Lyon, Sonic fase 5

Esta será una de esas entradas sin mucho gancho de puertas para fuera y que responden más a una línea de pensamiento que puede desvelar una anomalía psiquiátrica o una normalidad absoluta, quién sabe. Sea como sea, estaba yo cambiando un pañal al recién nacido mientras tarareaba la melodía que sonaba en la fase cinco de Sonic, el primero de la saga de Sega (valga el juego de palabras). No hay que relacionar una cosa con otra.

¿Por qué me salió esa melodía justo en ese momento? Ese será el misterio.

En aquella fase las correrías del erizo más conocido de nuestras infancias, Espinete mediante, se desarrollaban en un paraje industrial. Creo recordar que por primera vez en lo que iba de juego se abandonaban los escenarios coloristas al aire libre llenos de palmeras, verdes prados y cascadas turquesas para comenzar a afrontar la parte más oscura, al final de la cual nos esperaba nuestro archienemigo Robotnik.

Y la cosa no pasaría a mayores si, por supuesto, no se mezclara la memoria en todo esto, generando uno de esos itinerarios mentales en los que caigo de tanto en cuando. Porque aquella fase cinco, con esa pegadiza melodía que hoy es obsesión, la jugué yo en una Game Gear, una consola portátil que, a diferencia de la Game Boy, que era la más popular del barrio, presentaba los gráficos a color. Bueno, en realidad había muchas más diferencias empezando por el precio, el tamaño, el peso y, no nos engañemos, el desorbitado consumo de pilas que tenía aquella máquina y que, en mi opinión, hacía que todo lo que pudiera molar de cara a los demás fuera en realidad un engorro para uno mismo.

El caso es que allí estaba el niño caprichoso y consentido con una Game Gear que, pese a la temprana edad, pude negociar con mis padres. Jugué con ventaja ya que al cabeza de familia se le ocurrió la idea de ir a Lyon, Francia, a visitar a su hermano, a la postre mi tío, y hacerlo en coche, un Renault 5 rojo, para más señas. Con lo cual, y ante la perspectiva de tantas y tantas horas dentro de un vehículo y la incertidumbre de un niño ubicado en el mismo, cedieron sin resistencia. He de decir que ahora, ya como padre, entiendo muchas cosas y en esto no me quedaría otra que darles la razón: todo lo que sea un poco de calma es una inversión en la que no hay que reparar (demasiado) en gastos.

Luego, aquel viaje a Lyon se acabó convirtiendo en un ‘tiramos pa París’ y vuelta que nos llevó, en apenas una semana a visitar (o a hacer noche, más bien) Figueras, Poitiers (¿quién puede decir que durmió en el parking de Futuroscope?), París, Limoges y ya, ‘cayendo’ de nuevo hacia Madrid, a San Sebastián. Casi como una Copa de la UEFA. Por supuesto, Lyon también, aunque algún tipo de problema familiar se dio allí porque recuerdo a la tía Ramona pronunciando obscenidades en aquella casa francesa (¡nunca había estado antes en ninguna!) con una iluminación deficiente, paredes empapeladas y la unión entre paredes y techos curvas en vez de usar ángulos rectos.

Creo que la cosa no iba realmente con nosotros pero ante el panorama escurrimos el bulto pronto, por lo que ver de Lyon, lo que se dice ver, tampoco vimos mucho: edificios anodinos, carteles de Rive Gauche por aquí y Genève por allá y carretera y manta. Otra cosa buena sí tuvo la historia: el megacruasán que me trajo mi tío para desayunar. Made in France.

Pero incluso eso daba igual, porque justo cuando mis manos ayudaban a Sonic a dar brincos por las fábricas de Robotnik, el coche de mi padre circulaba por las carreteras de la capital del Ródano. Y esa combinación de todo lo que te ofrece la infancia, un viaje familiar, una ciudad nueva, me acabaron por imprimir en la cabeza una asociación que hoy, mientras cambiaba un pañal a un bebé de pocos meses, volvió a relucir en mi cabeza con toda la fuerza. Como si los 30 años (o más) que han pasado desde entonces no fueran nada.

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