
Es habitual que un visitante habitual de estas páginas encuentre algún que otro balcón hacia gente rota que protagoniza un libro, una película, una serie (¡hola, Kevin, Nora!), etc. Pero aún no deja de sorprender que una situación personal delicada ofrezca tanto magnetismo en pantalla como para que nos siga provocando un sentimiento a caballo entre la empatía y el morbo. El objeto de este texto de hoy es ‘The Virtues’, una miniserie británica de apenas cuatro capítulos que condensa en cada minuto del metraje el drama de un personaje atormentado en su presente por las vivencias del pasado en un orfanato.
Es una serie que retrata el trauma, el dolor invisible e invisibilizado -cada vez menos, eso sí- de quienes, a una situación de vulnerabilidad en vida se le sumó una capa adicional de sufrimiento, en este caso esa sensación de abandono, desamparo y sumisión.

La serie se ubica en la actualidad. El protagonista, un hombre divorciado, cuya única ilusión es un hijo que para colmo se va a vivir con su madre a Australia, pierde frecuentemente el control por la bebida. La autocompasión acaba en vómito y en ello se le va la dignidad de hacer frente a una realidad que le acaba hundiendo. Los recuerdos cada vez le pesan más. Su caída al patetismo más bajo genera un sentimiento de pena: ese hombre es alguien a quien compadecemos y al que seguramente nos gustaría echarle una mano; sin embargo, querremos tener lejos las malas vibraciones que transmite.
El único faro que alumbra esta borrascosa travesía por la escarpada costa de su existencia le lleva a abandonar Liverpool, donde ha desarrollado su edad adulta, para buscar a su hermana en Irlanda, donde había nacido. Sucede, no obstante, que llevan 30 años sin verse y apenas sin hablarse, con lo que ella tiene que hacer frente de golpe no solo a la ‘resurrección’ de quien creía muerto sino a cargar con una psicología muy próxima al apagón que amenaza con explotar en cualquier momento.
No es, sin embargo, el único drama que habita en el contexto de esta mujer. Su cuñada también replica esta ansiedad extrema heredada de un pasado igualmente doloroso. Es un alivio y casi enternecedor ver el acercamiento entre el protagonista y ella, pero en esa comprensión mutua surge también la sospecha de que hay fuerzas incontrolables que les guían y que sabotearían cualquier intento de redención. El cómo se va desmadejando el argumento, cómo vamos conociendo y profundizando en sus respectivos pasados auguran un final de la producción en la que seguramente nada podría haber sido de otra manera. O sí, quién sabe.

The Virtues tiene “los mejores 20 minutos de la historia de la televisión”, según indica Filmin parafraseando, a su vez, a alguna reseña de alguien que se vino muy arriba. Más allá de hipérboles, lo cierto es que las cuatro horas que dura la serie te dejan del revés y eso tiene mucho que ver con la maestría con la que los acontecimientos se desgranan, a veces de forma imperceptible, y cómo vas entendiendo cada vez más ese sufrimiento, ese dolor, ese abandono. Y sobre todo, el mensaje de desesperanza que es capaz de impregnar en el visionado.
Tampoco podría entenderse la producción de no contar con un actor que está sencillamente en estado de gracia durante todo el minutado. Se trata de Stephen Graham, un prolífico actor británico del que las biografías (Wikipedia, por ejemplo) resalta su “capacidad para interpretar personajes complejos y violentos”. A fe que aquí clava tal cosa. Y debe hacerlo bien porque un vistazo a su filmografía resulta casi abrumador. No para.

Sus compañeras de elenco no parece que tengan de momento semejante bagaje. Niamh Algar en el papel de Dinah -la cuñada- y Helen Behan interpretando a su hermana Anna comparten el origen irlandés y una carrera que ha discurrido mayormente por proyectos televisivos. De hecho las dos tienen algún premio por ello. Lo cierto es que aquí actúan con una solvencia y una intensidad memorable, capaz de dar réplica al protagonista y contribuir a esta desazón que transmite la serie.
Y créannos que es necesario rayar a ese nivel para impactar en una serie que entra sin remilgos en esa dureza personal y familiar que sobreviene en un contexto de orfandad y abuso. Además, en una instalación católica, con lo que representa eso de denuncia: cómo una situación recurrente así es capaz de quebrar individuos y familias enteras.
