Succession, un nido de víboras hipnótico

“Esta familia es un nido de víboras…”

Y lindezas como esa constantemente, en palabra, obra y omisión.

Y puñaladas. Muchas puñaladas. De todos contra todos. Si son por la espalda, tanto mejor.

En cierto modo, también aquí hubo una boda roja, antes de la boda roja que todos conocemos.

Y sí, hay un cuñado de por medio, pero realmente eso casi es lo de menos. Ellos solos se bastan.

Succession. La enésima obra de arte que HBO eleva a la categoría de imprescindibles. Desde una premisa que despertaba algo próximo al escepticismo pero que, capítulo a capítulo, va enroscándose en torno a nuestra atención para hacernos clic con una producción que, a veces por inverosímil y excesiva, nos deja pegados a la pantalla y presa de la paradoja: estaremos saturados pero querremos más y más.

Succession cuenta la historia de la familia Ray, cuyo patriarca, Logan Ray, es un magnate de los medios de comunicación de Estados Unidos. Un hombre con mucho poder y con el dinero por castigo, sin muchos escrúpulos, maquiavélico e inmisericorde con propios y extraños, que se ha hecho a sí mismo y que dirige su conglomerado con mano de hierro. Sucede, no obstante, que la edad no perdona y es precisamente en la cercanía de su ochenta cumpleaños como le vamos a conocer en la serie. Eso, y una serie de problemas de salud ponen en marcha las alarmas entre sus herederos.

Que, ya lo habrán imaginado, son pijos hasta decir basta y tampoco son angelitos.

No llegan al nivel del padre y eso marcará el devenir de la producción casi de principio a fin. Porque en realidad toda la trama que propone Succesion no es ni más ni menos que la lucha intestina del padre para prolongar su reinado pese a todas las tretas que sus hijos van urdiendo para usurparle el trono. Algunas, muy chungas, que ponen al límite los lazos familiares.

He de reconocer que, al menos tras ver la primera de sus cuatro temporadas, aún no sabía si la cosa era un drama o una comedia. Hay momentos surrealistas, increíbles, instantes, diálogos y escenas que nos pillan tan de lejos en forma y fondo que uno no puede más que alegrarse de haber caído en un lugar y contexto muy alejado del que se describe, por mucho que pueda tener de fantasía imaginarse con dinero casi ilimitado.

Como suele suceder en estas series de HBO, y más entre las que más éxito han acaparado, existe una construcción de personajes muy bien trazada que delata un constante equilibrio entre la complejidad que todos tenemos y que desembocan en reacciones imprevisiblemente personales ante lo que va sucediendo. Pongamos por caso al padre, un tipo malencarado que ejerce la tiranía en su empresa pero también en su entorno más próximo, una persona que debe lidiar con la presión de su imperio, la presión de su edad y las ambiciones desmedidas -cuando no directamente peloteo- de quienes le rodean. Una persona, en definitiva, que inspira temor, y con razón: todos temen ser el centro de la ira “del viejo”.

Los cuatro hermanos, telita también. Tenemos a Kendall que, en principio, pareciera el más centrado, el más preparado y de hecho, es el primogénito y el que asume con mayor naturalidad el presunto derecho a suceder a su padre. Pero sucede que este Ken carece de la característica que rebosan el resto de personajes: el instinto asesino, el ser un tiburón. De hecho, en no pocos momentos será él mismo la carnaza y aunque el poder que ostenta por su apellido, su dinero y sus ideas poco convencionales le den un giro a la serie un tanto estrambótico, sus intentos de auparse a esa falta de piedad en muchos momentos resultan casi ridículos a ojos de los demás.

Eso desemboca en un personaje que va dando tumbos a lo largo de la serie desde sus retazos de despiadada actitud hasta los hundimientos más destructivos. Se convierte en un paria. Resurge, y así, en un ciclo que para el final de la serie habrá conocido varias subidas y bajadas que son material de peso para que sus sucesivos ‘rivales’ se lo echen en cara a medida que avanza la serie.

La psicología de Kendall es tal vez la más trabajada dado que tiene bastantes frentes abiertos en su cabeza. La empresa, estas peleas de poder, sus nuevos proyectos, la relación con su mujer, sus hijos, la relación con las adicciones que van y vienen… hay algo en sus ademanes y su forma de hablar como obsesivo, robótico, que delata una clara inestabilidad que uno nunca puede anticipar cómo, dónde y de qué forma va a explotar (hay miles de memes sobre eso en la red). Ese, morbosos nosotros, es uno de los encantos de la serie, el no saber detrás de qué esquina cualquier personaje va a tener un arrebato.

Iba a decir que su hermana Siobhan es otro de los grandes personajes pero ¡que demonios!, quién no lo es aquí. Lo que está claro es que ella es tal vez el caracter que más progresa en todos los sentidos, desde una posición relativamente neutral al comienzo de todo hasta la furia desatada cuando huele que, pese a todo, puede tener sus opciones para hacerse cargo del emporio familiar. No dudará entonces para sacar a relucir todas las artes de la manipulación que existen para salirse con la suya -como al parecer ha hecho siempre con todo- y alcanzar el trono, sin importarle los ‘cadáveres’ que vaya dejando por el camino, sean sus propios hermanos, su padre o incluso su marido. Por eso y por ser como es, su influencia es brutal en el pensamiento del resto y, sin querer meterme en destripes innecesarios, lo será también en las horas finales de la producción.

En principio ella y el hermano mayor, Connor, son los dos que no tienen un interés aparente o explícito en la gran compañía mediática más allá de las jugosas rentas que les permiten tener un dinero inimaginable. Este Connor es el único del grupo que vive alejado de todo. Un tipo peculiar, hedonista y presuntamente happyflower que disfruta de un inmenso rancho lejos de ese Nueva York en el que se cuece todo y que vive ‘arrejuntado’ manteniendo como pareja a una prostituta a la que tiene al lado de forma exclusiva y que, obviamente y dado el pijerío reinante en su entorno, es constantemente repudiada y despreciada, las más de las veces de manera directa e inmisericorde. Un poco Pretty Woman todo esto. Sin embargo, ese encanto de Richard Gere en aquella solo se parece al de Conor muy superficialmente porque el paso de los capítulos van desmadejando una personalidad igualmente compleja con ideas extremas y salidas de tono coléricas que, indudablemente, hay que atribuir a los genes de la familia. Pero este verso suelto también está abocado a tener un peso inesperado -y, si me apuran, increíble- en la última temporada.

El repaso del álbum íntimo de los Roy acaba con Roman. Un tipo deslenguado, desvergonzado y que responde a los tópicos más avezados del pijo insoportable al que nadie puede discutir por cuenta de su poder pero al que cualquiera disfrutaría soltándole una somanta de sopapos. Un tipo con evidentes traumas sexuales que, al modo de los genios traviesos de las leyendas, disfruta haciendo el mal a su alrededor, pinchando siempre donde más le duele a quien tenga más cerca, sea su padre, hermanos, cuñados o cualquier que pasara por allí. Un Loki de la vida, vaya. Pero hete aquí que el bufón también verá cómo sus ardides le acaban granjeando alguna opción de meterse en el rol que todos ansían y es entonces cuando veremos al sujeto más extremo en lo bueno y en lo malo… bueno, casi siempre en lo malo.

Creo que Succesion es de esas cosas que una vez vistas te acompaña meses en la memoria para volver una y otra vez sobre temas, detalles y personajes que te ofrecen otra mirada a cómo fueron las cosas. El binomio entre Tom -marido de Siobhan- y Greg -el primo- es una de estas cosas. Porque se trata de una relación tóxica en la medida en la que el segundo es el pringao al que nadie hace caso pero que acaba siempre estando en el lugar más oportuno en el momento preciso, fruto de lo cual va haciendo sus progresos sin dejar de ser la mofa del resto. Y este Tom, otro advenedizo al que se le respeta entre poco o nada entre la familia -esposa incluida- toma al primo como punching-ball, generando una situación de abusos laborales y personales casi continua.

Pero no le tengan mucha pena. Aquí los sentimientos bondadosos quedan vetados. Que Greg es un parásito que merece eso y más es algo que pronto veremos. Lo de Tom, calzonazos, egocéntrico, pelota y timorato, también, pero hay algo en su desarrollo como personaje que resulta casi hipnótico, en paralelo al camino que van tomando sus aventuras y desventuras en la trama. Como espectador uno querrá verle definitivamente enterrado. ¿Será así?

Una de las características que ubican a Succession entre los éxitos de la vieja escuela de la HBO es su final perfecto, ¿cerradito? y su empaquetado en episodios que van paladeándose de manera lenta, cual azucarillo en la boca. El sentido del gusto es tan personal que habrá, por supuesto, a quien no le diga nada la serie, más aún cuando es de esas -otro sello de la casa- en las que los primeros episodios son virutas en un conjunto glorioso que se eleva al ritmo de esa música que antecede cada capítulo y que se quedará definitivamente alojada en el olimpo. Que jodida maravilla.

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