Shatter Belt, distopías a la sombra de Black Mirror

Con el inevitable referente de Black Mirror como fondo, Filmin ha tenido a bien acercarnos otra antología distópica que pone en pantalla diferentes escenarios en los que la tecnología, la ética o la condición humana configuran una realidad alternativa y, de alguna manera, compleja y angustiosa. Shatter Belt, no obstante, intenta despegarse de las comparaciones y ofrecer un espectáculo propio lo que, como veremos, no acaba de funcionar bien del todo.

Esta primera temporada -y hasta el momento, única- consta de cuatro episodios autoconclusivos de, aproximadamente, 30 minutos de duración; es decir, duran la mitad de los de Black Mirror. Eso marca distancia porque ofrece tramas más compactas, una acción más directa, y elimina casi cualquier plano superfluo. La narración, no obstante, no acaba de fluir del todo porque en tan poco tiempo y pensando que todos los capítulos ofrecen contextos que difieren de nuestro aquí y ahora, dejan demasiado espacio a los sobreentendidos. Forma parte de las reglas del juego, qué duda cabe, pero en mi opinión se dan demasiadas cosas por supuestas y cuando se explican, de manera más o menos explícita, no acaban de resolverse bien del todo, bien por exceso o por defecto.

Esto resulta especialmente significativo en el primer episodio de la serie, ‘El duro problema con Carl’. Se trata de una reflexión acerca del poder que pueden ejercer diferentes dispositivos electrónicos sobre los seres humanos. Un relato a medio camino entre la ciencia-ficción y el terror en el que los actores, especialmente la protagonista, ofrecen actuaciones un pelín excesivas y con escenas directamente inverosímiles.

El segundo, ‘Immotus’, replica esta pretendida intensidad actoral que, en este caso, gira en torno a una manzana. Pero no a una manzana cualquiera. En un momento dado alguien, en una oficina, se da cuenta de que hay una manzana que permanece inalterable día tras día, semana tras semana: no se deteriora, nadie la mueve, siempre está ahí. La historia se hace viral y de repente tenemos a todo el equipo de un canal de televisión o una productora pivotando toda su actividad en torno a la enigmática fruta y a cómo todos, alrededor, se ven incapaces de romper el hechizo. No por fantástica me parece mala la premisa pero entre la intensidad de los diálogos, la sobreactuación de muchos personajes no acaba de engancharme la historia.

En ‘El especimen’ se cruzan dos historias paralelas: una investigación arqueológica y las vivencias de un hombre aparentemente sin suerte. El montaje es tramposos y juega con la ilusión de que son coetáneas. Es así como vamos hilando los cabos sueltos que ofrece este señor que, sin suerte y sin mucho dinero, se las ve y se las desea para hacer malabares contables para salir al paso.

La cuarta historia de Shatter Belt es ‘Perlas’. Es la que más me ha gustado, quizá porque la vi a la hora de cenar y me congratulé de estar ante un anodino bistec y no encerrado en semejante embolado. La trama gira en torno a una cena en la que participan dos directivos de una empresa y una pareja de empleados a los que se les premia el trabajo, de alguna manera. Una cena carísima y casi clandestina, con cocina-ficción de platos y elaboraciones que crecen ante ellos, sustancias imposibles y texturas indefinibles. El efecto ‘guau’, supongo. El caso es que, planteado como una especie de viaje, a lo largo de la velada se van sucediendo las más estrambóticas experiencias culinarias con puñales que van y que vienen y que concluyen en un final raruno, marca de la casa.

Más allá de las consideraciones temáticas, lo cierto es que la propuesta de Shatter Belt representa una valentía inusual en un género en el que la sombra de BM es muy alargada. Detrás de la producción está el director James Ward Byrkit, uno de los referentes del momento por su película Coherence, considerada casi casi de culto.

En este caso, Byrkit aspira, según recoge Filmin en el artículo con el que presentó la serie, a erigir algo próximo a la franquicia con estos episodios que, “probablemente no asustarán a ningún espectador, sino que los transportará a un lugar nuevo y extraño en sus propias mentes, o tal vez cuestionará la realidad de una manera que los inquietará antes de ir a dormir».

El cineasta no duda en recurrir a la carta de la metafísica, de lo abstracto, para (no) explicar la física subyacente detrás de los sucesos que se narran: “Intento que se basen en un aspecto pulp entretenido que pueda gustar a un público amplio, así como a los súper nerds que quieren aprender sobre estas ideas más profundas sobre cómo está construido el universo”, explica.

Deja un comentario