Salvo contadas excepciones la novela negra -o el género noir, como se dice ahora- no es una de mis prioridades literarias. Vaya por delante la dispensa por si lo que procede a continuación responde a mi desconocimiento del medio. Pero lo cierto es que si hablamos de sensaciones, algo troncal a cualquier análisis de libro, reconozco que hay poco rescatable en la experiencia de un viaje por las páginas de El crimen del fiordo, de Ragnar Jónasson (Reykjavík, 1976).

Me cuesta mucho abandonar la lectura de un libro. Es cierto que cada vez tengo menos miramientos con ello, sobre todo a medida que las obligaciones elevan el valor del tiempo libre. Por eso estuve muy tentado de darle puerta a esta novela y si la seguí fue, principalmente, por dos motivos: el estilo ligerísimo de la narración, más propio de un libro juvenil y que hace que te lo ventiles en dos ratos; y el morbo de ver qué diantres había pasado con la víctima del crimen que da nombre a la obra y en torno a cuyas pesquisas gira todo lo demás.
El contexto: una noche fresquita de una remota localidad del norte de Islandia aparece muerta una adolescente. Todo parece indicar que ha caído desde un edificio próximo, tal vez empujada, tal vez un suicidio. La joven, no obstante, parece una estudiante modelo, puede que un poco antisocial pero sin que, al parecer, se haya salido nunca del tiesto en ninguna faceta. Vamos, una niña bien, más bien inocentona.
El encargado de llevar a cabo la investigación es Ari Thor Arason, de quien me entero por la contraportada que es el protagonista de una serie de novelas como esta, que responde al nombre de ‘Islandia Negra’. De hecho parece que el autor concluye con el tomo que nos ocupa esta colección de seis volúmenes. Si el punto de partida les parece más o menos convencional, poco más o menos sucede con el detective: un solitario que parece estar sin acomodo tras un divorcio y… bueno, no mucho más. El personaje se me presenta como de una planitud extraordinaria: sin sangre, sin intuición, no sé, difícil que te enganche por algo. Ni siquiera la tan cacareada claustrofobia de un invierno islandés te transmite nada: escenarios de cartón piedra.
La historia, como ven, ni fú ni fa. El desarrollo de la trama es bastante anodino. La investigación avanza, claro: les adelantamos que al final habrá un desenlace. Pero es que ni siquiera las trampas o los anzuelos que va colocando el autor resultan eficientes. En muchos casos, el supuesto giro tiene más que ver con lo que aporte algún secundario que con el trabajo mismo del policía. Le descubren pistas, le ponen sobre el camino a seguir pero para ser un comisario con cinco libracos de truculencias a sus espaldas parece más bien tontorrón. Para ser el personaje protagonista de una saga de libros me sorprende que haya más de un tomo dedicado al mismo.

Pero si ni aún con todo les convenciera de que la obra es mala, les puedo aportar un argumento que me he molestado aún más: la absoluta condescendencia para con el lector. Me ha parecido una lectura que insulta en cierto modo al que abre la novela: da todo mascadito, te explica todo, incluso lo que nos importa un pimiento, caso de sus relaciones o el que le gusten los bollos de tal o cual tipo. Los diálogos son insulsos. Y ojo, que todo esto me lleva a decirles que, sinceramente, no digo que la novela sea mala, que tal vez no lo sea, pero sin querer pecar de ser un pedante, se trata de un libro de bajo nivel, el que uno se llevaría a la playa o a la piscina sin más expectativa ni temor de que alguna página se quede manchada de salitre o de crema solar.
No defiendo necesariamente las lecturas sesudas, o filosóficas, o que se pierdan en un léxico inabarcable o una retórica exacerbada, más bien al revés: me gusta ir variando de registros. Pero de verdad pienso que esta novela, si fuera capaz de meter alguna frase subordinada, de reducir al mínimo esa condescendencia o de darle algo más de empaque a los personajes, podría merecer la pena. Pero claro, seguramente ya lo habría escrito otro.
«Una de las mejores series de novela negra», dice la editorial que dice The New York Times. Pues vale. Si esto es la tan afamada literatura nórdica de crímenes, me bajo en esta parada.
