz de cerrarlos adecuadamente. Sin embargo, todo está muy bien hilado y, fruto de ello, no se le ven las costuras a la hora de atar los cabos que va dejando por el camino. Todo cuadra, y lo hace bien, que no siempre ocurre.

Decía que Díaz se maneja con soltura en este contexto. Eso es evidente en el caso del asesino. Dotarlo de credibilidad es algo que se beneficia de esta zona de confort desde la que se escriben estas páginas. Y también porque es un escenario recurrente. De hecho, la figura de Jotadé asume el protagonismo después de haber sido —leo— un secundario en la que fue la primera trilogía de Santiago Díaz, en la que el foco se ponía sobre otra inspectora del cuerpo, Indira Ramos. Es decir, compartimos un universo común en el que, al parecer, hay bastante que contar.

En este caso, Indira no es más que un recuerdo, pero no así el trabajo en equipo de los investigadores. La estructura del libro les abre la puerta a que todos ellos tengan voz en algún momento, dado que el desarrollo consiste en capítulos cortos, muy cortos, en los que se describen las andanzas de unos y otros, intercaladas. La fórmula, por recurrente que sea, no deja de mostrarse efectiva. Es verdad que se me hacen demasiado breves los episodios, pero no es menos cierto que buena parte de la agilidad de lectura tiene mucho que ver con eso, precisamente. X en la quiniela, por tanto.

Por ser justos, tampoco me convencieron del todo algunos de los capítulos de cierre, en los que la tensión narrativa de la persecución asesino-policía ya ha quedado atrás. Es como si se abriera la puerta a otra novela, igualmente ágil, pero con una carga emocional y argumental que ya no me interesa tanto. Sirve en algún caso para cerrar tramas, pero creo que hay demasiado espacio. Como quiera que el libro es frenético, puede que todo esto choque un poco, pero no es un problema porque, a poco que uno empatice con el elenco, seguramente estará interesado en ver en qué punto dejan la historia…

…para lo que venga: al menos una tercera entrega segura, aunque sin fecha. La buena acogida de la comunidad lectora augura buen material futuro. Al menos en mis bibliotecas de referencia, sacar algún libro del autor —ya sea de esta saga o de las previas, por lo que veo— es complicado.

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