La nueva vida en China, el aperturismo al que obliga casi el caudal humano, deja historias mínimas de personas y familias que van y vienen y, sobre todo, que se mestizan con otras razas, otras culturas y, de una forma inmaterial y plenamente abstracta, son un organismo vivo a través del tiempo. Ciudades chinas, por hablar de lo estrictamente geográfico, que también han evolucionado, que fían su perfil a un cielo cada vez más silueteado por inmensos edificios y rascacielos, gigantes a cuyos pies alfombran la tierra millones de personas. Las que protagonizan Shanghailanders, la novela de Juli Min editada recientemente en español por AdN, no deja de ser una de estas nuevas familias que nace de la diáspora, pero también de un cierto acomodo económico, en este caso.

La novela gira en torno a un matrimonio que arrastra décadas de rutina, sacrificios, victorias, derrotas y concesiones mutuas. Tres hijas, cada una con sus respectivos dramas, querencias y obsesiones, nos conducen la historia al inicio de la misma, en el año de 2040. A partir de ahí, la trama va haciendo un recorrido histórico pero en sentido inverso, esto es, añadiendo capítulos-escenas que se desarrollan en otros puntos del pasado previo -incluso cabe la pandemia de 2020- y que cierran la trama en 2014.
Esos saltos temporales reubican la película y van desenmarañando la madeja del contexto: las adolescentes son niñas primero y un proyecto lejanísimo al final, por ejemplo. Las ilusiones de los cónyuges, las ambiciones y las relaciones con sus familias y los demás también va moldeando un libro que, más allá de este anecdotario, de esta ventana abierta a la intimidad familiar, no es que te cuente un relato o una trama que sea apasionante, aunque en el buen hacer de la escritora, sí he de reconocer que su estilo hace que te interese lo que cuenta, que ya es bastante.
En este mosaico que propone aparece no solo la familia sino algunas otras figuras que han estado cerca: un chófer, una nana, unos amigos… ellos son secundarios con líneas de texto cuyas vidas, en contraposición con el estatus del matrimonio protagonista, van esbozando sutilmente cómo la vida va cambiando en un entorno tan especial como Shanghai, una megaciudad del presente que hace décadas no era más que una aldea costera.
La ciudad, cuyo gentilicio da título al libro, es pues un escenario que, aun con ese protagonismo que le concede la portada, realmente no es más que un telón de fondo en el que lo que se cuenta sucede como si tales cosas no pudieran ocurrir en ningún otro lugar del planeta. Y eso que estas páginas dan al lector pasajes en Francia o Japón, por ejemplo, naciones ambas que confluyen en la sangre de la mujer. Es un poco como acabar el libro: igual no te llena tanto durante la lectura aunque no puedas parar de leerlo, pero el poso final y el recordar detalles al hacer la reseña me hacen pensar que el viaje (temporal incluso) ha merecido la pena.

Toda esa mezcolanza de personas, nacionalidades y lugares refleja la biografía de la autora. Juli Min es coreana americana, aunque reside en la ciudad protagonista del libro que, por cierto, es su primera novela. Un excelente comienzo que rehúye de las narraciones más blanditas que auguran temas similares y que consigue salir airosa de esta peculiar traza argumental y temporal que propone. Habrá que seguirla de cerca.
