El martirio de la joven. Akira Yoshimura en plan Edgar Allan Poe

La muerte es el tema que planea con su eterna y sombría presencia sobre todas y cada una de las páginas de El martirio de la joven, de Akira Yoshimura (Tokio, 1927–2006). No es una sorpresa dado que ya en la contraportada se nos avisa de tal circunstancia pero, aún yendo avisado, llama la atención la proximidad casi material de la parca en cada escena.

El libro incluye dos novelas cortas que tienen en común esa muerte como telón de fondo aun desde dos enfoques muy distintos. La primera historia, que es la que da al libro su nombre principal, nos sitúa en un plano de la existencia (o de no existencia, más bien) en el que asistimos al cómo una joven recién fallecida asiste a las vicisitudes que se desarrollan en torno a su cuerpo.

El relato no puede ser más frío en todos los aspectos. Hay pocas páginas pero ciertamente se transmite una amargura existencial que empequeñece la anécdota fantástica del narrador imposible. Desde la actitud de los padres de la adolescente hacia el cadáver de la hija, el traslado en el coche fúnebre de un lado a otro, la experimentación con su cuerpo en una facultad de Medicina o el destino final de sus restos. Se trata de un proceso compartimentado y aséptico al que nosotros, lectores, asistimos con cierta incomodidad, algo de morbo y no poca vergüenza por la intromisión que supone colarse en los pensamientos más íntimos de quien ya no está.

El libro transmite una amargura existencial que empequeñece la anécdota fantástica del narrador imposible

Al hilo de lo estrictamente descriptivo también hay un plano que uno supone que corresponde a lo que Yoshimura detecta en la sociedad nipona que le toca vivir. Es algo como las ambiciones y las miserias de unos u otros personajes, la férrea presión de la familia o del honor sobre el día a día de sus ciudadanos, entre otras cosas.

Hay pasajes muy explícitos que no resultan del todo agradables y tal vez el punto de vista acaban siendo excesivamente fantasiosos. Personalmente no hallo mucha verdad en lo increíble de la propuesta pero si uno lo quiere ver como una crónica de lo subyacente tras la extinción de la vida y cómo se deshumaniza la misma existencia al expirar, vale; también podemos entender esta novelita como una especie de relato a lo Edgar Allan Poe, y también será un manera de leerla acertada. El angustioso devenir de los acontecimientos e incluso el final pueden constituir, por qué no, una especie de guiño a este autor.

Personalmente no hallo mucha verdad en lo increíble de la propuesta pero si uno lo quiere ver como una crónica de lo subyacente tras la extinción de la vida y cómo se deshumaniza la misma existencia al expirar, vale; también podemos entender esta novelita como una especie de relato a lo Edgar Allan Poe

El libro lleva como subtítulo Seguido de La sonrisa de las piedras, que hace alusión a la otra historia que incluye. En este caso los personajes, al menos, están vivos, lo que le aporta al conjunto algo más de credibilidad. Sin embargo, aparte de ese factor oscuro que tinta cada escena hay un continuo juego de ambigüedades y tiras y aflojas psicológicos entre el trío protagonista que transmite al lector una constante sensación de inquietud ante las intenciones de unos y otros. El vector que articula la historia es Sone, un antiguo vecino del narrador Eiichi, con quien coincide en la universidad después de haber perdido el contacto por años. Pese a su reticencia inicial, Sone finalmente se abre a su antiguo amigo y le hace partícipe de una peculiar labor: sustraer figuras votivas de tumbas abandonadas en cementerios casi olvidados para venderlas posteriormente.

A lo macabro y malrollista de la actividad se le une la historia personal de Sone, quien a la luz de las experiencias que confiesa se le pinta como una especie de demonio capaz de empujar a la muerte a las mujeres que le rodean en algún momento. Y eso trae por la calle de la amargura a Eiichi dado que en cierto momento es su propia hermana quien parece entrar en el juego. No quiero contar más. Si es mejor o peor que la otra historia no sabría decirlo. Personalmente me ha gustado algo más porque me parece algo más sencilla de creer y porque tiene ese tono de medida ambigüedad que amenaza con volver loco a quien busque certezas. Y eso es tan válido para Eiichi como para el que se lee desde la primera a la última palabra de la novela.

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Akira Yoshimura, “novelista y ensayista japonés” según todas sus breves reseñas en castellano, tiene una amplia producción de la que, no obstante, no nos han llegado más que algunos ejemplos a nuestro idioma. Al margen de ‘El martirio de la joven’, la propia Marbot ha editado también la que parece ser su obra más reconocida, Naufragios. También es posible encontrar Libertad bajo palabra.

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No conocía la editorial Marbot, que es la que en el momento más efervescente de la pandemia, marzo de 2020, publicó este libro. He de decir que el formato me ha encantado. Se trata de un objeto suave, blando, de esos que hay que soltar con reparos en una mochila so pena de verlo deteriorado por el roce o perdido entre los mil papeles y cosas que pueden compartir el espacio. Me gusta el estilo de la(s) portada(s) del catálogo aunque he de decir que, pese al gran trabajo de traducción que hay detrás, que imagino que no resultaba especialmente fácil en esta ocasión, he contado cuatro o cinco erratas que me han sacado a veces de la narración.

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