
Con aire de reseña póstuma, esto es, al borde de que la señora Fundación Mapfre eche la cancela de la muestra, me atrevo a desafiar a quien no haya visto aún la última exhibición fotográfica de su sala Recoletos para que saque un rato para contemplar el trabajo de la japonesa Sakiko Nomura [aquí su Instagram] (Yamaguchi, 1967). Bajo el título de ‘Tierna es la noche’, quedan unos días, hasta el 11 del presente, para asomarse a un trabajo que he de reconocer que me deja un poco frío por los motivos que expondré, pero que supone igualmente un argumento para celebrar esta pasión global que es la fotografía y que, en este caso, nos llega con una óptica muy diferente a la que habitualmente programa la Fundación.
Y es que la primera barrera que Nomura echar por tierra solo con el hecho de la comparecencia es el de su propio sexo: si ya en muchos sectores el género es un problema de partida para sobresalir aunque haya un talento innato, es el de Japón un contexto particularmente complejo para una mujer. “Abandonar el anonimato” en tal situación es difícil y por ello la exposición tiene esa doble vertiente: la calidad fotográfica y el tesón que se le supone a ella para hacerse un nombre. Tal es así que los textos de sala nos indican que solo a partir de los 90 comenzó a abrirse la situación y no siempre para bien, con comentarios despectivos y una cierta mirada llena de resquemor.

Frente a ello, Nomura antepuso la fuerza y la potencia de unos temas inesperados y que adquieren un notorio peso también en Madrid: los desnudos, principalmente masculinos, imágenes casi siempre en blanco y negro de hombres jóvenes y atractivos a los que reta con la lente a un juego a medio camino entre lo provocativo y lo inocente. Rostros que miran confiados a la cámara, siluetas que se dibujan, intensas, sobre un lienzo en blanco y negro que a veces pierde la excelencia técnica que uno supone a la imagen moderna en favor de desenfoques medidos y un grano perceptible en la imagen. Experimentación, en muchos casos, que también invita a la reflexión: ¿sería igual la sensación de contemplar esta serie si en vez de hombres fueran mujeres las protagonistas de esta fotografía? Ahí lo deja ella.

Decía al comienzo que no acabo de empatizar del todo con la artista, y en buena parte tiene que ver con la serie ‘Vuelos nocturnos’. Imágenes de aviones despegando, neones, luminosos o en general todo tipo de luces nocturnas con halos, desenfoques y juegos de obturación extremos que imprimen tomas con un rictus onírico y fantasmagórico, algo que se alterna con esos desnudos para lanzar un mensaje algo más ‘picante’ y lleno de tensión erótica. Puede que sea una foto más compleja y que necesite algo más de estudio previo para captar todos sus matices, pero no me llegó tanto. Por eso invito desde ya a que, quien no haya ido, que no pierda la ocasión. Seguro que hay algo interesante y que merece la pena ahí.

Dentro de la relativa abstracción a la que introduce este conjunto, Fundación Mapfre propone un recorrido en el que a medida que uno anda todo se va percibiendo como más fácil para los iniciados. Bien, ‘Flores’ no esconde nada en su nomenclatura, pero presenta imágenes en las que las plantas son el objeto a través del cual se articula su particular concepción de la vida y la muerte. En este caso las imágenes delatan una generosa artificiosidad en su trabajo previo. Da igual, porque el universo que transmite es claro: la fugacidad de la vida, lo transitorio de la belleza y la victoria de la decadencia. No hemos dicho que fuera algo especialmente alegre, no nos miren así.

Otra de las características de Sakiko Nomura que se resaltan en la sala Recoletos es su versatilidad. Amparados bajo el epígrafe ‘Miscelánea’ y con esa dosis de oscuridad y de penumbra que, por qué no, se puede considerar un hilo conductor de toda su obra, se hallan imágenes de muy diversa índole, desde escenas donde los animales son los protagonistas; miradas hacia temas clásicos del Japón, como el kabuki -cito textualmente desde los textos de sala: “género dramático japonés que se originó en Kioto a principios del siglo xvii”; peregrinos tatuados en su camino al monte sagrado del Oyama; amaneceres y crepúsculos; y, en una clara alusión a la experimentación más pura, fotografías solarizadas que abren la puerta de una realidad alternativa para quienes contemplan la escena. Incluso hay vistas de Granada, que algo nos tenía que tocar de cerca también. En definitiva, uno de los catálogos más eclécticos de cuantos fotógrafos han pasado por Madrid en los últimos años.

