
Fotografiar el lado más marginal de la sociedad ha sido una constante a lo largo de la historia de la fotografía. La decrepitud, el vicio, los bajos fondos, la ‘moral distraída’ y tantos otros tópicos que se dan en los arrabales de nuestras rutinas han sido, tradicionalmente, un escenario en el que muchas ramas profesionales han centrado sus miras como campo de exploración, como ejercicio documental y, dicho de manera ofensivamente real, con una vis etnográfica al estilo de los documentales de fauna salvaje que bien pudiera confundirse con el puro morbo en ocasiones.
Por supuesto hay mucho de respeto y de mirada más o menos aséptica en lo que a juicios respecta en la obra de muchos grandes fotógrafos que se acercaron a estos entornos. Suelen darse dos grandes líneas en sus negativos: la de perseguir una descripción lo más objetiva posible o la de colocarse sino en la piel sí, al menos, en las proximidades de nombres y apellidos. Ambas igualmente válidas y deudoras de los estilos propios de cada cual.

Esta perorata va a cuenta de la exuberancia del proyecto ‘Los Gorgan’ (1995-2023), de Mathieu Pernot (Fréjus, Francia, 1970), en la que el fotógrafo francés asiste, integrado como uno más de la familia gitana, a décadas de existencia: nacimientos, muertes, logros personales, caídas en desgracia pero, ante todo y sobre todo, una cotidianidad despampanante en la que la obra del artista se mimetiza con las tomas personales de la propia familia. La yuxtaposición de estas imágenes, tal como se presentan ante el espectador en la sala Recoletos de la Fundación Mapfre en Madrid, es tan inteligente como reveladora del trabajo de Pernot como profesional pero, sobre todo, como persona.

Y es que de eso va la cosa, ciertamente, de retratar personas no al modo de un zoológico, sino de ahondar en la individualidad que subyace aún en los colectivos más vulnerables. El seguimiento a los Gorgan permite, pues, esa magia que tiene a veces la fotografía de darle un salto cualitativo a nuestra observación aportando el nombre y el apellido de la persona; a veces unos rasgos biográficos: lo que vienen en llamarse contextos.
Es así, con una miniserie dedicada a cada miembro de la familia, como asistimos a momentos íntimos ante los que el objetivo es uno más. Conocemos en primera persona a sus protagonistas, ponemos nombre a las caras que se despliegan ante nuestros ojos y contemplamos, con una fascinación que solo ofrece la mirada a través de la ventana ajena, a las mismas escenas que todos hemos vivido en casa, con sus mismas alegrías o similares tristezas. La vida, claro.

La Fundación Mapfre mantiene en cartel la muestra, la primera retrospectiva en nuestro país de Pernot, hasta este domingo 7 de enero. Apúrense, pues, para explorar semejante obra, tan especial y humana que los temas que trata, como es el caso de esta convivencia con la familia gitana, remiten a una vocación social en la que la mirada al más desfavorecido es constante. El título de la exposición, de hecho, pretende jugar -de una manera no del todo obvia, ciertamente- con estas ideas: ‘Documento/Monumento’ se llama.

Siguiendo esta línea argumental también se contemplan varias series muy diferentes en la forma pero con ese trasfondo común. Nos toca especialmente de cerca las que tomó en la valla de Melilla. Son las más actuales que se muestran: se hicieron en 2022, y aunque la presencia humana esta vez no existe, solo hay vacío, es suficiente para asimilar el drama de quienes hacen frente a estas barreras en busca de una vida presuntamente mejor. La imagen de la ropa en las concertinas da escalofríos.
Esta presentación de los trabajos de Mathieu Pernot abarca, yendo hacia atrás, ya lo vemos, desde un pasado recientísimo hasta aproximadamente mediados de los 90. De ahí que la actualidad de muchas de sus capturas puedan resultar engañosas: es lo que tiene esa aparente contradicción entre las palabras ‘retrospectiva’ y ‘actualidad’.

Esta riña de conceptos nos deja propuestas muy interesantes. Repasemos algunas de las que me han llamado más la atención, a título de inventario:
- Fotomatones (1995-1997). Cuentan los textos de la sala Recoletos que este trabajo supuso una de sus primeras tomas de contacto con el pueblo romaní, cuando comenzó sus estudios en la École Nationale Supérieure de la Photographie de Arlés. La idea aquí es la de presentar fotos hechas en este tipo de kioscos tan habituales en el pasado y que, en este caso, remiten a “la historia de afán de control (y persecución) del pueblo gitano a lo largo de la historia”. Sin embargo, lo que hace es usar niños, cuya espontaneidad, se lee en la sala, “buscaban subvertir las convencionalidades de este tipo de fotografías”.
- Boxeadores (1994). Es la línea más alejada del tema central de la exposición. Se trata de un conjunto de retratos de boxeadores de un club de Marsella. A modo de catálogo de luchadores, todas están tomadas con el mismo ángulo, el mismo enfoque, el mismo fondo y la misma pose, generando una suerte de imaginario común de este deporte.

- Beirut (2000). Pernot visita esta ciudad en la que creció su padre en un momento que podría ser cualquiera, dado que su cámara da fe de la destrucción de las guerras, el terrorismo y las diversas vicisitudes que han convertido la ciudad en un campo de escombros y de ruina: ”El medio fotográfico”, asegura el autor, “es la expresión de una pérdida, la presencia de una ausencia, muestra lo que ya no existe en el momento de la fotografía pasada. La melancolía de la fotografía duplica la de la ruina representada”.
- Implosiones/Nubes (2000-2006): Si en caso libanés es lo sobrevenido lo que destruye los edificios, en esta serie la destrucción responde a una medida planificación. Se trata de una serie de demoliciones de complejos residenciales obsoletos con los que las grandes ciudades francesas engordaban sus extrarradios décadas atrás pero que han acabado siendo pasto de nuevos proyectos. Y el cómo se vienen abajo es un espectáculo tan fascinante como las postales de esos mismos lugares recién construidos, que también se exponen a modo de juego de espejos en la serie ‘Un mundo feliz’ (2005).

- Los que gritan (2001-2004). Nuevamente un entorno marginal se trae al primer plano. Y también con un enfoque muy diferente que, en este caso, se centra en las personas que intentan llegar a sus familiares presos a través de su voz, desde el exterior de diferentes cárceles, entre ellas la antigua Modelo de Barcelona. “ Un diálogo triste e impotente articulado con gritos que intentan derribar las paredes que los separan”, reza en su texto de sala.
Hay otra clave que define el trabajo de Pernot, y es el uso de materiales ajenos en sus obras. Sucede en lo estrictamente fotográfico, por ejemplo, al diluir el álbum familiar de los Gorgan entre sus propias fotografías. Pero esto es aún más evidente en una serie de collages en los que se usa como base los cuadernos de los guardias de la prisión parisina de La Santé para situar encima fotos que los propios presidiarios tenían colgadas en sus celdas. Un resultado original y que nuevamente pretende anteponer este mensaje, este tira y afloja entre dos mundos tan diferentes en los que todos los protagonistas, provengan de donde provengan, tienen una historia que contar y que merece la pena escuchar. O ver, mejor dicho.
