Perlas, ratones y hombres: dos notas de Steinbeck

De ratones y hombres y La perla es el doblete que he leído en las últimas semanas de la obra de John Steinbeck (Salinas, California, 1902 – Nueva York, 1968). Es mi primer acercamiento a su bibliografía, una trayectoria que, además de presentar títulos tan icónicos como Las uvas de la ira, Al este del Edén o los que nos ocupan hoy, se adorna con premios como el Pulitzer (1940) o el ‘inmerecido’ Nobel (1962).

Estos libros a los que quisiera rendir hoy el recuerdo recogen, por lo que leo de su biografía, a un bagaje que adquiere a partir de una polifacética existencia en la que tuvo mucho contacto con algunas de las comunidades que describe en sus páginas. Es el caso de los campamentos de trabajo donde halló esa mezcolanza de esperanzas, rudezas, bondades y miserias. O de la serie de proyectos personales en los que se fue embarcando y que no siempre salieron como hubiera deseado. Bueno, son algunas notas muy superficiales acerca de una historia, la suya, con inmensa influencia en sus letras.

“Atado a la tierra pero aspirando a volar”, parece que él mismo resumió acerca de su propia existencia. Y mucho de eso hay en el trasfondo de estas dos obras de las que hablamos hoy. Es cierto que discurren en contextos y por vías muy distintas, pero es innegable la desazón que comparten y la humildad de sus protagonistas, decisiva en sus respectivas historias. En definitiva, retablos con tintes pesimistas y que remiten y muestran, de hecho, infinitas miserias en el trato a los semejantes, sean o no los protagonistas o no de las novelas.

De ratones y hombres (1937), por seguir el orden de lectura que seguí, tiene mucho que ver con la experiencia personal del joven Steinbeck en los años posteriores a la Gran Depresión, momento en el que, al parecer, fue penando por ranchos de medio pelo de California. Ese es el escenario en el que ubica a George y Lenni, dos hombres que van deambulando juntos por Estados Unidos para ganarse la vida.

No solo eso. Aunque el motivo tardará aún en conocerse, es obvio que los dos van huyendo de algo. En un contexto de buscavidas, de solitarias y aisladas existencias, todos se hacen preguntas, pero pocos buscan o dan respuestas. Y esta pareja tan peculiar resulta llamativa, sobre todo por la imponente presencia de Lenni, de físico impresionante, grande, fuerte y un retraso mental que George, sin que se aclare realmente la relación que les une, motiva que intente cuidarle de alguna manera en todo momento.

Con su llegada a una nueva granja y de su integración con los compañeros, los dueños es como empieza a desmadejar la trama de una obra que fue concebida como teatro pero que, décadas después, se ha consolidado como una de las obras cumbre de la literatura estadounidense.

De ratones y hombres no está exenta de cierto cuestionamiento. De ahí que hubiera voces que consideran exagerada la concesión del Nobel para el autor en su momento. Se entiende que el lenguaje vulgar que usan los personajes, las situaciones que describe y la presunta falta de calidad (tanto aquí como en toda su obra) devalúan la concesión del galardón que llegó años después. Lo cierto es que por su influencia posterior, el éxito que tuvo y sobre todo, la reflexión en torno a los grandes temas de su momento -algunos extrapolables al día de hoy-, el único veredicto es este: hay que leer el libro sí o sí.

Creo que estas novelas tienen un mérito que va más allá de la finura de las letras: la capacidad de transmitir la compleja psicología de sus personajes. La capacidad de empatizar y de despertarnos algo en el interior. Eso sucede en La perla, otra de las obras cumbre de John Steinbeck. Publicada en 1947, la narración gira en torno a una familia mexicana que, como muchas de su zona, se gana la vida buscando perlas.

No es un trabajo agradable ni que le reporte grandes beneficios, lo justo para ir viviendo. Pero sí que se introduce en la ecuación una esperanza, que es la de encontrar un ejemplar singular que tenga un valor extraordinario y que le permita abandonar una situación próxima a la pobreza. Esta promesa, casi un acto de fe similar al que muchos encuentran en las loterías, es algo permanente en la mentalidad de Kino, el protagonista. Que, por otra parte, y casi como la lechera que va construyendo castillos en el aire, fantasea con todo lo que le traerá el ansiado descubrimiento.

Al final, la magia sucede y obtiene el premio gordo.

Pero, para sorpresa de nadie, todo se va a torcer. Por él, por una parte. Su permanente obsesión con la perla perfecta y lo que le podría traer le instalan en una especie de trance materialista. Lo que en principio parece un salvoconducto hacia una casa mejor o una educación para su hijo recién nacido se acaba convirtiendo en una espiral de desconfianza e inconformismo al que, como lector, uno asiste con el corazón en un puño. ¿Hasta dónde va a llegar este hombre?

En paralelo, la comunidad en la que viven, muchos de ellos con la misma ocupación, también va a ir variando su actitud con Kino y su familia. Desde la curiosidad hasta la envidia y, directamente, a la violencia más atroz. La perla maldita, podría decirse. Tampoco ayudan mucho a este contexto los tejemanejes de los mercaderes de perlas que no dudan en actuar sin escrúpulos para obtener la tan ansiada joya.

Al margen del protagonista, y por mucho que queramos resumir la trama, hay que decir que si La perla es un libro con tanta fuerza y capacidad de impacto es porque la mayor parte de los intervinientes se presentan con nombre y apellidos. Por ejemplo con su mujer, Juana, capaz de percibir esta dinámica destructiva, hasta el punto de lanzar la perla nuevamente al océano. Pero incluso la turba parece un monstruo individual.

Hay personajes que revuelven el estómago, como ese médico capaz de dejar morir al hijo de la pareja si no se le paga la cantidad que le contente. En realidad, esta oscuridad que se cierne sobre la acción acaba afectando a todos, hasta el punto de que no será sin extrema violencia y muerte como se vaya a resolver todo. ‘La perla de todos los tiempos’, como se la menciona.

Si en De ratones y hombres nos llegaban las reminiscencias del Oeste americano más pleno de testosterona con todo lo que eso implica, aquí la cuestión radica no solo en la dureza del ecosistema y la pobreza de sus protagonistas como en una cuestión racial, dado que entendemos que es un lugar en que la población autóctona, como Kino y su comunidad, ha quedado relegada a la nada.

Todo esto es tan realista dentro de lo ¿fantasioso? de las tramas que imagino que hay que dejar reposar un poco el estómago antes de encarar próximas novelas. No es una lectura agradable por eso. Otra cosa es la literatura, una redacción clara, cuidada y despojada de algunos vicios que me lastran un poco el gusto en novelas estadounidenses como una cierta condescendencia que en este caso se presenta un tanto desnuda, simple, sin llenar más páginas de las necesarias y planteando un mundo tan real como pesimista.

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